Iglesia Evangélicade Cuajimalpa

Juan 5:19-29JuanArturo Ferreiro

La identidad del Hijo: 3 Afirmaciones

Transcripción

Lectura de Juan 5:19-29

Hola, hola, hola, hermanos. ¿Me escuchan? No se escucha; ¿está prendido? Ya, aquí está, perfecto. Tienen calor; hace, ¿verdad? Espero que hayan dormido, espero que hayan dormido bien para soportar el sermón de hoy. Vamos a ir a Juan capítulo 5, mis hermanos; Juan capítulo 5, a partir del versículo 19. Voy a leer la porción de la Escritura.

Dice: "Por eso Jesús les decía: 'En verdad les digo que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, eso también hace el Hijo de igual manera. Pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que Él mismo hace; y obras mayores que estas le mostrará, para que ustedes se queden asombrados. Porque así como el Padre levanta a los muertos y les da vida, asimismo el Hijo también da vida a los que Él quiere. Porque ni aun el Padre juzga a nadie, sino que todo juicio se lo ha confiado al Hijo, para que todos honren al Hijo así como honran al Padre. El que no honra al Padre no honra al Hijo que lo envió.

En verdad les digo: el que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna y no vendrá a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida. En verdad les digo que viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán. Porque como el Padre tiene vida en Él mismo, así también le dio al Hijo el tener vida en Él mismo; y le dio autoridad para ejecutar juicio, porque Él es el Hijo del Hombre. No se queden asombrados de esto, porque viene la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y saldrán: los que hicieron lo bueno, a resurrección de vida, y los que hicieron lo malo, a resurrección de juicio'".

Padre, gracias por el privilegio de escuchar la voz de tu Hijo Jesús en este pasaje. Abre nuestros oídos, Señor. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti en este día, Señor. Ayúdanos a recibir tu Palabra; que tu Espíritu obre poderosamente el día de hoy, Señor, porque te lo pedimos en Cristo Jesús. Amén.

El contexto: la sanidad en el día de reposo

Habíamos visto ya las últimas semanas cómo, en 1 Corintios, Jesús es el evangelio. El evangelio, entonces, no solamente se trata de su obra —de su vida, muerte por nuestros pecados, su sepultura y su resurrección—, sino que también se trata de su persona. Nathan nos enseñó que el valor de nuestra fe radica en el poder del objeto de nuestra fe; es decir, a dónde apunta nuestra fe, que es Dios. De manera que entender quién es Él es vital para afianzar nuestra fe.

Antes de exponer el pasaje, quiero darte un poco de contexto. El furor de los judíos se había desatado en Juan 5 porque Jesús sanaba en el día de reposo. Jesús sube a Jerusalén, a un estanque llamado Betesda, que significa "casa de gracia", donde había muchos enfermos, paralíticos, ciegos, atraídos por la leyenda de un ángel que movía las aguas, y el primero en entrar al estanque se sanaba. Jesús se encuentra con un hombre paralítico de 38 años —mi edad— y le pregunta: "¿Quieres ser sano?". El hombre responde que no puede llegar al estanque a tiempo porque no tiene quien le ayude. Y Jesús le dice en ese momento: "Levántate, toma tu camilla y anda".

El hombre se levanta, toma su camilla y comienza a caminar, a andar. Los judíos se enteran de esto y se molestan, no por la sanidad del paralítico, sino porque estaba cargando su camilla en el día de reposo. Para ellos era más importante que nadie trabajara en el día de reposo que la sanidad de un hombre. Jesús fue intencional, yo creo, al momento de decirle que llevara su camilla específicamente en este día.

El hombre no sabía quién lo había sanado, pero cuando se encuentra nuevamente con Jesús en el templo, descubre su identidad. Informa entonces a los judíos que Jesús era el que lo había sanado. Entonces, estos hombres, estos judíos, dejan su atención de este hombre y empiezan a poner su atención en Jesús. Y mientras lo cuestionan por sanar en el día de reposo, Jesús les dice en el versículo 17: "Hasta ahora mi Padre trabaja, y Yo también trabajo". Esto los enfurece, dice la Escritura, aún más; aún más quieren matarlo, pues entienden que Jesús se hacía igual a Dios.

En Juan 5:18, el evangelista, el autor del Evangelio de Juan, comenta que los judíos querían matarlo porque no solo violaba el día de reposo, sino que también llamaba a su propio Padre Dios —a su Dios, que era su propio Padre, dice la Escritura—, y eso lo interpretaban los judíos como que Él se estaba haciendo igual a Dios. Los judíos escuchaban a Jesús decir algo como esto: "Yo soy Hijo exclusivo del Padre; tengo los derechos sobre el día de reposo; si quiero quebrantarlo, lo puedo hacer". Jesús se ponía por encima del día de reposo, y era claro para ellos que se estaba poniendo en una categoría diferente de Hijo del Padre, con derechos que los demás no tenían.

Para Jesús... para los judíos —perdón—, Jesús era un blasfemo, y querían matarlo. Unos cuestionan si realmente Jesús afirma su igualdad con el Padre en este pasaje, y nuestro pasaje, entonces, es clave para responder esta pregunta, ya que es la respuesta de Jesús directamente a estos judíos. Por eso titulé mi sermón "La identidad del Hijo". La identidad del Hijo: tres afirmaciones de las que Jesús está hablando aquí en el pasaje acerca de sí mismo, que están precedidas por la palabra "en verdad les digo", o "amén". Tres "amén": amén, amén, amén, en los versículos 19, 24 y 25.

La unidad del Hijo y el Padre en sus obras

Entonces, vamos con el primer punto, la primera afirmación del Señor Jesús acerca de su propia identidad: la unidad del Hijo y el Padre en sus obras. La unidad del Hijo y el Padre en sus obras. Dice el versículo 19: "Por eso Jesús les decía: 'En verdad les digo que el Hijo no puede hacer nada por su propia cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que hace el Padre, eso también hace el Hijo de igual manera'".

Ahora, este pasaje, en la historia de la iglesia, se ha utilizado en tiempos antiguos, por ejemplo, por los arrianos. Los arrianos creían que Jesús no era exactamente igual al Padre; y el énfasis de este pasaje realmente está en la igualdad y unidad con el Padre. Ellos lo usaban para hablar de la subordinación del Hijo al Padre, como un Dios, quizás, pero inferior. El problema de leer este pasaje con los ojos de la subordinación es que el énfasis no está en la subordinación: está en la igualdad y unidad con el Padre. Por eso es importante no pasar por alto el contexto de que los judíos entendían que Él mismo se estaba haciendo igual a Dios con sus acciones.

Entonces, Jesús empieza a hablar —mi primer punto— acerca de la unidad del Hijo y el Padre en sus obras. El Hijo no puede hacer nada por sí mismo. Y esto no se dice en términos de su incapacidad, como si Jesús no tuviera poder para hacer las cosas. No es debilidad, como si tuviera que depender de su Padre como dependen los niños pequeños. No. Mi hija siempre me dice: "Papi, ayúdame a ir al baño". Pero ella es pequeña, y yo le ayudo; y a veces le digo: "No, ya estás bastante grande". Pero en Jesús no hay esta dependencia del Padre. Más bien, Jesús está hablando en términos de su unidad con el Padre: el Hijo no puede hacer nada sin el Padre; el Hijo no puede hacer nada fuera del Padre.

Otra cosa que vemos en el texto de este obrar de Cristo es que dice que nada hace por su propia cuenta. Subraya ahí esa palabra en el texto: "Nada hago por mi propia cuenta", mostrando que su obrar está en sintonía siempre con el Padre. No hay nada que Él haga sin el Padre. No solo dice que no hace nada en independencia de su Padre, o por su propia cuenta, sino que también nos dice lo que Él sí hace. Aquello que sí hace es todo —subraya esa palabra—: "todo lo que hace el Padre". De manera que no hay nada que hace el Hijo que no hace el Padre también. Fíjate cómo lo dice en términos absolutos: "Nada lo hago sin el Padre"; "todo lo que hace el Padre". Este es un lenguaje de unidad, de unicidad. Unidad, porque hay una armonía, hay una cohesión en las obras del Padre y el Hijo, de tal manera que las obras las hacen los dos. Y unicidad, porque hay una característica de ser único en su tipo: ¿quién puede hacer todo lo que Dios hace?

Como el padre, así el hijo

Una vez recuerdo ver unos videos del golfista famoso Tiger Woods, y él estaba jugando golf con su hijo. Ese video se llamaba "El impactante parecido entre Tiger Woods y su hijo a la hora de jugar golf". Y era muy curioso, porque retrataba al hijo hacer exactamente las mismas cosas, igual que su padre, al jugar golf. Tenía el mismo swing, que es el golpe —digo, yo no sé jugar golf, pero sé que el swing es el golpe del golf—. Sus expresiones corporales eran exactamente iguales; incluso la forma en que se paraban para ver hacia dónde iba la pelota era la misma. No había duda de que era su hijo; parecían clones.

Y es común en nuestra experiencia humana ver el parecido de los hijos a los padres; por ejemplo, ver cómo de un Arturo sale un Arturito. Dicho sea de paso, si alguien le dice a mi hijo: "Ay, qué bonito", yo contesto: "Ay, gracias", porque el hijo se parece al padre. Aunque esto del parecido de los hijos y padres nos da una idea de las similitudes familiares, entre el Padre y el Hijo su parecido o unidad es mucho más profunda que la nuestra. Porque el hijo terrenal, aunque muchas veces va a imitar lo que yo hago —mi hijo va a imitar lo que yo hago—, es muy posible que él no vaya a hacer exactamente todo lo que yo hago, ¿entienden? No todo lo que me ve hacer, eso es lo que va a hacer mi hijo. Y es más, deseo que no todo lo que me ve hacer sea lo que haga.

Pero en la relación entre el Padre y el Hijo es distinto. El pasaje tiene un sentido de un absoluto parecido, o un término más preciso podría ser de unidad de obras. Ahora, ¿qué significa cuando Jesús dice que Él hace todo lo que ve hacer al Padre? Nos habla en un lenguaje que nos es familiar, de imitación. Se rebaja el Señor a nuestro nivel lingüístico, a nuestro nivel experiencial, a lo que podemos entender, y parece como si nos hablara en términos de un maestro y un aprendiz.

Y es claro en el texto que las obras las recibe del Padre por este ver; eso es lo que dice el texto. Pero este recibir o ver no es exactamente el mismo que el de un hijo terrenal, que es pasivo mientras ve a su padre hacer su oficio, ¿no? Por ejemplo, un padre que se dedica a la carpintería, y su hijo está viendo cómo hace su oficio de la carpintería; un padre que es albañil, y su hijo aprende de él; o un padre que es ingeniero, y está viendo... O sea, esa dinámica terrenal no es exactamente la misma dinámica entre el Padre y el Hijo.

Dios no aprende

Porque tenemos que recordar, mis hermanos, que aquí estamos hablando de la divinidad. Y aunque estas palabras que están aquí son ciertísimas, las palabras que se están utilizando aquí... es decir, si decimos que el Hijo es divino, Él no pudo aprender, porque Dios no aprende, ¿entienden? Dios no está aprendiendo en el tiempo; no está mejorando su conocimiento, porque no sería perfecto. Eso implicaría que hubo un momento en que Él no lo conocía todo; es decir, que no era omnisciente. Y eso significa que, si no es omnisciente, no es Dios.

Por eso digo que, aunque hay una analogía familiar en el ver del Hijo al Padre, más bien debemos ver esto dentro del plano eterno, que no está sujeto al tiempo: el hecho de que el Hijo siempre ha estado con el Padre, y el Padre nunca ha sido sin su Hijo, y por lo tanto no ha habido un comienzo para el Hijo. Él no está creciendo, Él no está aprendiendo, porque Él es con el Padre desde la eternidad. El hecho de que el Hijo sí esté recibiendo las obras del Padre sí nos da una aproximación de la procesión del Hijo del Padre.

La generación eterna del Hijo

Y aquí, yo sé que a lo mejor no es muy común hablar de esto en las iglesias, pero esta realidad de que el Hijo procede del Padre... ¿Te has preguntado alguna vez por qué el Padre es Padre y por qué el Hijo es Hijo? ¿Te has preguntado? ¿Crees de alguna manera que el Padre de repente no era Padre y dijo: "Pues yo voy a hacer el rol de Padre; vamos a actuar: Yo soy el Padre y tú eres el Hijo"? ¿Es esta la realidad acerca del Padre y el Hijo, o verdaderamente el Padre es Padre y el Hijo es Hijo?

Nuestros hermanos, los cristianos del pasado, no daban por hecho estos asuntos. Los credos y confesiones antiguos hablan de la doctrina de la generación eterna del Hijo, por la cual recibe todo del Padre; de su procesión. Esto está en la Confesión de Westminster, está en la Confesión Bautista de Londres, está en el Credo niceno y en otros muchos credos y confesiones de la iglesia. Incluso, si ustedes tienen una Biblia de la Reforma —la del tabique rojo—, ahí hay una sección de credos y confesiones donde ustedes pueden corroborar lo que dice del Hijo, lo que creían nuestros hermanos acerca de esta doctrina.

Por ejemplo, en el Credo niceno, que se dio en el año 325 después de Cristo... El Credo niceno está estructurado, bueno, de manera trinitaria: creemos en el Padre, creemos en el Hijo, creemos en el Espíritu Santo. Y cuando habla de la sección del Hijo, la segunda persona de la Trinidad, dice lo siguiente, textual: "Creemos en un solo Señor Jesucristo, unigénito Hijo de Dios, engendrado del Padre" —esto es, que procede del Padre— "antes de todos los siglos". Hay una relación eterna de origen allí, que —escúchame— no implica creación, no implica creación, pero sí una procesión. El Hijo procede del Padre, no en el tiempo y el espacio, sino desde la eternidad. El Padre engendró al Hijo desde la eternidad, o, dicho en términos del Credo niceno, "antes de todos los siglos".

Lo que sigue diciendo del Señor Jesucristo en términos de su procesión es lo siguiente, y me encanta; dice: "Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre". Entonces, de la doctrina de la generación eterna del Hijo podemos entender que el Hijo recibió del Padre este ver, que es un misterio para nosotros en cierto sentido, que no podemos entender del todo. Pero es desde la eternidad, al ser engendrado por el Padre, que Él recibe su naturaleza divina y sus obras.

Entonces, cuando hablamos de que Jesús aprendió y vio del Padre, deberíamos decir que quizás, en lugar de la idea de maestro y aprendiz pasivo, es más bien similar a un objeto que se refleja en un espejo. Agustín decía que es similar al fuego y su luz: el fuego es el origen de la luz, pero la luz nunca es sin su fuego, y el fuego nunca es sin su luz. Y claro, todas estas ilustraciones se van a quedar cortas, porque estamos hablando aquí de un ser incomprensible, mis hermanos, que nos debe llevar a la adoración. Tenemos una incapacidad humana de comprender lo infinito, porque somos finitos; pero podemos comprender verdaderamente algo de Dios por su revelación. No exhaustivamente, pero sí verdaderamente.

El Padre hace las obras en el Hijo

Mi segundo punto de la unidad del Hijo y el Padre en sus obras es que el Padre hace las obras del Hijo —y esto me encanta—: el Padre hace las obras en el Hijo. Dice el versículo 20: "Pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que Él mismo hace; y mayores que estas le mostrará, para que ustedes queden asombrados". El Señor dice que el Padre ama al Hijo, y esta palabra aquí, "ama", no es la palabra ágape, sino la palabra filos —muy interesante—, lo cual nos da una idea de amor filial, de compañerismo, de aquellos que se comparten mutuamente todas las cosas. Y dice que en este amor el Padre le muestra todas las cosas que hace.

Y aquí se está refiriendo a las obras que el Hijo hace y que los judíos estaban presenciando; en este caso, la obra inmediata de sanación del paralítico. Para explicar un poco esto, me gustaría que me acompañes por un momento a Juan 14, versículo 8; Juan 14, versículo 8 hasta el versículo 11. Dice lo siguiente: "'Señor, muéstranos al Padre, y nos basta', le dijo Felipe. Jesús le dijo: '¿Tanto tiempo he estado con ustedes, y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que Yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que Yo les digo no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí es el que hace las obras. Créanme que Yo estoy en el Padre y el Padre en mí; y si no, crean por las obras mismas'".

Lo que Jesús está diciendo es que Él nunca habla ni obra en desunión con el Padre, de tal manera que su obrar y su hablar son el obrar y el hablar del Padre mismo; que, en efecto, el que le oye y el que le ve está escuchando y viendo al Padre. Regresando a Juan 5, versículo 20, dice que "le muestra todo lo que Él mismo hace; y obras mayores que estas le mostrará". ¿Qué es este mostrar?

Bueno, una característica de este mostrar es que no es un mostrar privado; es decir, no es algo entre el Padre y el Hijo solamente. Porque dice que, en el mismo momento en que el Padre le muestra las obras al Hijo, los judíos se maravillan de estas obras. Entonces, es algo público; es un mostrar público, que no solo ve el Hijo. Él está diciendo esto para que los judíos entiendan que sus obras milagrosas, al momento de ser mostradas al público, las hace el Padre mismo. El Padre se muestra a sí mismo al Hijo mientras se manifiesta a través de las obras públicas de su Hijo.

Y dice también: "Obras mayores que estas le mostrará, para que ustedes" —judíos— "se queden asombrados". Jesús está diciendo: "Lo que han visto no es nada; las obras futuras que mostrará mi Padre los dejarán perplejos". Los judíos estaban enfurecidos por la blasfemia de Jesús, porque se hacía igual a Dios. Si las obras del Hijo son las mismas obras del Padre, ¿quiénes son los blasfemos aquí? ¿Es Cristo el blasfemo, al hacerse igual al Padre, o los judíos, al criticar las obras de Cristo, que más bien son las obras del Padre?

De aquí hay una enseñanza práctica para nosotros, y es que debemos ser conscientes, mis amados hermanos y hermanas, de que glorificar al Hijo en sus obras a favor de nosotros es glorificar al Padre también, porque Él hace las obras en el Hijo; y en el Hijo estamos glorificando al único Dios. Dios es uno. El Hijo y el Padre no están en competencia por nuestra adoración, ni están en competencia por las obras; están como un ser único, divino. Luego dice que el Padre iba a mostrar obras mayores que estas en Él, y eso lo dejaremos para un poco más adelante.

Oír al Hijo es tener vida eterna

Me voy a saltar al versículo 24, que es la segunda afirmación de nuestro Señor Jesucristo. Y esa segunda afirmación es: oír al Hijo es tener vida eterna. Oír al Hijo es tener vida eterna. Versículo 24: "En verdad les digo: el que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna y no vendrá a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida".

Jesús, con sus palabras, se remite al Padre. No dice aquí: "El que oye mi palabra y cree en mí"; dice: "El que oye mi palabra y cree al que me envió", es decir, al Padre. El que hace así tiene vida eterna. Como si dijera: "Ustedes, judíos, si le creyeran a Él, me escucharían a mí, porque Yo vine de Él". El que me escucha —lo cual implica aceptar sus palabras, abrazar sus palabras— tiene vida eterna.

Más adelante leemos en Juan... Acompáñame a Juan capítulo 10, 10:24. Dice lo siguiente: "Entonces los judíos lo rodearon y le decían: '¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si Tú eres el Cristo, dínoslo claramente'. Jesús les respondió: 'Se los he dicho, y ustedes no creen. Las obras que Yo hago en el nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero ustedes no creen porque no son de mis ovejas. Mis ovejas oyen mi voz; Yo las conozco y me siguen. Yo les doy vida eterna, y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre'".

Me gusta cuando dice en el versículo 28 que nadie las arrebatará de la mano... ¿de quién? De Jesús: "de mi mano". Y luego el versículo 29 dice: nadie las puede arrebatar de la mano... ¿de quién? Del Padre. ¿En dónde están sus ovejas? En las manos del Hijo, en las manos del Padre. Está en el versículo 30: "Yo y el Padre somos uno". Estas obras, entonces, según el pasaje que acabamos de leer, dan testimonio de quién es Él; y, por lo tanto, estableciendo esta autoridad con base en las obras, los judíos debían atender y creer sus palabras.

Si atendían a las obras, habrían sabido que el Padre estaba en Él, y habrían entonces escuchado con atención, como Nicodemo: "Nadie puede hacer estas señales si Dios no está con él". Si atendemos a las obras, oiremos al Hijo, y lo oiremos como es digno de ser oído: como el enviado del Padre. Y si oímos al Hijo y creemos al Padre, tenemos vida eterna y no pereceremos jamás. ¿Lo estás escuchando?

¿Cuál es la palabra del Hijo que debemos oír? Es la palabra poderosa de gracia y misericordia divina sobre tu alma pecadora. Porque Él mismo habló y dijo: "Yo he venido para traer vida, para darles vida; no he venido para condenar, sino para salvar, y soy un Salvador poderoso". ¿Has oído? Estas palabras son dulces para el alma; son las palabras de la promesa de la vida eterna. Si has oído su voz, has pasado de la muerte a la vida: de la muerte de la incredulidad a la vida de la fe, una vida eterna que ya ha llegado. Por eso está en presente: el que oye y cree tiene vida eterna. Ha nacido de nuevo, ha resucitado. Esto es lo que llamamos el nuevo nacimiento, o la primera resurrección, que es algo espiritual.

El gran poder del Hijo en la resurrección y el juicio

Lo que me lleva a la tercera afirmación de nuestro Señor. Tercera afirmación de Juan 5: el gran poder del Hijo en la resurrección y el juicio. El gran poder del Hijo en la resurrección y el juicio. Juan 5, desde el versículo 25, dice lo siguiente: "En verdad les digo que viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán".

Aquí el Señor empieza a ponerse un poco escatológico —para los que no sepan qué es eso: es que empieza a hablar de las últimas cosas— al decir "viene la hora". Pero a la vez nos da a entender que habla de una hora que ya está cerca, y de hecho que ya está aquí. Dice: "ahora es"; "viene la hora, y ahora es". Y recordemos que en la escatología existe siempre esta tensión en el Nuevo Testamento acerca de lo que llamamos el "ya, pero todavía no". Estas cosas ya están sucediendo hoy, en este momento; ya están sucediendo, ya han sido inauguradas, pero aún no han sido consumadas. Primero dice el pasaje "viene la hora", y luego dice "ahora es". Y voy a empezar a hablar un poco de esto último, "ahora es", del gran poder del Hijo en la resurrección. "Ahora es", dice; "ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán. Porque como el Padre tiene vida en Él mismo, así también le dio al Hijo el tener vida en Él mismo". Ya explicamos algo de esto cuando dijimos que el que oye al Hijo tiene la vida eterna. Pero tenemos que explicar un poco acerca de la fuente de esta vida, y aquí se pone mucho más interesante. Porque no pasemos por alto la escena: es Jesús hablando con los judíos que le acusaban de hacerse igual a Dios, y aquí se pone mucho más interesante en cuanto a su identidad.

Dios da vida a los muertos en el Antiguo Testamento

Y para entender un poco de dónde viene la vida en la Palabra de Dios, quisiera dar un panorama del Antiguo Testamento, de lo que dice acerca de la vida. No tienes que ir a los pasajes; puedes escuchar. Por ejemplo, en Génesis 22 vemos un destello... Perdón: antes de Génesis 22, en Génesis capítulo 2, versículo 7, a Dios dando vida al hombre después de haberlo formado de la tierra. Dice que sopla aliento de vida en su nariz, lo cual nos resalta el poder de Dios para dar vida desde el principio.

Más adelante, en Génesis 22, vemos unos destellos del poder de Dios no solo para crear vida, sino para producirla aun después de la muerte; son destellos. El pasaje nos habla de cómo a Abraham se le mandó sacrificar a su hijo, el hijo de la promesa, Isaac, el hijo por el cual Dios le había jurado darle descendencia. Y Abraham se dispuso, se dispuso a ejecutar el juicio, y justo en el momento de levantar el cuchillo para atravesar a su hijo, se aparece un ángel que le dice: "Abraham, Abraham, suelta el cuchillo". Abraham suelta el cuchillo, levanta los ojos, y en ese momento Dios provee un cordero sustituto, un carnero sustituto para Isaac.

El autor de Hebreos, en el capítulo 11, versículo 17, nos da claridad sobre este asunto, revelando que era poderoso para levantar aun de los muertos, de donde también, en sentido figurado, volvió a recibir a su hijo Isaac. Entonces, para ese momento no había habido un evento en la historia de una resurrección corporal. No puedes leer antes de ese evento que alguien haya resucitado de los muertos. La resurrección se dio en la fe de Abraham, en Aquel que es poderoso para dar vida de los muertos. No vemos una resurrección aquí literal, pero Abraham creyó que Dios era poderoso para resucitar a su hijo: Él había prometido que iba a dar una descendencia a través de este hijo; Él no iba a fallar a sus palabras.

Luego vemos a Dios levantar personas de los muertos a través de sus profetas; por ejemplo, Elías. En 1 Reyes 17 se relata la muerte del hijo de la viuda de Sarepta, que se queja con el profeta. Y luego vemos a Elías orando a Dios para que le devuelva el alma al niño, y al Señor oyendo la oración del profeta y reviviéndolo. Y hay un evento paralelo con el profeta Eliseo, que no lo voy a leer, pero es el de la sunamita, en 2 Reyes 4.

También vemos la visión del valle de los huesos secos —este es muy importante—, Ezequiel 37. Dios le manda a su profeta Ezequiel sobre un valle de huesos secos, muertos, y decirles: "Oigan la palabra del Señor: voy a hacer que en ustedes entre espíritu, y vivirán. Pondré tendones sobre ustedes, haré crecer carne sobre ustedes, los cubriré de piel y pondré espíritu en ustedes, y vivirán; y sabrán que Yo soy el Señor". Eso nos revela el poder de la Palabra de Dios, de su voz, para traer vida a los muertos, recreando la carne, y oídos para que escuchen. Una cosa es el milagro de crear vida de la nada, ex nihilo, y otra cosa es crear vida de lo que está corrupto, de lo muerto. Pero aquí es su Palabra la que hace esta obra. ¿Y qué dice el Evangelio de Juan? "En el principio era la Palabra, y la Palabra era con Dios, y la Palabra era Dios".

Vida en sí mismo

En la mente de un judío, era Dios el que tenía el poder exclusivo de dar la vida. Pero aquí Jesús dice algo maravilloso en referencia a sí mismo, y ya no está hablando del Padre. Dice —versículo 25 de Juan 5—: "Los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán". Jesús se está atribuyendo a sí mismo el poder exclusivo de Dios de dar vida a los muertos. ¿Y en qué fundamenta ese poder? De nuevo, en su procesión del Padre. Ve lo que dice el versículo 26: "Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le dio al Hijo el tener vida en sí mismo".

No está diciendo aquí que es el Padre el que hace esto, sino que este obrar de vida se lo está atribuyendo a sí mismo, porque Él tiene vida en sí mismo. Tampoco el versículo dice: "Como el Padre tiene vida, así también ha dado al Hijo tener vida"; se está añadiendo "en Él mismo". Eso es muy importante, hermanos, muy importante. Esto nos habla de la autosuficiencia de Dios. Porque, ¿quién puede tener vida en sí mismo sino Aquel que no depende de nadie? Tú y yo tenemos vida por participación: "En Él vivimos, nos movemos y somos", citando a un poeta griego; Pablo lo cita en Hechos. Nosotros tenemos vida porque estamos en Cristo, que es la vida. Jesús dijo: "Yo soy la vida". La vida... No tenemos vida nosotros mismos; tenemos vida por participación de Él.

Cristo, siendo Dios de Dios, es el que tiene vida en sí mismo, en virtud de que es la vida, mis queridos y amados hermanos, y personas que nos visitan en este día. En virtud de que es la vida, Él toca leprosos, Él habla a los paralíticos, toca los ojos de los ciegos, y ellos son sanados. El que es la vida decía una palabra, y en esa misma hora se levantaba de su enfermedad de muerte el hijo de un centurión. La vida llamaba a su amigo putrefacto, Lázaro, de los muertos a salir, y salía.

Esto era de lo que hablaba el Hijo cuando hablaba de las obras mayores que dejarían perplejos a los judíos. Dice el versículo 21 de Juan 5: "Porque así como el Padre levanta a los muertos y les da vida, así el Hijo también da vida a los que Él quiere". No hay una dependencia aquí en su afirmación, lo cual lo hace muy interesante. Dice: "Yo les doy vida a los que Yo quiero". Si Jesús no es Dios, esto es un atrevimiento increíble. Es un lenguaje de autoridad: "Yo les doy vida a los que Yo quiero". Es un lenguaje de igualdad, de unidad de la esencia divina, como del único Dios verdadero.

Él es, dice Hebreos, "el resplandor de la gloria de Dios y la expresión exacta de su naturaleza divina". ¿Habla de Jesús como un ser inferior? Ya no hay exactitud ahí. Él es la expresión exacta de su naturaleza divina, "y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder". ¿Has oído su voz? En Él está el poder de la vida, de dar vida a los muertos, y eso está sucediendo ahora, aquí, en este modesto lugar.

Viene la hora

Viene la hora del gran poder del Hijo en la resurrección y el juicio. "Viene la hora", dice el versículo 28: "No se queden asombrados de esto, porque viene la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y saldrán: los que hicieron lo bueno, a resurrección de vida, y los que practicaron lo malo, a resurrección de juicio". Las obras futuras que maravillarían a los judíos serían el fundamento de esta última obra de resurrección: una resurrección general de todos, no solo de creyentes.

Podríamos preguntarnos: ¿qué propósito tenían las acciones de Jesús de resucitar muertos, de abrir los ojos de los ciegos, de levantar a los paralíticos? ¿Qué propósito tienen, si ellos volvieron a morir? Lázaro volvió a morir; los postrados, los leprosos, los ciegos que sanó, murieron. ¿Acaso solo fue para ofrecer un favor temporal, momentáneo, de restauración? No sería gran cosa si Jesús solo levanta personas para que al final mueran de nuevo, ¿estás de acuerdo?

Las obras del Hijo no solo tenían el propósito de mostrar su poder, sino que también sirven para nosotros, para afianzar nuestra fe y asegurar nuestra confianza en una futura resurrección más gloriosa que estas, más gloriosa que las primeras, que la de Lázaro. Si hemos experimentado esta primera resurrección, no debería sorprendernos que Jesús vaya a producir una última obra de resurrección final, que será física, porque dice: "todos los que están en los sepulcros". Y por eso dice de las obras anteriores: "No se maravillen de esto; lo que voy a hacer es extraordinario". Lo que viene para nosotros, para los que creemos en Él, para los que hemos oído su voz, es extraordinario.

Todo el juicio se lo ha confiado al Hijo

Esa resurrección traerá la consumación de la vida eterna para aquellos que ya han escuchado su voz. Pero no solo es una resurrección de los muertos para vida eterna para aquellos que creen y han puesto su confianza en Él, sino que también es una resurrección para juicio y condenación para los que no creen. Versículo 22: "Porque ni aun el Padre juzga a nadie, sino que todo el juicio se lo ha confiado al Hijo".

Y si todavía pensamos que puede existir algo que el Padre hace que el Hijo no puede hacer o no hace, aquí nos la está complicando más. Imagínense a los pobres judíos ahí. Porque, dice, se invierte todo, y vemos al Hijo haciendo lo que el Padre no hace, al menos en apariencia. ¿Por qué digo "en apariencia"? Porque, como ya expliqué, dada la unidad de las obras del Padre y el Hijo, significa que el Padre juzga en el Hijo. ¿Qué significa, entonces, que Jesús afirme aquí que el Padre no juzga a nadie y que todo el juicio se lo ha confiado al Hijo?

Bueno, una probabilidad es que Jesús quiso decir que en el juicio no será la forma de Dios Padre, sino la forma del Hijo, la que aparecerá para juzgar. Nadie verá al Padre en el juicio de los vivos y los muertos, pero todo ojo verá... ¿a quién? A Cristo, al Hijo. ¿Qué significa cuando dice que se le dio el juicio porque es el Hijo del Hombre? Creo que eso es importante. Algunos comentaristas han hecho de esta parte referencia a la profecía de Daniel 7, donde se relata una visión de Daniel acerca de la destrucción de los imperios del mundo, seguida de la venida de un Hijo de Hombre que se presenta ante el Anciano de Días, y le es dado dominio, gloria y reino; un dominio eterno que nunca pasará y un reino que no será destruido jamás. Entonces, podemos hacer referencia a Daniel 7, a la profecía del Hijo del Hombre.

Otros han comentado acerca de esto —y yo creo que es complementario— que, puesto que Él se presentó en la tierra con una apariencia humana —y esto está implícito en la expresión "Hijo del Hombre"—, esa misma apariencia humana que está aquí presentándose delante de los judíos es la que se presentará en el día del juicio. Los oyentes de Jesús le juzgaban según la carne, como un mero hombre. Lo que Él afirmaba de sí mismo era demasiado elevado para ser verdad de un hombre, ni siquiera de los ángeles: era una igualdad con Dios. Era un obstáculo esto para los judíos, para que creyeran. Pero sus palabras y obras, como ya lo hemos visto, dan testimonio de Él.

Y dice en Juan 12 —me gustaría que fueras un momento conmigo a Juan capítulo 12; yo sé que hace mucho calor y ya estamos cansados; ya estoy por terminar, pero me gustaría que pusieras atención a lo que el Señor está diciendo aquí—, Juan 12, del versículo 47 al 48, dice: "El que oye mis palabras en la carne y no las guarda" —es decir, no las recibe, no las abraza—, "Yo no le juzgo; porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. El que me rechaza y no recibe mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que he hablado" —la que estamos oyendo hoy, en sus afirmaciones—, "esa lo juzgará en el día postrero".

Salvador o juez

Así que, en el día del juicio final, cuando resuciten todos los muertos —aquellos que le escucharon mientras estaban en la carne, los judíos en este relato histórico, nosotros que escuchamos sus palabras hoy—, si morimos antes de que el Señor regrese, todos seremos resucitados con el poder de su voz. Tú serás resucitado, seas cristiano o no, seas ateo o creyente; no importa. Este mismo Jesús se va a presentar con las llagas en sus manos y en sus pies en el día del juicio: para ti, como Salvador, si oíste sus palabras hoy; o contra ti, como tu juez. Ese día no será un día de segundas oportunidades, mis amados.

En aquel día, esa misma apariencia de debilidad que rechazaste mientras escuchabas a un hombre predicando la Palabra de Dios —que era Jesús hablando a través de un hombre, porque Él habla a través de sus débiles instrumentos— se transfigurará en gloria, como un juez implacable. ¿Qué vas a hacer con sus afirmaciones hoy? Esas mismas cualidades que lo hacen tan poderoso para salvar a los que creen son las mismas cualidades que lo hacen aterrador para el que no cree. Todos los que estamos en este lugar nos encontraremos un día con el rostro de Aquel ante quien somos responsables al escucharle, y a quien nada se le escapa.

Ninguno aquí podrá tener un pretexto y decir: "Yo no sabía; nadie me lo dijo". Tampoco va a haber alguien que diga: "Es que Tú no me cambiaste, Señor". No: tú no quisiste venir a la vida porque amaste tu pecado. Ven: el que tiene al Hijo tiene la vida. Quiero desafiarlos con esta pregunta: ¿vas a negar el poder del Hijo para darte vida, para liberarte del poder del pecado y de la muerte? Si has oído su voz, has nacido de nuevo, has resucitado a una nueva vida que le agrada; y en aquel día Dios quitará por fin todo pecado y consumará la vida eterna que te dio.

Si no has oído su voz —y no me importa cuántos años tengas en la iglesia—, si no has oído su voz, Jesús vendrá como un juez contra ti, juzgándote según tus obras. Pero escucha: Jesús es poderoso para salvarte. No importa si estás muerto, no importa si estás hundido en la pornografía, no importa si estás pecando contra Dios en este momento.

Jesús es poderoso para salvar

Me acordé de una ilustración. Estaba leyendo un libro acerca de un artista —se me olvidó su nombre en este momento; a lo mejor algunos lo recordarán—, pero es un artista que pintó un cuadro donde está Jesús en la oscuridad, y la luz se proyecta hacia donde está mirando, y está con su mano así. Y hay una mesa donde está el publicano y otros cobradores de impuestos en la mesa, y hay uno de ellos que está mirando a Jesús con la mano así, como sorprendido, ¿no? Los que ven la pintura dicen: "No, pues a lo mejor se está refiriendo a él, y está diciendo: '¿De verdad, yo?'". Pero su dedo no está claro si está apuntando a él o está apuntando al de al lado.

Y el de al lado —me encanta— está así, sentado a la mesa, está con su cabeza inclinada; ni siquiera se ha dado cuenta de que Jesús está ahí. No se ha dado cuenta de que Jesús está ahí, y está con las monedas, contándolas. Yo creo que ese era el publicano. Aquí está el poder de Jesús para salvar: tú lo has ignorado, pero Jesús es poderoso para salvarte. Él habla, y los muertos salen y obedecen a su voz. Ese es Jesús; ese es nuestro Dios. Como dice el versículo 23: "Para que todos honren al Hijo así como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo envió". Honremos al Hijo.

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