Iglesia Evangélicade Cuajimalpa

Romanos 3:23-24Alfredo Carrillo

FE Y GRACIA : El corazón de la reforma

¿Cómo puede un pecador ser declarado justo delante de un Dios santo? Esa pregunta le daba vueltas a Martín Lutero, y Alfredo Carrillo la vuelve a poner frente a la iglesia al celebrar 509 años de la Reforma. A partir de Romanos 3:23-24 recorre cuatro verdades: la realidad universal del pecado, la gracia soberana de Dios, la redención suficiente de Jesucristo y la justificación por la fe. Recuerda que el evangelio no es solo para los de afuera, porque los creyentes lo necesitamos día a día. También advierte que a veces hemos creado «una nueva Roma», con pastores intocables y nuevas indulgencias. Y deja una frase para recordar: no hacemos buenas obras para comprar la salvación; las hacemos porque ya la hemos recibido.

Transcripción

Lectura de Romanos 3:19-24

Romanos 3, del 19 al 24. Vamos a leerlo. Dice así la Palabra de Dios: "Ahora bien, sabemos que cuanto dice la ley lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se calle y todo el mundo sea hecho responsable ante Dios. Porque por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Él, pues por medio de la ley viene el conocimiento del pecado. Pero ahora, aparte de la ley, la justicia de Dios ha sido manifestada, confirmada por la ley y los profetas. Esta justicia de Dios, por medio de la fe en Jesucristo, es para todos los que creen, porque no hay distinción".

Versículo 23: "Por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios, todos son justificados gratuitamente por Su gracia, por medio de la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por Su sangre a través de la fe, como demostración de Su justicia. Porque en Su tolerancia Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente, para demostrar en ese tiempo Su justicia, a fin de que Él sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús".

Recordar el evangelio

Y ciertamente la mayoría de las iglesias cristianas, principalmente las reformadas, como nos hacemos llamar, celebramos 509 años de la Reforma. Y de todo este pasaje que leímos, solamente quiero centrarme en dos versículos nada más: en el versículo 23 y en el versículo 24. Romanos es un libro que ya hemos estudiado por mucho tiempo. Quizás muchos ya se lo saben de memoria, ya se saben toda la doctrina que hay ahí.

Pero esta mañana lo que quiero hacer es recordarte nuevamente el mensaje central del evangelio, porque el evangelio no solamente es para los que están allá afuera, para los que estaban ayer paseándose disfrazados. No voy a hablar de ellos, porque nosotros no somos mejores que ellos. Nosotros necesitamos el evangelio, y es importante que entendamos y que volvamos a repasar nuestra doctrina, porque aun como cristianos he escuchado que dicen: "Yo ya no necesito el evangelio". Claro que sí, a cada momento, día a día.

La pregunta de Martín Lutero

Dice la historia que Martín Lutero tenía una pregunta con la que luchaba todo el tiempo. Constantemente en su mente estaba esta pregunta: ¿cómo puede un pecador ser justo delante de Dios? ¿Te has hecho esta pregunta? ¿O ya das por sentado lo que Dios te ha dado? ¿Ya fuiste justificado? ¿Ya no te vuelve a pasar esta pregunta? Quizás porque ya eres perfecto. Y si no es así, gloria a Dios que no te sientas así.

¿Cómo puede un pecador ser justo delante de Dios? Esa es una de las preguntas más importantes que deberíamos hacernos cualquier humano, cualquier hombre, cualquier mujer. No veo a una persona que estaba en la mañana; no sé si ya se fue. Un joven necesitado de Dios, y quizás él se hacía esta misma pregunta: ¿cómo puede ser que yo pueda ser justificado delante de Dios?

Esta pregunta a Martín Lutero le daba vueltas y vueltas: ¿cómo puede un pecador ser declarado justo delante de un Dios santo? Porque ninguno somos santos. Porque Martín Lutero también comprendía que Dios es santo y justo, pero también reconocía su propia condición pecaminosa. ¿Tú reconoces tu condición pecaminosa? ¿Cómo puede un hombre culpable presentarse delante de un Dios perfectamente justo? ¿Cómo puede ser esto? Y en la mañana nos compartían sobre esto y el sacrificio de Cristo.

Y la respuesta no está en nuestros méritos, no está en lo bien que te portes, en tus obras religiosas; no está en tus esfuerzos personales por alcanzar la perfección. La respuesta está en el evangelio. Gloria a Dios por eso. La respuesta está en el evangelio.

Lutero y las indulgencias

En sus 95 tesis, Lutero argumentaba que el arrepentimiento requerido por Dios para el perdón de los pecados involucra una actitud interna, no externa. Es una actitud interna en cada persona. No consistía solamente en un acto exterior sacramental, como eran las famosas indulgencias. Eso era contra lo que Martín Lutero estaba realmente.

Él no peleaba realmente contra la Iglesia católica. Martín Lutero estaba peleando contra las verdades que habían sido torcidas en la Escritura y que la Iglesia usaba para su beneficio. De hecho, Martín Lutero no actuó como reformador —en ese momento no era un reformador todavía—; más bien actuó como un católico que quería ver a su iglesia cada vez mejor.

Y ya que estamos recordando la Reforma, como cristianos deberíamos de ser como este Lutero. Queremos ver a una iglesia cada vez mejor. ¿Y qué estamos haciendo con el evangelio? No sé, si Charles Spurgeon, Lutero, Calvino vieran la condición de la iglesia actual, ¿cómo se sentirían? ¿Qué dirían de toda esta lucha por la que pasaron?

Ahora tenemos Biblias, y tenemos la de Matthew Henry, y mil copias y diez mil, y en cuero y de todos los materiales. ¿Saben todo lo que tuvieron que pasar estos hermanos para que nosotros pudiéramos tener la Palabra de Dios? Y que no la llevemos a cabo.

Las cinco solas

En el siglo XVI, la Reforma protestante recuperó estas verdades fundamentales de la Escritura, y quedaron resumidas en las conocidas cinco solas. Me hubiera gustado ver los banderines aquí colgados, pero no importa, se las voy a decir yo.

La primera, sola Escritura. ¿Qué quiere decir? Solamente la Escritura es nuestra autoridad suprema para la fe y la vida. Nada más. Sola fide: somos justificados solamente por la fe. Sola gracia: somos salvos solamente por gracia, no por nada que hayas hecho, no por lo bueno que seas. Solamente Cristo, solus Christus, porque Él es nuestro único Salvador y Mediador. Soli Deo gloria: solo a Dios la gloria. Y en este lugar, en este púlpito, es donde debería de suceder cada domingo: darle la gloria a Dios, exaltar Su nombre.

Estas declaraciones no son simples lemas históricos. No son una calcomanía que puedas poner en tu carro; van más allá. Son el resumen de todas las verdades bíblicas del corazón del evangelio. ¿Te has puesto a pensar en eso cada que decimos que celebramos la Reforma?

Y esto es lo que veía Martín Lutero en Romanos 3:23-24, dos realidades inseparables: la profundidad de nuestro pecado y la grandeza de la gracia de Dios. Nuevamente, los versículos 23 y 24 dicen: "Por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios, todos son justificados gratuitamente por Su gracia, por medio de la redención que es en Cristo Jesús".

Oración

Déjenme orar otra vez. Padre santo, a Ti la honra, a Ti la gloria, a Ti te alabamos, a Ti te bendecimos. Que Tú seas hoy, en esta mañana; que Tu Espíritu Santo obre, Señor, en cada uno de nuestros corazones. Que no sea yo. Quita todo estorbo. Si yo soy un estorbo, Señor, no lo permitas. Deja que Te glorifique, que Te honre. Solo a Ti la gloria. Úsanos, Señor, en Cristo Jesús. Amén.

Bosquejo del mensaje

En esta porción de Romanos encontramos cuál es la condición del ser humano, cuál es la solución divina y cuál es el fundamento de nuestra esperanza. Y vamos a desarrollar cuatro puntos que podemos encontrar en esta porción. El punto número uno es la realidad universal del pecado. Punto número dos, la gracia soberana de Dios. Punto número tres, la redención suficiente de Jesucristo. Y punto número cuatro, la justificación por la fe, que es el corazón de la Reforma. Si tú estás celebrando la Reforma, esta es la razón: somos justificados por la fe a través de Cristo Jesús.

La realidad universal del pecado

Dice así el punto número uno, y vamos a ver nuestra realidad del pecado, la universalidad del pecado. Romanos 3:23 dice entonces: "Por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios". Y qué bueno que podamos retomar estos pasajes, porque yo sé que aquí hay personas nuevas que vienen por primera vez a escuchar la Palabra.

Dice que todos los seres humanos somos pecadores, todos sin excepción. Y Pablo comienza con este común denominador: todos pecaron, todos hemos pecado, todos. Él no está haciendo ninguna diferencia entre personas religiosas y no religiosas, entre personas moralmente respetables y moralmente corruptas.

No hace diferencia entre judíos y griegos. Dice: todos nos encontramos bajo la misma lupa de Dios, todos, la cual ve nuestra condición de pecado. Y en el contexto de Romanos, del capítulo 1 al 2, vemos que tanto gentiles como judíos son culpables delante de Dios.

Dice en Romanos 1:25: "Porque ellos cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador, quien es bendito por los siglos. Amén". Romanos 1:29-31 dice: "Están llenos de toda injusticia, maldad, avaricia y malicia; llenos de envidia, homicidios, pleitos, engaños y malignidad. Son chismosos, detractores, aborrecedores de Dios, insolentes, soberbios, jactanciosos, inventores de lo malo, desobedientes a los padres, sin entendimiento, indignos de confianza, sin amor, despiadados". ¿Algo me queda? Todos pecamos. Romanos 3:10 afirma también: "No hay justo, ni aun uno".

La depravación total

Y esto es lo que llamamos la doctrina de la depravación total, que nos enseña que el pecado ha afectado todas nuestras facultades como seres humanos: nuestra mente, nuestros deseos, nuestras emociones y nuestra voluntad. Y esa es la razón por la que esta mañana quiero recordarte estas cosas, porque a veces pareciera que el evangelio no está surtiendo efecto, pero sí nos podemos llamar reformados. ¿Qué quiere decir eso entonces? Significa que ninguna parte de nuestra naturaleza permanece libre de los efectos del pecado.

Ya has sido justificado, pero sigues teniendo pecado. Yo sigo teniendo pecado y necesito del evangelio por esa razón día a día. Y ese es el problema de la humanidad, es el problema más profundo que tiene. No es falta de educación. Puedes ir a las mejores universidades, puedes aprender todos los libros de teología, pero eso no va a solucionar tu condición pecaminosa. Solamente es Cristo.

Ese es nuestro problema fundamental: la condición que tenemos delante de Dios. Y es de lo que habla Romanos 3:23: "Por cuanto todos pecaron". Y el evangelio nos llama a abandonar toda confianza que hay en nuestra propia justicia. Esto es lo que los reformadores querían que supieran todos nuevamente. Y si hoy estamos celebrando la Reforma nuevamente, pues de esto se trata.

Nadie puede presentarse delante de Dios diciendo: "Soy mejor que los demás". La pregunta no es esa. La pregunta no es si somos mejores que otras personas. La pregunta es esta: si somos justos conforme al carácter santo de Dios. Esa es la pregunta que debemos hacernos: ¿somos justos conforme a Su carácter delante de Dios? ¿O me pregunto: soy mejor que otra persona? Esa comparación que hacemos con otros pecadores nunca puede convertirse, ni debería convertirse, en el fundamento de nuestra salvación.

El pecado nos separa de la gloria de Dios

El pecado nos separa de la gloria de Dios. ¿Y qué significa eso para aquellos que es la primera vez que lo escuchas? ¿Qué significa que somos separados de la gloria de Dios? Significa que el ser humano, por causa del pecado, no alcanza la gloria y el estándar perfecto de Dios. Fuimos creados para vivir en comunión con nuestro Creador. Lo vemos en Génesis 1: una perfecta comunión, pero que el hombre quebró.

Fuimos creados entonces para vivir en comunión con nuestro Creador, reflejar Su carácter y glorificarlo. Hemos creído en el evangelio, y pregúntate —me pregunto—: ¿reflejo Su carácter? ¿Reflejo el carácter de Dios? ¿Glorifico a Dios? Sin embargo, el pecado ha quebrado esta relación.

Porque Dios es perfectamente santo, nosotros somos pecadores. Porque Dios es perfectamente justo, nosotros somos culpables. Porque Dios es digno de toda obediencia, pero nosotros hemos quebrado Su ley y somos desobedientes, y lamentablemente la seguimos quebrando. Isaías 59:2 nos enseña ahí las iniquidades que separan al ser humano de Dios. Y esa es la razón por la que el pecado no es solamente un problema social o emocional: es una ofensa contra el Dios santo.

Las obras humanas no pueden eliminar nuestra culpa

Las obras humanas no pueden eliminar nuestra culpa. Si eso fuera únicamente el problema, pues bastaría con hacer obras, comprar indulgencias. Si el problema fuera únicamente la ignorancia, también solamente bastaría con adquirir conocimiento, pero a veces entre más conocimiento, más nos envanecemos. El problema es nuestra culpa delante de Dios; ese es el gran problema de la humanidad.

Y aun dentro de la iglesia, nuestras obras no pueden borrar los pecados que ya hemos cometido. Las buenas acciones no transforman nuestra injusticia en justicia, ni cancelan por sí mismas nuestra deuda moral delante de Dios. La religión externa tampoco puede resolver este problema. Eso es lo que peleaba Martín Lutero; es lo que le causaba ruido con la iglesia.

Podemos asistir a la iglesia, hermanos, conocer muy bien la Biblia, participar en todas las actividades religiosas y participar de buenas obras también. Todas estas cosas sí tienen un buen lugar, claro que lo tienen, pero ninguna de ellas puede convertirse en el precio de nuestra justificación. Eso no es lo que nos hace aceptos delante de Dios. Y esta es la primera gran verdad de la Reforma: el ser humano necesita una justicia que no puede producir por sí mismo.

Mientras confiemos en nuestros propios méritos, no entenderemos la grandeza de la gracia. Y no la entendemos a veces porque a veces no la sabemos dar. Decimos que hemos recibido gracia, pero no la damos.

La gracia soberana de Dios

Punto número 2: en el inciso a) del versículo 24 vemos la gracia soberana de Dios, que dice así: "Todos son justificados gratuitamente por Su gracia". No todo queda en condenación, no todo queda en juicio. Hay una esperanza. Así es el evangelio: el evangelio confronta nuestro pecado, pero el evangelio da la solución. Hay una esperanza, y está bajo la gracia soberana de Dios.

Entonces, después de revelar nuestra condición pecaminosa, Pablo nos dice que el pecador es justificado gratuitamente. No tiene que hacer nada, porque todo lo hizo Cristo en la cruz. Y es lo que celebramos hoy y lo que celebramos cada mañana de los domingos.

La justificación es una declaración de Dios

La justificación es una declaración de Dios. ¿Y qué significa ser justificado? Bueno, en el contexto de esta carta, la justificación es el acto judicial por el cual Dios declara justo al pecador que cree en Cristo y pone su fe en Él. Por eso somos justificados, por eso decimos que somos justificados. No por lo bueno que sea, no por las cosas que haya hecho. Tú puedes ser justificado si pones tu fe en Cristo Jesús, porque Él lo hizo todo por ti.

Y quiere decir entonces que, sobre este fundamento de la obra de Cristo, Dios perdona al que pone su fe en Él, y Dios también perdona al creyente y lo acepta como justo delante de Él. Y esta justificación cambia nuestra posición legal delante de Dios. Antes éramos rechazados, antes éramos separados de la gloria de Dios, pero cuando somos justificados, la situación legal delante de Dios ha cambiado. Ahora somos aceptados; ya no más condenación.

Hemos sido perdonados, y no somos justificados porque hayamos alcanzado una vida perfectamente santa. Somos justificados porque la gracia de Dios está en nosotros ahora, y esa gracia sí produce ahora —o debería producir— una vida de obediencia y una vida de santidad. Ahora sí hay obras, porque es el resultado de la justificación.

La justificación es gratuita

Y la justificación es gratuita porque es por gracia, valga la redundancia. Dice el versículo 24a que somos justificados no por nuestros méritos, sino por la gracia de Dios. Es un regalo que Dios nos da; es un regalo inmerecido de Dios para quienes no pueden reclamar su salvación como un derecho.

Efesios 2:8-9 dice así: declara que somos salvos por gracia mediante la fe, y que esto no procede de nosotros, pues es un don de Dios, un regalo; no por obras, para que nadie se gloríe. Para que no digamos: "Yo hice algo, yo aporté algo para que pudiera ser perdonado". Y si nuestra justificación descansa en la gracia de Dios, en Su gracia divina, toda la gloria le pertenece a Él y solo a Él. Y entonces hacemos buenas obras que también pueden glorificar a Dios.

La salvación tampoco es un salario que Dios nos debe y que debería pagarnos. Es un regalo que Él nos concede, que concede a cada uno de nosotros como pecadores que hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús, a pesar de que merecíamos el juicio divino.

Y esto es mediante la obra de Cristo Jesús, nada más. Y esto fue fundamental para la Reforma. Esto es por lo que Lutero peleaba en sus 95 tesis. Estas tesis, por si no lo sabían —quizás muchos lo saben—, cuando las clavó en esta iglesia, no estaban en el idioma que pudieran entender todos; solamente estaban en latín.

Así es que cualquier feligrés que fue a la iglesia al día siguiente no las entendía, porque lo que Lutero quería hacer no era hacer una revuelta política: él quería confrontar académicamente a la iglesia. Con la Escritura. Para eso es la Escritura, para confrontarnos, como lo hizo Lutero en su momento.

Y los reformadores, hermanos, afirmaron que la aceptación del pecador delante de Dios no se obtiene acumulando méritos religiosos, sino que descansa en la justicia de Cristo recibida por la fe. Sola gracia, que es solamente por gracia. Y no somos salvos porque Dios descubrió algo digno de admiración en mí, en ti. Somos salvos porque Él es misericordioso. Aun cada mañana que te despiertas es por Su misericordia.

Hay tanta gracia. Fallamos tanto que yo tendría miedo de despertar, quizás, o quizás no despierte a causa de mi pecado. Sin embargo, Dios es misericordioso y ha provisto en Cristo todo lo necesario. Este es el corazón de la Reforma.

La gracia no es licencia para pecar

La gracia tampoco es una licencia para pecar. Pero la usamos a veces para eso: para pecar contra otros, contra mí y, principalmente, contra Dios. Si la salvación es gratuita, ¿podemos vivir como queramos? "De ninguna manera", diría Pablo.

La gracia que justifica también debería de transformar. Si tú has sido justificado, tu vida debe ser transformada. Si no hay transformación en tu vida, algo está pasando. Las buenas obras no son la raíz de nuestra salvación, sino el fruto.

En Efesios 2:10 también podemos leer, y nos enseña, que hemos sido creados en Cristo Jesús para buenas obras. Somos nuevas criaturas y hemos sido creados para buenas obras. No hacemos buenas obras para comprar la salvación; hacemos buenas obras porque hemos recibido salvación. No obedecemos para que Dios nos acepte; obedecemos porque en Cristo hemos sido aceptados por gracia.

La salvación no se compra

Dice entonces que todos son justificados gratuitamente por Su gracia. Y Lutero entendía esto: que la salvación no se podía comprar ni vender ni negociar. Pero la iglesia ha ido decayendo, y yo no quiero hablar mal de otras iglesias, pero vemos, a través de pactos, que tú puedes comprar tu salvación o ganarte un lugar en el cielo especial. Estos pactos de miles de dólares, y quién da el billete más grande, de promesas milagrosas, polvo de oro, diamantes.

Y el comercio con el perdón divino se convirtió, a sus ojos, en perversión del evangelio. Y eso está pasando nuevamente. Y esa es la importancia de que volvamos a la Escritura, sin distorsionar el mensaje central del evangelio, sin añadirle, sin quitarle. Y esa es la razón que llevó a Lutero a desafiar abiertamente el negocio de Roma.

Y esta es la segunda gran verdad de la Reforma: la salvación es un regalo de Dios; no es algo que se compra, no es algo que se gana por nuestros méritos. Pero a veces hemos creado una nueva Roma. Creamos nuevos papas, en donde los pastores somos intocables, en donde vendemos indulgencias, en donde el liderazgo está decayendo. Tenemos que volver a la Escritura, a confrontar el pecado, no a ignorarlo. Y es un gran reto para la iglesia actual.

La redención suficiente de Cristo

Versículo 24, inciso b. La redención suficiente de Cristo: "por medio de la redención que es en Cristo Jesús". Y Pablo no solamente nos explica que somos justificados gratuitamente; también nos dice que este es el fundamento de nuestra justificación: la redención en Cristo Jesús.

Y fíjense y escuchen lo que les voy a decir, hermanos. La gracia no significa que Dios haya ignorado el pecado; significa que Dios ha provisto en Cristo la solución justa para nuestra culpa. ¿Y qué es lo que hizo? Mandó a Su Hijo; Él pagó en la cruz por nuestra redención.

¿Qué es esta palabra «redención»? Para algunos que quizás no saben por qué usamos estos términos: en la antigüedad, para liberar a un esclavo, tú pagabas por su libertad y ya no era más esclavo. El mundo es esclavizado por el pecado, y Cristo vino a pagar un precio justo delante del Padre para que nosotros fuéramos liberados del pecado. Ya no más esclavos del pecado; ahora somos esclavos de Cristo.

Eso suena como que choca: nos quita de una esclavitud para darnos otra esclavitud. Pero es una mejor esclavitud. Tenemos aún un mejor Rey.

Cristo en nuestro lugar

Cristo pagó el precio de nuestra redención. Marcos 10:45 dice que el Hijo del Hombre vino ¿para qué? "Para dar Su vida en rescate por muchos". Él tomó mi lugar en la cruz, Él tomó tu lugar en la cruz, y eso es lo que quiero recordarte nuevamente hoy. Y si no lo habías escuchado: Él tomó tu lugar en la cruz, Él absorbió la ira de Dios que te correspondía y que me correspondía. Cristo entregó Su vida ahí, por todos los pecadores.

Su muerte no fue un accidente histórico; no fue un parteaguas después de Cristo y antes de Cristo. No solamente es eso, no es para separar una era: fue algo totalmente cósmico. Esta es parte de la obra salvadora de Cristo. Mediante la obra, Dios trata al hombre pecador como justo: Cristo sufrió y murió en nuestro lugar, llevando la condición que merecíamos. Esto es lo que llamamos la sustitución, la expiación sustitutiva: Cristo tomando nuestro lugar.

Cristo es nuestra justicia; por lo tanto, es lo que nos dice y nos enseña en este pasaje. 2 Corintios 5:21 también dice: "Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él". Cristo no cometió ningún pecado porque Él era santo. Él es santo porque es Hijo de Dios, Hijo del Dios santo.

Sin embargo, Él tomó nuestro lugar, tomó sobre sí nuestra responsabilidad judicial delante de Dios y la llevó sobre Él, sobre Sus hombros, en la cruz. En la cruz, la justicia de Dios no fue anulada. El pecado fue juzgado en Cristo. Él sufrió voluntariamente por los pecadores, por ti y por mí.

Y eso es lo que llamamos la doctrina de la justificación, la doble imputación. ¿Qué es esta doble imputación? Que los pecados que yo tenía fueron cargados en Cristo Jesús, y Su justicia, a través de Su obra expiatoria, me fue dada a mí como pecador cuando yo puse mi fe en Él. Y nuestra esperanza no descansa en nuestra justicia imperfecta; descansa en la perfecta justicia de Cristo.

Y esa es la razón por la que yo puedo vivir confiado en que un día voy a estar delante de Dios, no por lo que haya hecho bueno, sino porque descansa mi esperanza en Cristo Jesús. ¿En eso descansa tu esperanza? ¿O en lo bien que te hayas portado en esta tierra?

Una obra suficiente

Y dice también que Su obra es suficiente. Hebreos 10:14 dice así también: "Porque por una ofrenda Él ha hecho perfectos para siempre a los santificados". Su sacrificio en la cruz no necesita nada más, no necesita completarse, no necesitamos adicionarle nada.

¿Te dices reformado? Ayuda a otros cristianos que se están desviando también, a quienes quieren añadirle cosas a la salvación. No se trata solamente de criticar a aquellos que no creen en Cristo Jesús y que son borrachos, que son drogadictos. Se trata de dar el mensaje de esperanza del evangelio.

Su mensaje no necesita ser completado por nuestras obras, porque Su obra fue eficaz y seguirá siendo eficaz hasta el día que Él venga. Su muerte es suficiente, Su justicia es perfecta y Su resurrección confirma la victoria de Su obra salvadora. Y nuestra fe no descansa en un Salvador que comenzó una obra que nosotros tenemos que terminar. Dice que Él la terminará, no nosotros.

Descansa en Cristo: Él es el que realizó la obra necesaria. Y esto nos lleva a la otra sola, que se llama «solamente a través de Cristo», solus Christus. Él es nuestro único Salvador, Él es nuestro único Mediador, Él es nuestra única esperanza eterna.

Cristo no se encuentra en la iglesia como una institución, y no debería de serlo, ni las tradiciones humanas, y mucho menos en los méritos de ningún hombre. Y esta es la tercera gran verdad de la Reforma: la salvación descansa enteramente en la obra suficiente de Jesucristo.

La justificación es por la fe

Por último, la justificación es por la fe, y este es el corazón de la Reforma. Romanos 3:28 nos dice: "Porque concluimos que el hombre es justificado por fe aparte de las obras de la ley". Esta es una de las verdades centrales del evangelio recuperadas durante la Reforma. Somos justificados por la fe, no por obras. La fe no es una obra meritoria.

La fe no es una obra con la que compramos el favor de Dios. Es un instrumento mediante el cual recibimos a Cristo y los beneficios de Su obra. Y la fe no solamente consiste en un acto intelectual acerca de que Dios existe; consiste en descansar en Cristo, confiar en Su persona y apoyarnos siempre, en todo momento, en Su obra para obtener el perdón. No solamente una vez, cuando tú pusiste tu obra en Cristo y pediste perdón por tus pecados, sino es cada día, a cada momento. La fe no nos salva por su propia perfección, sino por el perfecto amor de Cristo, porque Cristo es perfecto.

La fe excluye toda jactancia

Ahora voy a hacer otra pregunta: ¿tengo suficientes méritos para que Dios me acepte? No, porque la fe excluye toda jactancia. Romanos 3:27 dice: "¿Dónde queda la jactancia?". Y ahí mismo se contesta que ha sido excluida. Y nuevamente, somos justificados por gracia mediante la fe, y nadie puede presentarse delante de Dios para reclamar ningún reconocimiento por haber hecho algo para su salvación.

No podemos decir: "Dios me salvó porque yo era mejor que los demás", "Dios me salvó porque mis obras fueron suficientes". Dios me salvó por Su gracia. La fe no convierte al cristiano o al creyente en su propio salvador, porque nos lleva a descansar en Cristo Jesús, que es nuestro Salvador. Y la doctrina de la justificación, de la que muchas veces hablamos, debería de llevarnos a transformar nuestras vidas.

Lo que produce la justificación

Y esa doctrina de la justificación, con esos términos que manejamos, no es una doctrina para teólogos solamente. Es una doctrina para cada creyente, porque es una verdad que debería de transformar nuestra manera de vivir como cristianos. ¿Qué te hace mejor que los demás?

La justificación a través de la fe y de la obra de Cristo debería de producir humildad, porque reconocemos que no merecemos la salvación. Reconocemos que no merecíamos perdón. Pero también debería de producir seguridad en Cristo, porque nuestra aceptación delante de Dios descansa en Cristo, no en la perfección de nuestro desempeño.

La justificación debería de producir gratitud, porque comprendemos que hemos recibido un regalo inmerecido. La justificación debería de producir santidad, porque quien ha sido alcanzado por la gracia desea vivir para honrar al Señor. La justificación debería de producir amor hacia los demás. Todo esto está produciendo en nosotros, en ti, amor hacia los demás, porque recordamos que todos necesitamos la misma gracia.

Esta es la parte más difícil de la vida del cristiano: dar gracia a quien no la merece. Porque es bien fácil dar gracia a quien la merece, o a quien pareciera merecerla. Amor hacia los demás.

La Reforma nos recuerda que el evangelio no nos invita a confiar más en nosotros, sino a confiar enteramente en Cristo. Y no solamente la Reforma, porque el fundamento es el evangelio. Sola fide, solamente por fe.

Por qué recuperar estas verdades

Y todo esto se trata de la gloria de Dios. ¿Y por qué es tan importante recuperar estas verdades? En la tarde vamos a ver otras cosas todavía acerca de la Reforma. Porque es importante, porque el evangelio determina dónde depositamos nuestra esperanza. ¿Y quién recibe la gloria por nuestra salvación?

Si la salvación dependiera finalmente de nuestros méritos, nos podríamos jactar, y a veces sí nos jactamos de ciertos méritos. Pero si somos pecadores culpables justificados gratuitamente por la gracia de Dios mediante la redención de Cristo, entonces toda la gloria debería de pertenecer al Señor. La Reforma Protestante no pretendía hacer un nuevo evangelio. Buscó recuperar y proclamar el evangelio de las Escrituras.

Y esa es la razón por la que deberíamos recordar la Reforma: que no es una simple conmemoración histórica, que no nos dejemos perder solamente porque estamos celebrando algo, porque no es una tradición denominacional, o un motivo de orgullo protestante. Traigo mis playeras de la Reforma. No estoy diciendo que sea malo. Yo tengo las mías; hoy no me la quise poner.

Conclusión

Es una invitación permanente a examinar nuestras creencias a la luz de la Palabra de Dios. No basta con llamarnos reformados. Debemos someternos a la Escritura, proclamar a Cristo y vivir dependiendo de Su gracia. La Iglesia necesita recordar constantemente que su mensaje central no es la grandeza del ser humano, sino la grandeza de Dios.

Y cuando la Iglesia anuncia fielmente este evangelio, puede proclamar con humildad y convicción este mensaje: la salvación le pertenece al Señor, solamente por gracia, solamente por Cristo. Que nuestra confianza no esté en nuestras obras ni en nuestra religiosidad, sino en la obra perfecta de Cristo. Que nuestra esperanza no esté en nuestra propia justicia, sino en la justicia de nuestro Salvador. Y que nuestra vida entera, rogamos al Señor, que sea una respuesta de gratitud a la gracia que hemos recibido.

Oración final

Vamos a orar.

Gracias, Señor, porque es por Ti que podemos estar delante en este lugar. No hay nada, Señor, no puedes encontrar nada bueno en nosotros, pero gracias por Tu obra en la cruz, gracias por Tu mensaje, Señor. Señor, danos amor, danos perdón también, y que podamos confrontar el pecado, pero no solamente para exhibirlo, sino para que volvamos a restablecer la comunión unos con otros y contigo mismo, Señor, principalmente. Gracias por Tu Palabra y gracias por estas verdades del evangelio. En Cristo Jesús. Amén.

Puestos de pie.

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