LA FAMILIA DE LA FE UNA NUEVA CREACIÓN QUE SE GLORÍA EN CRISTO I JESÚS YÁÑEZ
Transcripción
Bienvenida y oración
¿Sí? ¿Ya se escucha? Sí, ¿verdad? Sí se escucha, sí, perfecto. Hermanos, buenos días. Una vez más, por la gracia de Dios, estamos reunidos. La realidad es que, como hemos venido escuchando en las participaciones, pues no merecemos nada. La gran realidad es que nuestra salvación y todos nuestros dones y toda nuestra vida es gracias a la misericordia infinita de Dios.
Es aquí que nos encontramos reunidos, formando el cuerpo de Cristo, todos aquellos que hemos creído por la fe que también nos fue dada. No tenemos ninguna participación en nuestra salvación, y no tenemos realmente ningún control sobre lo que nosotros creemos que tenemos. Al final somos llamados nada más a darle la gloria a Dios en todo lo que hagamos, y a amarnos unos a otros, amarnos como Cristo nos amó primero, de manera sacrificial, aun cuando éramos Sus enemigos. Y ahora, por esa gracia, nos podemos reunir seguros, en libertad, para adorarlo sin culpa, sabiendo que Cristo pagó el precio que nosotros no podíamos pagar. Como la computadora de la que habló Efra: nosotros por sí solos no podríamos pagar. Sin la gracia de Dios estaríamos en el infierno y no tendríamos absolutamente nada que reclamar.
Voy a orar. Bendito Padre, Señor nuestro, te damos gracias por este tiempo. Ayúdanos, Señor, a escuchar Tu Palabra, escuchar Tu consejo; que sea Tu voz la que se escuche y no la mía, que sea Tu Santo Espíritu el que se muestre en este momento hoy, Señor, para que inunde los corazones y las mentes de mis hermanos, Señor. Y que nos ayudes a vivir en este mundo, Señor, a ser luz y sal. Te damos gracias en el nombre de nuestro Señor Jesús. Amén.
Lectura de Gálatas 5:13 al capítulo 6
Ok, hermanos, hoy terminamos el libro de Gálatas, esta carta a los Gálatas, y voy a compartirles el capítulo 5, del versículo 13 hasta terminar el 6. Y bueno, para este momento, pues Pablo ya fue muy enfático en decir que la justificación para nuestros pecados solo es por la fe en Cristo, que debemos de vivir una vida digna basados en el fruto del Espíritu Santo, que el fruto del Espíritu Santo sea evidente en nuestra vida, y que el mensaje de los judaizantes es un falso evangelio. Desde el principio de la carta el apóstol Pablo dijo: no hay otro evangelio, solo hay un evangelio, y este evangelio es el evangelio de Cristo Jesús.
Vamos a leer versículo 13. Voy a leer desde capítulo 5, versículo 13. Dice:
"Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros. Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si os mordéis, si os coméis unos a otros, mirad que también no os consumís unos a otros. Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagas los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagas lo que quieras. Pero si son guiados por el Espíritu, no están bajo la ley. Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensión, herejías, envidias, homicidios, borracheras, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya lo he dicho antes, que los que practican estas cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza —templanza—; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu. No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros.
Hermanos, si alguno fuera sorprendido en alguna falta, vosotros —ustedes— que son espirituales, restáurenle con el espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrelleven la carga de los unos a los otros, y cumplid así la ley de Cristo. Porque el que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña. Así que cada uno someta a prueba su propia obra, y entonces tendrá motivo de gloriarse solo respecto de sí mismo, y no de otro; porque cada uno llevará su propia carga. El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye. No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe.
Mirad con cuán grandes letras os escribo de mi propia mano. Todos los que quieren agradar en la carne, estos os obligan a que os circuncidéis, solamente para no padecer persecución a causa de la cruz de Cristo. Porque ni aun los mismos que se circuncidan guardan la ley; pero quieren que vosotros os circuncidéis, para gloriarse en vuestra carne. Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo. Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación. Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios. De aquí en adelante nadie me causa molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús. Hermanos, la gracia de nuestro Señor Jesús sea con vuestro espíritu. Amén."
Una nueva criatura
Así concluye el apóstol Pablo esta carta, la carta a los Gálatas. Y podemos ver que es un argumento en contra de los falsos maestros que estaban enseñando que era necesario que se adoptaran las costumbres judías, y especialmente en los varones, que se circuncidaran. Pero aquí dice el apóstol Pablo: la circuncisión de nada vale; en Cristo somos una nueva criatura. Y como esa nueva criatura tenemos que empezar a vivir.
Y cuando nosotros ya somos una nueva criatura, estamos dejando todo lo que traíamos, esa carga pesada; la estamos dejando atrás. Esa esclavitud que nos encadenaba, el pecado, ya la dejamos; ha sido cortada, porque Cristo cortó esa cadena. Y gracias al Espíritu Santo nosotros tenemos una nueva mente y un nuevo corazón. Y aunque en la carne sigamos viviendo los estragos del pecado, y esa tendencia al pecado, porque nuestro corazón es engañoso, la realidad es que el Espíritu es quien nos capacita para seguir adelante.
En otras ocasiones Pablo ha hecho el ejemplo de la vida cristiana como una carrera, una carrera de perseverancia. No es la meta llegar primero, sino llegar. A cada uno le es dada una medida de la fe, una carga que debe de cumplir y que debe de llevar hasta el final. No nos debemos de comparar unos con otros; si nos vamos a comparar, que sea con Cristo, para que siempre nos mantengamos mansos y humildes. Porque ni aun, dice aquí, los que se han circuncidado cumplen la ley. Aquellos que son celosos de la ley, y aquellos que quieren justificar su salvación a través de sus obras, tarde o temprano se darán cuenta que son incapaces de hacerlo.
La doctrina de la justificación por obras, que es un falso evangelio, implica una negación de la fe en la obra perfecta de Cristo; es decir, que la obra de Cristo no es suficiente para que el creyente obtenga la justificación divina para salvación. En esta carta vemos al apóstol Pablo preocupado por tan peligrosa enseñanza; reprende a los Gálatas al grado de decirles insensatos. Pero no lo está diciendo por insultarlos o por hacerlos menos, sino porque está preocupado, porque ellos ya habían escuchado el evangelio, y sabía que ellos habían creído en la obra redentora de Cristo, y que la obra redentora de Cristo en la cruz era lo único que los iba a llevar a la salvación. Pero ellos estaban entendiendo una manera diferente de vivir cristianamente. La salvación ya no la podemos perder, para aquellos que hemos creído en Cristo. Aquellos que tenemos fe y confianza podemos vivir en paz y en libertad, y no vivir de una manera temerosa y ansiosa, intentando ganar la salvación por nuestras obras.
Las obras de la carne
Pero el apóstol Pablo aquí nos dice cómo debemos de vivir como cristianos, y cómo debemos de vivir como cristianos: haciendo evidente el fruto del Espíritu. Hay una diferencia entre vivir en la carne y vivir en el Espíritu. Y vemos aquí que explica cuáles son las obras de la carne, qué es lo que no debemos de reflejar nosotros, y empieza: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia e idolatría, hechicera —hechicería—, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras y cosas semejantes a estas, "acerca de las cuales os amonesto". Y dice: quien haga estas cosas no heredará el reino de los cielos. Quien está realmente entregado a estas cosas, que creo yo que no necesitan mayor explicación.
Adulterio. ¿Qué es el adulterio? Aquel que ha prometido ser fiel a un pacto sagrado con Dios, de matrimonio, decide engañar a su esposa. Y, hermanos, todos estamos expuestos a esa situación. El apóstol Pablo más adelante dice eso: cuidado; si vas a ver al hermano caer, repréndelo, pero viéndote a ti mismo, sabiendo que tú también eres capaz de ese pecado.
Fornicación: no mantener la pureza sexual. Estamos llamados a la pureza sexual, hermanos. Estamos llamados a ser irreprensibles. Suena fuertísimo, porque ¿quién es irreprensible, hermanos? Por eso no podemos nosotros juzgarnos unos a otros, sino saber que no somos irreprensibles. Si bien es cierto, ese es nuestro anhelo y es la lucha constante que debemos de tener como cristianos, la lucha constante frente al pecado. La fornicación implica tener relaciones sexuales fuera del contexto para el que el sexo fue diseñado, y eso es dentro del matrimonio, con los principios básicos que Cristo en Su evangelio nos ha dado, con el amor sacrificial del uno por el otro.
Lascivias, idolatría. Juan Calvino decía que nuestro corazón es una fábrica de ídolos. Basta que nosotros digamos: "No, yo no, yo no tengo idolatría", para que nos generemos un nuevo ídolo, y así constantemente otro ídolo. Nuestro ídolo puede ser desde nuestra familia, desde nuestro trabajo, desde nuestra apariencia física, nuestra riqueza; nuestra pobreza puede ser nuestro ídolo. Podemos encadenarnos a vivir en esa pobreza, a amar más vivir en esa pobreza que en la obra redentora de Cristo. El evangelio es nuestra guía para salir de toda esa esclavitud; es el punto central al que debemos de mirar cuando nos encontramos perdidos.
Hechicerías. Nosotros podemos observar, podemos decir: "Bueno, es que yo no hago hechicerías, yo no... Esto es algo totalmente alejado de mí". Sin embargo, confiamos en la suerte, confiamos en los rituales que a veces hacemos para salir de casa, en los rituales que nos inventamos. Incluso nuestra oración matutina la podemos convertir en una hechicería, hermanos. Tenemos que confiar plenamente en que Dios es soberano, que nuestra vida está en Sus manos, que nuestra entrada y salida de nuestras casas está en Sus manos, que lo que estamos viviendo actualmente, en este momento y en este instante, es lo que Dios hizo para nosotros, sin más. Dios tiene control de nuestra vida y de nuestras circunstancias, y esto es pues más evidente.
Enemistad. Los cristianos no debemos de tener enemigos. Nuestro enemigo tiene que ser el enemigo de Dios, pero nosotros como cristianos no debemos de tener enemigos. El perdón tiene que estar a flor de piel en nuestra vida. Nosotros los cristianos tenemos que estar dispuestos a perdonar aun la peor de las ofensas, sin guardar ningún tipo de rencor. Una enemistad es guardar un rencor a alguien que te ha ofendido, o a alguien que no piensa como tú, o a alguien que no actúa en la forma que tú actúas y te molesta, y le declaras la guerra.
¿Nuestra guerra es contra quién? ¿Contra quien no predique el evangelio? ¿Contra quien predica un falso evangelio? Nuestra lucha es la predicación del evangelio y el testificar a Cristo en nuestras vidas. Nuestra manera de luchar es viviendo como Cristo lo haría: sin pleitos, sin celos, sin iras, sin contiendas, sin disensiones y, claro, sin herejías, porque el evangelio... solo hay un solo evangelio, y es el evangelio de Cristo Jesús, aquel que se consumó en Su obra, en Su vida, sin más.
¿Se pierde la salvación?
Y en esta parte donde el apóstol Pablo habla y dice: "quienes practican estas cosas no heredarán el reino de Dios", hermanos, hay quien ha interpretado este versículo diciendo que la salvación se pierde, que si tú caes en alguno de estos pecados puedes perder tu salvación. Este pasaje no está diciendo eso. Está diciendo que quienes están entregados a este tipo de cosas, a los frutos de la carne, probablemente no han sido regenerados, no son cristianos. Los que se deleitan en estas cosas e insisten en seguir viviendo con estas cosas no son parte del reino de Dios; nunca lo fueron.
Porque si tú hacías estas cosas y te deleitabas en estas cosas, pero por fe has creído en la obra redentora de Cristo, estas cosas ya no tienen ningún poder en ti. Y si tienes una recaída en estas situaciones, hay esperanza en Cristo Jesús, hay esperanza en la cruz, porque hay una lucha de tu espíritu y de tu carne que va a ser constante hasta el último día de tu vida en esta tierra, hasta que estés en un cuerpo glorificado en el cielo, reinando con Dios. Entonces la salvación no se pierde, hermanos. La salvación es un regalo inmerecido que te ha sido dado por la fe, y la promesa está en que quien ha iniciado esa obra también la terminará, y que nadie te podrá separar de Cristo Jesús.
Crucificados con Cristo
Y en el versículo 24 del 5 dice: "Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y sus deseos". Si recordamos, Gálatas 2:10 dice... en Cristo... 10 dice... no, es 2:20, dice: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo".
No sé si es enfático el apóstol Pablo en llamarles a los Gálatas y decirles: finalmente su salvación ya está dada a través de la fe; Cristo hizo lo que ustedes no podían hacer; Cristo pagó el precio que implicaba satisfacer la ira de Dios. El evangelio es poder de Dios para salvación. Y el crecimiento espiritual es gradual: conforme vamos madurando espiritualmente, la obra del Espíritu es más perceptible, y cada vez es más clara en cómo el Señor va transformando nuestras vidas, y se hace evidente esa lucha que debe ser constante en nuestro corazón.
No debemos olvidar nunca que nuestro corazón es engañoso, y que normalmente nuestro corazón desea puras cosas vanas. Me platicaba un hermano que cuando estaba estudiando el seminario, y estaban haciendo una oración, un hermano que estaba estudiando con él el seminario se para y dice: "Hermanos, voy a orar para que Dios conceda todos los deseos de su corazón". Y él, alarmado, en un momento espontáneamente se asustó, y se paró y le dijo: "No, hermano, por favor, no ores que Dios conceda los deseos de mi corazón, porque mi corazón piensa pura vanidad". Y en realidad hermanos, creo que sí tendríamos que ser cuidadosos en qué es lo que pedimos y qué es lo que queremos. Tenemos que filtrar constantemente los deseos de nuestro corazón: si son deseos vanos e impuros que van en contra de la voluntad de Dios, o en realidad estamos queriendo honrar a Dios con nuestros propios anhelos.
La lucha entre la carne y el Espíritu
Pero la realidad, hermanos, es que sí existe esa lucha en los cristianos. Sí luchamos constantemente con hacer lo que es agradable a Dios. Yo estoy seguro que todos ustedes quieren agradar al Señor, y también estoy seguro que son incapaces para hacerlo en todo tiempo y en todo lugar. Pero, hermanos, Dios nos mira a través de Jesús. Dios ya no nos mira a nosotros, sino mira la justicia de Jesús y el amor de Jesús en nuestras vidas.
Nuestros anhelos pecaminosos estarán ahí, constantes, intentando verse cumplidos, pero el Espíritu Santo estará ahí para ayudarnos a que nosotros no cumplamos esos deseos que tanto daño nos harían, y que seguramente, si lo logramos, nos llevarían a la autodestrucción. Lo vemos en el culto a la personalidad de este mundo, donde vemos estrellas del arte, estrellas del deporte, estrellas de las redes sociales, estrellas de la política, todos con finales desastrosos. Es cuestión de tiempo para que la bomba que ellos mismos están construyendo explote sus vidas y refleje la fragilidad del hombre.
El hombre en este mundo está instruido en gobernarse a sí mismo, y el cristianismo te llama a que mueras a ti mismo, a que seas una nueva criatura guiada por el Espíritu de Dios para ser a la imagen de Cristo, Dios hecho hombre, que no tenía un lugar en donde recargar la cabeza cuando estuvo aquí en la tierra. Siendo el Rey de todo, se humilló, no estimando Su propia divinidad como algo a qué aferrarse, para poder entendernos, para poder vivirlo y darnos ese ejemplo, y esa esperanza de que la salvación es verdadera y de que la santificación es real. También estamos llamados a una vida de santificación, a una vida que testifica a Cristo, a una vida donde lo único importante sea gloriarnos en esa cruz, en la cruz de Cristo.
El apóstol Pablo tenía también esta lucha. Si vemos Romanos 7:19-25, dice: "Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo nuestro Señor. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado".
No hay creyente que no tenga una lucha con el pecado. Decir que ya no pecamos es mentir; si nosotros decimos que no pecamos, estamos siendo mentirosos. Entonces vamos a vivir esta lucha constante mientras estemos en esta tierra, confiados en que Cristo va a terminar esa obra que inició. Y tenemos que ser pacientes los unos con los otros. Antes de juzgar el pecado del de al lado, tenemos que juzgar nuestro pecado; antes de juzgar, sancionar, tenemos que mortificar primero nuestro pecado, vernos a nosotros como realmente somos, sin soberbia, sin vanagloria.
Porque si Cristo nos hubiera medido con la vara que nosotros constantemente medimos a nuestro prójimo, estaríamos en el infierno. Si Dios verdaderamente cumpliera el hecho de que el pecado es muerte, no estaríamos hoy ninguno de nosotros aquí; no hubiéramos llegado a esto. Dios puede abrir la tierra y devorarnos; Dios puede enviar un fuego consumidor y quemarnos. A causa del pecado morimos, y, como nos lo recordó nuestro hermano Frank, morimos física y espiritualmente, y estaríamos destituidos de la gloria de Dios si no hubiéramos tenido esa fe. Esta fe es la que nos está salvando, de que esa relación se haya reunido nuevamente, de que esa relación hoy esté intacta, hoy esté libre, para que nuestra comunión sea completa con nuestro Señor.
La familia de Dios: llamados a servirnos
Y esto, el que hayamos sido salvados, tiene una implicación que es muy importante, que es que ahora somos parte de la familia de Dios. Hemos sido adoptados como hijos Suyos, y somos un reflejo de Cristo para que nos sirvamos unos a otros. Para servirnos, hermanos: somos llamados al amor y a servirnos. Somos llamados a amar, a llevar la carga de nuestros hermanos, a distribuir ese amor no solo con la gente que queramos, no solo discriminando el amor que Cristo nos ha dado sin ninguna limitación.
La gracia no es para un solo grupo de personas. La gracia es para todos aquellos que han creído en Cristo como su Señor y Salvador, y que confían en la obra salvadora como la única opción para tener la vida eterna. No es que, derivado del buen comportamiento de estas personas, entonces la gracia del Señor se aplica. No podemos nosotros ser administradores de la gracia de Dios. La gracia de Dios es exclusiva, y la administración de la gracia de Dios es exclusiva de Dios; no es nuestra.
Nosotros tenemos que mostrar gracia hacia nuestros hermanos creyentes, y tenemos que mostrar gracia hacia quienes no lo son, porque ¿cómo vamos a llamar a los perdidos si nosotros no mostramos gracia, esa gracia que se nos ha dado? Si nosotros no mostramos amor, nada somos. El amor es, de todos los dones que se nos han dado, el más importante. "Así que, según tengamos oportunidad", dice el apóstol Pablo, "hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe. No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos".
Estamos en el maratón, estamos en el maratón de la vida cristiana. Sí, a veces nuestra fe no implica emociones. A veces nuestra fe es una fe que no necesariamente tiene que ser muy emotiva. A veces nuestra fe está debilitada, a veces nos sentimos cansados, a veces nos sentimos afligidos, pero ahí está, ahí está nuestra fe, perseverando, ejercitándose, madurando, hasta ese proceso de santificación.
Mientras tanto, las buenas obras tienen que ser una constante en nosotros, no para la salvación, sino porque es el reflejo de Cristo. Con ganas o sin ganas, el servir es una obligación. Es un privilegio, pero es una obligación también, y es algo que lo tenemos que hacer: esforzarnos en servir. No podemos decir: "No, pues es que hoy no tengo tanto ánimo, no tengo tantas ganas, y pues no lo voy a hacer", porque estamos obligados a eso. Si amamos a Dios, estamos obligados a servir a los demás, a amar a los demás, y tenemos que hacerlo independientemente del ánimo que nosotros tengamos en ese momento. Tiene que existir algo mayor a nosotros, y es precisamente el evangelio, el saber que nosotros, sin merecerlo, fuimos salvados.
Gloriarnos solo en la cruz
Y dice el apóstol Pablo, dice: "Pero lejos está de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí —por quien el mundo me es crucificado a mí—, y yo al mundo". Esto ya lo dije en otra ocasión, hermanos: el cristianismo es algo verdaderamente contracultural. Cuando nosotros hemos sido regenerados, hemos nacido de nuevo, nuestros anhelos ya no son los anhelos de este mundo. Luchamos con eso; hay cosas que nos siguen fascinando de este mundo, que nos siguen distrayendo de lo que verdaderamente es eterno y no temporal.
Pero la realidad es que nosotros ya no somos de este mundo. Aunque vivamos en este mundo, ya no somos de este mundo; somos luz y sal en este mundo. Y precisamente la cruz de Cristo la llevamos todo el día a nuestros trabajos, a nuestras escuelas, a nuestras familias, pero con un solo propósito: el propósito de que la gloria sea para Dios. No hacemos buenas acciones ni buenos actos, ni somos pacientes, ni somos mansos de corazón, para que digan: "Ay, es que Chucho es bien buena onda, es manso de corazón, es paciente, es agradable, es bondadoso". Porque en realidad la bondad no está en nosotros. En nosotros hay la ira, la contienda, la fornicación, la lujuria, la lascivia; eso es lo que hay en estos corazones. Pero gracias al poder del evangelio podemos reflejar eso.
Y dice aquí el apóstol Pablo que nadie se gloríe... Bueno, no lo dice aquí, pero aquí dice: "Lejos está de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo". Que nadie se gloríe en sus propias obras, sino en la cruz de Cristo. Y con eso también vamos a experimentar la molestia y la persecución del mundo. A nadie le gusta que le digan que no tiene control de su vida, que Dios es soberano. La mayoría de la gente quiere ser soberana en su propia vida; la mayoría de la gente quiere tener el control de su vida.
«Si el Señor lo permite»
En muchas ocasiones, cuando yo he dicho algo que estoy seguro que va a suceder, y que digo: "Claro, si el Señor lo permite", me han contestado: "Bueno, no, no, no, ya, ya quedamos. No, ya, ya quedamos". Entonces, como asentando que... como que "si el Señor lo permite"... Digo: "El Señor lo permite; si no, no voy a llegar, ¿no?". Pero como dicen: "No, pero asegúrame que sí vienes". "No, sí voy a venir, pero si el Señor lo permite". O sea, ese tipo de cosas, hermanos. Esa es la confianza que nosotros tenemos: que finalmente nuestra vida depende completamente de Dios.
La gente no lo entiende. O sea, cómo no: "Sí, oye, yo soy pecador". "No, no, no, tú no eres pecador, no eres tan malo". No, que sí somos malos. Y a veces nosotros nos creemos esa mentira. Pero porque nosotros vemos la santidad de Dios, podemos ver el reflejo de nuestro pecado. Y esa es la obra que produce el Espíritu Santo en nosotros: la conciencia de nuestro pecado frente a la santidad de Dios.
Estuvimos estudiando Isaías, cuando Dios se revela a Isaías, que dice: "Santo, santo, santo", tres veces santo, y dice que queda pasmado. Y es como nosotros debemos de quedar todos los días cuando miramos la santidad de Dios. Tenemos que entrenar nuestra mente y nuestro corazón para mirar esa santidad, arrepentirnos de nuestro pecado y gloriarnos en la cruz, sabiendo que en este evangelio hemos sido llamados a la santidad, una santidad que no podemos cumplir, pero que nos es prometida: que viviremos algún día en un cuerpo glorificado que no merecemos, pero que es una promesa de un Dios que es siempre fiel y eterno.
Todo lo que nosotros podamos cosechar en este mundo es temporal y va a ser sujeto a la destrucción tarde o temprano. Por más hermoso que lo veamos, por más bien estructurado que lo veamos, tarde o temprano tendrá su final. Y si en algo hay que gloriarnos, es en la cruz de Cristo. Dice Eclesiastés 12:13-14: "El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala".
Pero nunca debemos olvidar que Dios es la máxima autoridad de la fe y vida cristiana. Nada que contradiga la revelación de Dios puede regular la vida del creyente. La salvación se encuentra solo en Cristo, y no existe ningún otro camino para llegar a Dios. La fe es un don de Dios que fue recibido de manera inmerecida, y la salvación es solo por los méritos de Cristo, que alcanzó durante Su vida, muerte y resurrección, y solo puede ser recibida a través de esa fe, cuando nuestra fe está puesta en el lugar adecuado, que es la roca de nuestra salvación, Cristo Jesús, sin que nuestras obras puedan contribuir de ninguna manera. Y el propósito de la salvación es solamente glorificar a Dios.
Las marcas del Señor Jesús
El apóstol Pablo termina esta carta diciendo: "De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús". El apóstol Pablo para entonces ya había sufrido la persecución física que implicaba seguir a Cristo, que implicaba predicar el evangelio. No es que esté diciendo: "Ya nadie me llame, ya nadie me busque", porque antes está diciendo que nos amemos unos a otros y que lo más importante es el amor. Sino está diciendo: la circuncisión, esa marca de un pacto, deja de tener sentido cuando ya llevas estas marcas en el cuerpo que produce la persecución en Cristo.
Los que querían que los gentiles se circuncidaran no querían ser víctimas de esa persecución, y querían decir: "Ya ven, todos estos que se están convirtiendo, se están convirtiendo al pueblo de Dios y están respetando las tradiciones que nosotros les estamos enseñando; somos judíos porque seguimos esta ley". Y no querían sufrir la persecución que el apóstol Pablo ya había sufrido: las marcas verdaderas de la persecución en su propio cuerpo. Y no para que él pudiera gloriarse, sino porque era algo que el Espíritu Santo estaba poniendo en él y que no podía dejar de hacerlo. Él seguía predicando el evangelio porque había una fuerza en él superior a su propia fuerza; el Espíritu Santo estaba morando en él para la predicación del evangelio, para que cada día hubiera más.
Si esto no hubiera pasado, si esta lucha entre los judíos, celosos de sus tradiciones, y el apóstol Pablo defendiendo el evangelio… nosotros seguramente hoy no tendríamos esta carta. Hoy somos bendecidos con esta carta a través, precisamente, de esa contienda que hubo, y de ese valor del apóstol Pablo para luchar por el evangelio sin importarle que inclusive su cuerpo pudiera ser lastimado.
Hermanos, gracias a Dios que nos ha tocado vivir en un país y en una época donde la persecución es menor para nosotros. Hay otros hermanos en otras naciones que están sufriendo persecuciones sumamente graves; hay hermanos que físicamente tienen que llevar los signos del evangelio, de la predicación del evangelio. Hermanos, de verdad, que el evangelio sea suficiente. Escuchemos el evangelio constantemente; prediquémonos a nosotros mismos el evangelio, para que genere eso en nosotros, ese poder de transformación; que la guía del Espíritu Santo esté en nuestras vidas para hacernos testigos de Cristo, y que no tengamos temor de predicar el evangelio en todas las naciones y en todos los lugares, sin importar cuál será la consecuencia de esa predicación.
Conclusión y oración
Y concluye así el apóstol Pablo: "Hermanos, la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu. Amén". Dios no nos debe nada. Sin merecerlo, nos dio lo más valioso que alguien nos podría entregar: a Su propio Hijo. Nuestra salvación y nuestra santificación, ambas son dadas por gracia a través de la fe en la justicia de Cristo, y en eso debe de descansar nuestra esperanza, hermanos. No olvidemos que somos hijos adoptados de Dios, que somos familia en Cristo, que somos familia eterna, y mirémonos unos a otros bajo ese concepto, como hijos amados de Dios.
Vamos a ver. Bendito Padre, Señor nuestro, te damos gracias por este tiempo. Te damos gracias, Señor, por Tu Palabra, Señor, por estas exhortaciones del apóstol Pablo, Señor. Gracias, Señor, por haberlo inspirado, Señor, a la defensa del evangelio, Señor. Y gracias, Señor, que hoy nos recuerdas que solo hay un evangelio, Señor, y ese evangelio, Señor, es el que solo te agrada a Ti, Señor. Ayúdanos a vivir una vida agradable a Ti y no agradable a las personas, Señor. Gracias te doy por este tiempo, por esta iglesia, Señor, y ayúdanos, Señor, a ser más conscientes sobre la predicación de Tu evangelio. Te damos gracias en el nombre de nuestro Señor Jesús. Amén.
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