Mateo 7:1-6MateoArturo Ferreiro
Hacia un juicio justo, misericordioso y sabio
Transcripción
Lectura y oración
Buen día, hermanos. Acompáñenme a Marcos… digo, Mateo, capítulo 7. Mateo, capítulo 7. Vamos a seguir con una parte muy práctica de Mateo. Bueno, en general Mateo es muy práctico; habla de la regla de la conducta cristiana, ¿no?, lo que Dios espera de nosotros como miembros del reino de los cielos. Vamos a leer del verso 1 al verso 6 del capítulo 7. Dice: "No juzguen, para que no sean juzgados. Porque con el juicio con que ustedes juzguen, serán juzgados; y con la medida con que midan, se les medirá. ¿Por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano, y no te das cuenta de la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo puedes decir a tu hermano: 'Déjame sacarte la mota del ojo', cuando la viga está en tu ojo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad para sacar la mota del ojo de tu hermano. No den lo santo a los perros, ni echen sus perlas delante de los cerdos, no sea que las huellen con sus patas, y volviéndose los despedacen a ustedes".
Padre, gracias por tu Palabra, que es preciosa, de dos filos, que penetra, discierne las intenciones de nuestro corazón, Señor, nuestros pensamientos, Señor. Que tu Espíritu Santo hoy obre profundamente en nuestras vidas, en nuestros corazones, Señor; que nos muestres nuestro pecado, Señor, y que también nos muestres la esperanza que tenemos en el Evangelio, Señor. Te lo ruego, Señor, por el nombre de tu Hijo, Cristo Jesús. Amén.
El cuchillo más rápido de Londres
No sé si has escuchado la historia del doctor Robert Liston. Fue un cirujano británico del siglo XIX, apodado "el cuchillo más rápido de Londres". Esto en una época donde no existía la anestesia, y por tanto la velocidad a la hora de operar era crucial. Se dice de él que era capaz de amputar una pierna en 2 minutos y medio; su récord lo tenía en 28 segundos. Era conocido por su velocidad en la sala de operaciones, y también por su arrogancia. Curiosamente, contrario a lo que pensaríamos hoy en día de él, como un temerario, y a lo mejor descuidado, llegó a ser uno de los cirujanos de su época más reputados en el Reino Unido.
Pero él sería mucho más famoso, tristemente, por un incidente desafortunado: la única cirugía con una tasa de mortalidad del 300 %. El doctor Liston realizaba una operación de pierna a un paciente, y estaba tan concentrado en terminar rápidamente que en el proceso cortó accidentalmente los dedos de un asistente junto con la pierna. Por si fuera poco, mientras manipulaba el bisturí con rapidez, también cortó el abrigo de un espectador que observaba la operación, quien se desmayó al pensar que había sido apuñalado. Tristemente, el paciente murió de gangrena debido a la infección; el asistente murió también por la misma causa; y el espectador murió de un ataque al corazón causado por el susto.
Es peligroso hacer las cosas de manera descuidada, y más cuando se trata de la vida de un hombre. El doctor Liston tenía una mezcla de don y maldición a la vez: tenía la capacidad de sanar, pero se hizo famoso, irónicamente, por su capacidad de hacer daño. Nuestro pasaje de hoy tiene muchas semejanzas con esta historia. Pero aquí el Señor está hablando no de una intervención médica, pero sí de la remoción de motas. Como un médico experimentado, se dirige a sus aprendices, a sus discípulos, y nos instruye cómo remover motas de manera justa, misericordiosa y sabia; justa, misericordiosa y sabia; de manera que no hagamos daño al paciente, y de paso nos hagamos daño a nosotros mismos.
Entonces, el título de mi sermón es "Hacia juicios justos, misericordiosos y sabios". Juicios justos, misericordiosos y sabios.
¿Nos manda Dios no juzgar?
Mi primer punto: juicios justos. ¿Cómo hacemos juicios justos? Antes quisiera hacer una aclaración. Primero leamos la primera parte, el versículo 1. Dice: "No juzguen, para que no sean juzgados". Y este es quizá uno de los versos más citados en las Escrituras; a la gente le encanta decir: "No juzgues". A lo mejor no citan este pasaje, pero dicen cosas como: "Dios conoce mi corazón", "solo Dios puede juzgar", "Dios nos manda no juzgar". Pero ¿esto es cierto, hermanos? ¿Es cierto que Dios nos llama a no juzgar de ninguna manera a nadie?
Primero debemos recordar el contexto del Sermón del Monte, aquí, de lo que Jesús está enseñando. Por ejemplo, en el capítulo 5 Jesús está haciendo un juicio sobre las falsas enseñanzas —ya lo vimos— de los escribas y fariseos. Dice: "Ustedes han oído tal cosa, pero yo les digo tal cosa". Lo dice varias veces: "Ustedes han oído tal cosa, pero yo les digo tal cosa". Jesús ejerce juicio sobre las enseñanzas erróneas, y por implicación sobre los que emiten estas enseñanzas. En el versículo 46 del mismo capítulo 5 dice Jesús: "Si ustedes aman a los que les aman, ¿qué recompensa tienen? ¿No hacen también lo mismo los recaudadores de impuestos?". Jesús está haciendo un juicio sobre un grupo de personas, los recaudadores de impuestos.
En el capítulo 6 dice: "No sean como los hipócritas", en referencia a aquellos que dan limosnas a los pobres con el fin de ser alabados por los hombres; también en referencia a los que oran para ser vistos por los hombres. En el verso 7 del capítulo 6 el Señor instruye a sus discípulos a no usar vanas repeticiones sin sentido, y dice: "como los gentiles, que se imaginan que serán oídos por su palabrería". De hecho, en nuestro mismo pasaje Jesús está haciendo un juicio: Él hace un contraste entre lo que Él habla como el hermano que tiene la mota en el ojo, y en el verso 6 está hablando de los perros y cerdos, que es un juicio, y es un juicio un poco duro para, a lo mejor, nuestro contexto; pero está haciendo, finalmente, un juicio.
Mi punto al señalar esto es que Jesús no puede estar simplemente enseñando a no juzgar del todo. "No juzgues" es un juicio, en realidad. La frase "no juzguéis, para que no seáis juzgados" no es aquí el fin de la discusión de nuestro Señor. Jesús no está terminando su discusión; más bien está empezando su discusión. Es como el título del discurso que va a proceder a dar acerca de un tipo de juicio. Jesús no está enseñando a hacernos de la vista gorda simplemente. De hecho, en lugar de enseñar a no juzgar, el Señor en realidad está enseñando lo contrario: Él está enseñando a juzgar de cierta manera, con juicios justos, misericordiosos y sabios.
Considerando el justo juicio de Dios
Dicha esta aclaración, leamos el verso 2. Dice: "Porque con el juicio con que ustedes juzguen, serán juzgados; y con la medida con que midan, se les medirá". Entonces, justo juicio: ¿cómo llegamos a un justo juicio? Primeramente, considerando el justo juicio de Dios. Considerando el justo juicio de Dios. A veces pensamos que la justicia de Dios no nos llega, no nos va a llegar a nosotros. No es así. "Dios es misericordioso", decimos, y tendemos a ser autoindulgentes con nosotros mismos: ponemos la misericordia por encima de la justicia, y casi desaparecemos la justicia cuando se trata de nosotros. Es cierto, Dios es misericordioso, pero Él no deja de ser justo, porque Él no puede negarse a sí mismo.
Dice la Escritura, por ejemplo, en Romanos 2:6 —no vayas ahí—, dice: "Dios pagará a cada uno conforme a sus obras". Eso significa que Dios dará a cada hombre lo que le corresponde, sin excepción, sin error. Podemos ver también que la justicia de Dios se expresa en la ley de Dios. En Levítico 24:19-20 dice lo siguiente: "Si un hombre hiere a su prójimo, según hizo, así se le hará: fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente; según la lesión que haya hecho, así se le hará". Entonces la ley es pesada en este versículo; es retributiva, es decir, proporcional al daño causado. Es un juicio justo en su forma más pura: castigo correspondiente al daño, ni más ni menos. Así es la justicia de Dios.
Entonces Jesús está trayendo a nuestra mente el juicio de Dios, a la mente de sus discípulos, mientras habla de los juicios que emitimos a otros. Levanta ese bisturí con cuidado, dice el Señor: con el juicio con que juzguemos a nuestro prójimo seremos juzgados, en la misma proporción; con la medida que midamos seremos medidos. ¿Qué significa esto? Si somos duros, severos en nuestros juicios a otros, Dios será duro y severo en su juicio sobre nosotros. Si ponemos el estándar demasiado alto para otros, el estándar será alto para nosotros también. Por otro lado, si hacemos un contraste: si nosotros emitimos un juicio con un propósito distinto a la condena, sino con un propósito de amor por Dios, de amor por su pueblo, de hacer bien al prójimo, con gracia y misericordia, podemos esperar que Dios sea misericordioso, tierno, lleno de gracia. ¿Por qué? Porque Dios es justo: lo que uno siembra, eso cosecha.
El profeta Nehemías, después de haber hecho reformas, al mirar el mal obrar del sacerdote en ese tiempo, y la falta del ministerio de los levitas en general alrededor del templo, él ora a Dios, y dice —esta es su oración—, dice: "Acuérdate de mí, Dios mío, y no borres las obras de misericordia que he hecho por la casa de mi Dios y por sus siervos". Eso está en Nehemías 13:14. Y cuando Nehemías habla de las obras de misericordia, en el contexto no es tener cuidado por los pobres; las obras de misericordia a las que se refiere son juicios que él hizo para corregir lo que estaba mal en el pueblo, alrededor del templo, pero con propósitos buenos para su pueblo y la gloria de Dios. Él pide a Dios, en pocas palabras, ser justo con él: "Acuérdate de lo que yo he hecho, la misericordia que yo he hecho por tu pueblo". Él está apelando a la justicia, y él dice: "Señor, mira lo que hice, acuérdate de mí".
Mi pregunta para ti es: ¿puedes tú orar pidiendo a Dios que te trate como tú tratas a otros? Eso está en Mateo; eso es lo que enseña el Padre Nuestro: "Perdona nuestras deudas, así como también nosotros perdonamos a nuestros deudores". La justicia es algo importante a la hora de pedirle a Dios su favor para con nosotros. Si nosotros somos severos con otros, no debemos esperar que Dios sea diferente a como nosotros somos con los demás; no sería justo. Si puedes orar que Dios te trate como tú tratas a otros, es porque Dios ha regenerado tu corazón para hacer buenas obras en Cristo, y hay una promesa de justicia para ti.
Esta es la retribución: "No nos cansemos de hacer el bien, pues a su tiempo, si no nos cansamos, segaremos. Así que entonces hagamos bien a todos según tengamos oportunidad, y especialmente a los de la familia de la fe". Eso está en Gálatas, capítulo 6. Entonces ahí dice que si hacemos bien, a su tiempo segaremos; eso es una promesa.
Sin embargo, si en ti hay juicio condenatorio, también hay una promesa, en forma de advertencia. En Romanos, capítulo 2 —si quieren, vayan ahí—, Romanos 2:1, dice: "Por lo cual no tienes excusa, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues al juzgar a otro, a ti mismo te condenas, porque tú que juzgas practicas las mismas cosas. Sabemos que el juicio de Dios justamente cae sobre los que practican tales cosas. ¿Y piensas esto, oh hombre, tú que condenas a los que practican tales cosas y haces lo mismo, que escaparás del juicio de Dios? ¿O tienes en poco las riquezas de su bondad y tolerancia y paciencia, ignorando que su bondad te guía al arrepentimiento?".
Mis hermanos, yo estoy convencido de que si fuésemos conscientes de la justicia de Dios, de la severidad de la justicia de Dios, y que Dios es recíproco en su juicio, seríamos menos prontos a levantar la espada. Más bien haríamos juicios con su justa proporción; seríamos más justos a la hora de juzgar. Pero ¿estás de acuerdo en que esto no es suficiente? No es suficiente simplemente emitir buenos juicios, juicios justos, sino que también necesitamos un corazón misericordioso.
Juicios misericordiosos
Y ese es mi segundo punto: juicios misericordiosos. ¿Cómo logramos juicios misericordiosos? Dos cosas: considerando nuestro propio pecado, y también considerando el Evangelio y el amor. Considerando nuestro propio pecado, y considerando el Evangelio y el amor. Leamos el verso 3 al 5. Dice: "¿Por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano, y no te das cuenta de la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo puedes decir a tu hermano: 'Déjame sacarte la mota del ojo', cuando la viga está en tu ojo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad para sacar la mota del ojo de tu hermano".
La golfista y el aficionado
Hace unos días vi un video que se hizo viral en internet hace poquito, con todo este tema de las Olimpiadas. Y yo sé que luego tengo ilustraciones de golfistas, y creo que no a muchos les gusta el golf, entonces tengo que cambiarlas. Pero en este video estaba Georgia Ball, que es una golfista profesional de Estados Unidos, miembro de la PGA femenina de golfistas. Y ella estaba en un campo de práctica, estaba practicando su golpe, cuando la cámara en un momento graba algo insólito: un hombre se acerca, le interrumpe en su práctica, y en un principio, con un tono amable, le dice: "Disculpe". La mujer lo ve, y él procede: "Lo que estás haciendo no lo deberías estar haciendo así", refiriéndose a su golpe.
La mujer lo mira un poco sorprendida e incrédula, pero le contesta humildemente: "Okay, estoy cambiando mi swing por el momento". Y el hombre continúa: "Lo sé, pero lo que estás haciendo ahí no lo estás haciendo bien. Tengo 20 años de experiencia jugando al golf; lo que necesitas hacer es…". Y le empieza a dar ahí sus instrucciones de cómo debería hacer esta golfista profesional su golpe, que en ningún momento solicitó la golfista, ¿verdad? Ella solo se limita a decirle "okay", vuelve a su práctica, y hace un tiro largo y tendido. Y el hombre le dice: "¿Ves cómo salió mejor?". La mujer no puede evitar sonreír de asombro por tal atrevimiento del hombre.
Y ella, muy humilde, solo le contesta: "Sí, gracias; lo que pasa es que estoy pasando por un cambio de swing en este momento". No sé si ves el golf: los mejores golfistas del mundo suelen cambiar su swing. Y el hombre la vuelve a interrumpir: "Sé lo que estás diciendo, pero te estoy diciendo que llevo más de 20 años jugando al golf. Hazlo así como te dije. Mira qué bien te salió ahora", atribuyéndose el golpe de la mujer. Y ella no puede evitar sacar una sonrisa callada y responder amablemente: "Sí, gracias por el consejo".
Bueno, imagínense ustedes el revuelo que se hizo en internet por este video. Las críticas hacia este hombre no se hicieron esperar, y los titulares de las noticias decían cosas como: "Insólito: amateur corrige a golfista profesional". Lo que es claro es que el hombre no era un experto en la materia, no estaba en la posición de darle un consejo, y demostró que tenía un concepto demasiado alto de sí mismo, lo que hizo que no pudiera darse cuenta de su propio error.
Una viga atorada en el ojo
Y algo parecido es lo que está pasando aquí. Hay algunas personas que son como este hombre: muy prontas para mirar y criticar los errores de los demás. Y la escena aquí es un poco chusca: imagínate a aquel hombre con un tronco, una viga atorada en el ojo. Es digno de una caricatura; no es algo que vemos comúnmente. Pero Jesús lo está haciendo muy gráfico, como si tuviera un tronco atorado en el ojo. Y aquel tronco no le dejaría ver bien en la delicada tarea de remover la basurita del ojo de su hermano; también sería bastante peligroso. Esto requiere una buena vista, una mirada clara, fija, sin obstáculos de por medio, y también un toquecito delicado que no haga daño.
Así como el hombre con la golfista, que fue bastante tosco, fanfarrón podrías decir, en su corrección, y necio, así el Señor está criticando a aquellos que les encanta emitir críticas toscas y fanfarronas a los demás. El crítico del que habla el Señor viene como el hombre con la golfista, pidiendo permiso: "Aquí, déjame sacar la mota de tu ojo. ¿No sabes que yo tengo 20 años de experiencia en la remoción de motas? Sé cómo superar ese problema que tú tienes". Mientras el hermano en ningún momento le está solicitando ayuda.
¿Deberíamos entonces ofrecer nuestra ayuda a diestra y siniestra por cualquier problema que veamos en nuestros hermanos? Yo no lo creo, hermanos. No todos estamos listos y diestros para la tarea de remoción de motas. ¿Te has topado con aquella persona fanfarrona que cree que puede arreglar tus problemas, corregirte, tratando de enseñarte todo lo que deberías saber y hacer? Él siempre tiene una opinión ante un problema; es muy perspicaz a la hora de ver lo que otros hacen mal.
Quizás los demás tienen que huir de él, porque: "Ay, ahí viene el hermano; más vale que no hable nada, porque sé que me va a corregir". Tal vez tú eres ese hombre. ¿Eres una persona hipercrítica? ¿Te sientes comúnmente en la necesidad de emitir tu sabia opinión cada vez que alguien dice algo que te parece incorrecto? ¿Es realmente necesario? La sabiduría, mis hermanos, nos ayuda a discernir cuáles batallas son dignas de luchar. No debemos estar corrigiendo por doquier a todos y por todo lo que vemos mal.
El triaje doctrinal
De hecho, deberíamos en nuestros juicios más utilizar el triaje doctrinal, o teológico. No sé si has escuchado del triaje: en el término médico, es cuando los médicos evalúan la gravedad de un paciente y lo cotejan contra los recursos que tienen, para ver a quiénes atienden primero. No es lo mismo una persona que llega sin un brazo a una persona que llega con el dedo chueco, como Chema, por ejemplo. Ahí hay que hacer una valoración de los problemas, ¿no? Nosotros deberíamos hacer lo mismo: evaluar las doctrinas en su relación con el Evangelio.
Podemos enfatizar cosas que pueden ser bíblicas, pero las ponemos en un lugar por encima de otras doctrinas que son más vitales, y queremos catequizar a todos en nuestro pensamiento. "Fumar es pecado", diría alguno. Si tú quieres creer eso, no me voy a pelear. No es necesario estar corrigiendo todo error en los hermanos, y a veces muchas cosas se aprenden con el tiempo y la experiencia, mis hermanos, y la paciencia es necesaria aquí. Además, si yo tomo partido en un asunto no esencial y pongo eso como el estándar para todos los demás, eso es ser infiel a la Biblia y al Evangelio.
Si no tenemos las doctrinas primarias, secundarias, en el orden correcto —y para eso nos ayuda la teología sistemática, dicho sea de paso—, si no tenemos esas doctrinas en el orden correcto, primaria, secundaria, nos podemos volver innecesariamente críticos sin darnos cuenta.
Primero la introspección
Pero aquí Jesús está señalando algo más preciso que la simple fanfarronería y una actitud hipercrítica: de hecho, emitir la crítica sin considerarse uno mismo, es decir, la crítica hipócrita. Y el principio que nos está enseñando aquí el Señor es que deberíamos hacer nuestras críticas solamente, y siempre y cuando, hayamos hecho primero una introspección a nuestras propias vidas. Necesitamos ojos que se miren más a sí mismos en lugar de al hermano. Si hiciéramos esto, no nos quedarían más ganas de corregir las pequeñas faltas de los demás.
Y esto está en el verso 3. Ahí no dice "¿por qué criticas?"; dice "¿por qué miras?". El énfasis está en la atención, poner más atención a algo sobre otra cosa: en la acción del ojo de mirar la mota del hermano, y no mirar la viga del propio ojo. Y hay otra cuestión implícita en esa sección de nuestro pasaje, cuando el Señor está hablando de la viga del ojo: tal vez eres de los que dices a los demás qué tienen que hacer, pero tú no lo haces.
Más adelante, en el mismo libro de Mateo, Jesús es enfático y critica fuertemente la hipocresía de los que imponen cargas y ellos no quieren llevar. Dice en Mateo 22, del 1 al 4, dice: "Los escribas y fariseos se han sentado en la cátedra de Moisés" —aquí hay unos teólogos y académicos enseñando acerca de Dios—. "De modo que hagan y observen todo lo que les digan, pero no hagan conforme a sus obras, porque ellos dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas".
El cristianismo no se trata de quién sabe más
Y la verdad, mis hermanos, es que el cristianismo no se trata de quién sabe más. A veces pensamos que el que sabe más es el que sí puede criticar con razón. Y no me malentiendas: no estoy en contra del conocimiento bíblico; es bueno, pero no es lo más importante. ¿Sabes de qué se trata? Se trata de servicio, se trata de obediencia, se trata de amor al prójimo, de lavar los pies; se trata de sacrificio amoroso, no de que me sirvan ni de que me admiren. Se trata de ser hacedores de su Palabra, y no tan solo oidores.
¿Procuras tú, en tu vida, en tu casa, en tu trabajo, en tu escuela —jóvenes—, en tu vida diaria, hacer la voluntad de Dios? ¿Eres diligente en tu trabajo? ¿La gente de fuera, en tu trabajo, puede verte a ti como un servidor, como alguien trabajador, esforzado, diligente? ¿Tu iglesia te ve como alguien dispuesto al servicio? ¿Tu familia? ¿Sirves a tu esposa, a tus hijos? ¿Compartes el Evangelio en tu trabajo, o solo aquí los domingos, para que te vean que sabes mucho? Medita en tu corazón en estas cosas. Si no lo haces, ¿qué estás haciendo tratando de corregir a los demás? Puedes tener la verdad en la mente, conocer mucho de Dios, pero ¿cómo eso ha afectado tu vida, tu servicio, tu obediencia?
Quizás aquel que criticas por su falta de entendimiento, de comprensión bíblica, que a tus ojos es un gran pecador porque él sí tiene problemas matrimoniales, tú no; a lo mejor él está divorciado, o divorciada, y tú no; a lo mejor tiene hijos inquietos, tú no; y te parece que es una persona a lo mejor emocional, sencilla, imprudente… quizás es el hermano o hermana que siempre está dispuesto a servir. Y él toma con gusto el lugar que tú no tomarías; ni siquiera te pasa por la mente tomar ese lugar de pararse temprano en la mañana, cuando hay escuelita bíblica, a las 4 de la mañana, a hacer comida para los niños. ¿Alguna vez has pensado en eso? Pues hay hermanos que se paran a esa hora y se ponen a hacer comida para la escuelita de los niños. Entonces, cuando se trata de criticar, ahí sí es necesario que esté yo, ahí yo estoy puntual.
Y esto lo digo, mis hermanos, para que entre a nuestros oídos, y a mis oídos también: "El que quiera ser el más grande entre nosotros, el que quiera ser el primero, será el siervo y el servidor de todos", dice el Señor. He aquí la verdadera grandeza. Generalmente, una persona que se caracteriza por la crítica es una persona que carece de gracia, muchas veces en esa misma área en que está criticando a otros; a veces gran pecado se esconde detrás. Y esta es una persona que no se conoce a sí misma.
Dones distintos para cada miembro
Y, por otra parte, quizás eres de los que critica al hermano que no hace lo que tú sí haces. Orgullo, ¿no? Un poco de fariseísmo ahí también. Y esto es muy común: juzgar a los demás bajo nuestro estándar, y no bajo el estándar de Dios. El hermano, la hermana, que no sirve como tú, que no enseña como tú, que no evangeliza como tú, que no contribuye a las actividades de la iglesia como tú. Nada más te falta decir: "Te doy gracias, Señor, porque no soy como este hombre".
¿No has entendido tú que Dios dio dones distintos a cada uno de sus miembros? Eso es lo que dice la Palabra; lo hemos visto en Corintios. No esperes que tu hermano sea como tú. Estás quejándote no de tu hermano, sino de Dios, que le dio dones particulares a tu hermano que no son tus dones. Incluso aquel hermano o hermana teniendo el mismo rol que tú en la iglesia: no debes pensar que son dones que se ven exactamente igual. ¿No es esta diversidad, mis hermanos, lo que nos da riqueza y lo que le da belleza al cuerpo de Cristo? Si piensas aun así que tu hermano o hermana es digno de crítica, considera que tú puedes ser digno de crítica también, en otras áreas que tu hermano sí hace y tú no.
Entonces, una actitud fanfarrona, hipócrita —que es hipócrita porque no se considera a sí mismo primero—, que se ve a sí misma como superior a otros, es lo que está atacando el Señor aquí, condenando el Señor. No hay otra cosa que irrite más al Señor que la hipocresía. Si no haces estas cosas, ¿cómo te atreves a juzgar a tu hermano? Él tendrá una mota, pero tú tienes una viga. ¡Hipócrita! Saca primero la viga, que está hinchada de orgullo; dirige tu mirada en condenación a ti mismo antes de que Dios lo haga contra ti, y limpia lo que está dentro primero. Entonces verás bien, y con claridad, para sacar la mota de tu hermano. Ese es mi tercer punto. Perdón, sigo con el mismo punto: ¿cómo hacemos juicios misericordiosos? No solo considerándonos a nosotros mismos, sino considerando el Evangelio y el amor al prójimo.
Un bisturí, no una espada
Fíjate aquí, en el verso 5: el Señor no está diciendo que no debemos sacar las motas; al contrario, debemos hacerlo. Dice: "Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad" ¿para qué? "Para sacar la mota del ojo de tu hermano". Después de haber hecho lo primero, una introspección, entonces podemos y debemos sacar la mota del ojo del hermano. Es el deber del médico operar a su paciente, y lo va a poner en una situación incómoda, para recibir una intervención en su cuerpo que va a ser dolorosa, a lo mejor; pero el propósito es sanar.
El doctor no viene con el paciente y dice: "Tú sabes… perdón, tú no sabes hacer esto; hazte a un lado y déjame hacerlo". ¿Yo me operaría con un doctor así? Si es una operación delicada, yo esperaría que el doctor tuviera una genuina, genuina preocupación por mí: me va a meter cuchillo. La Palabra de Dios aquí no debe ser usada como una espada; es más un bisturí, un bisturí. Somos cirujanos espirituales: con cuidado, delicadeza, capa por capa, con las herramientas del Evangelio, de la gracia y misericordia divinas, va cortando, ¿se entiende? Sacar una pequeña astilla del ojo requiere una acción delicada, cuidadosa, una preocupación genuina. Esta debería ser una regla para todo el que quiera ser consejero bíblico.
Las gafas del Evangelio
Deberíamos ir más allá de la falta, y ver a otros desde la perspectiva de Dios en Cristo; ponernos nuestras gafas de doctor para ver una perspectiva en particular. ¿Cuál es esa perspectiva? La perspectiva de la cruz: tomando en cuenta el sacrificio eficiente, efectivo, suficiente, que Cristo ha hecho, cuando hacemos un juicio a nuestro hermano y hermana. Mira lo que dice Hebreos 10:10. Dice: "Por una ofrenda" —por una ofrenda; ahí hace referencia al sacrificio de Cristo— "Él ha hecho", ¿qué dice?, "perfectos para siempre a los que son santificados".
Dice aquí: "hechos perfectos". Tu hermana, tu hermano, es perfecto en Cristo por su fe. No necesita hacer mejores cosas para ser agradable a Dios, para ganarse su favor. Pero ¿necesita él hacer cosas para ganarse tu favor? Es verdad, necesita ser santificado en la práctica, y por eso es un deber la remoción de motas. Pero Dios lo ama perfectamente, y con esa perspectiva tú puedes ser un instrumento de gracia y de misericordia que le dice al hermano y a la hermana: "Hermano, hermano, Dios te ha hecho perfecto en Cristo. Él te ama y te acepta por tu fe en Él; ahora debes buscar lo que ya eres en Él". Al emitir juicios estamos con estos lentes del Evangelio, estamos amando a nuestro hermano, a nuestra hermana.
Entonces, ¿cómo hacemos juicios misericordiosos? Y aquí sí quiero que me acompañen a Gálatas 6:1-3, porque es como un resumen de lo que ya he explicado. Gálatas 6:1-3. ¿Ya están ahí? La regla se resume en esto, cómo hacemos juicios misericordiosos. Dice: "Hermanos, si aun alguien es sorprendido en alguna falta, ustedes que son espirituales" —¿ves cómo Pablo está apelando a cierto tipo de creyentes, a los creyentes que son espirituales, o que tienen estas gafas del Evangelio?— "restauren con un espíritu de mansedumbre" —amor—, "cuidado, mirándote a ti mismo" —introspección—, "no sea que tú también seas tentado. Lleven los unos las cargas de los otros, y cumplan así la ley de Cristo" —ahí está el Evangelio—. "Pero si alguien se cree que es algo, no siendo nada, se engaña a sí mismo". Ahí están los que hacen juicio sintiéndose superiores al hermano: a sí mismo se engaña.
Juicios sabios
Jesús no solo está enseñando que debemos hacer juicios justos, misericordiosos, sino que también debemos hacer juicios sabios. Juicios sabios, y este es mi tercer punto, mi último punto. ¿Cómo hacemos juicios sabios? Considerando el valor inestimable de los tesoros espirituales. Considerando el valor inestimable de los tesoros espirituales. Leamos el verso 6 de Mateo: "No den lo santo a los perros, ni echen sus perlas delante de los cerdos, no sea que las huellen con sus patas, y volviéndose los despedacen a ustedes".
Entonces, como les dije en un principio, hay un contraste entre lo que el Señor venía hablando acerca del hermano que tiene una mota en el ojo, y aquí hace un cambio y habla de otros, catalogados como perros y cerdos. Ahora, si te gustan estos animales, hay que entender un poco el contexto. En la época de Jesús, los cerdos eran animales impuros, y los perros no eran mascotas: eran animales salvajes y carroñeros. Ahí la gente no tenía un perrito bonito en sus casas; eran perros callejeros, salvajes, que despedazaban, que eran carroñeros. Entonces ese es un punto importante, ¿no?
En segundo lugar, Jesús no está hablando de incrédulos en general. Las características que tienen estos animales que Jesús está citando aquí son muy particulares: ellos desprecian y ellos despedazan. Entonces nos habla de aquellos que son antagónicos a la sabiduría de Dios, al Evangelio. En tercer lugar, Jesús está enseñando el valor de la sabiduría espiritual: la compara con perlas de gran valor, y también como algo santo, o separado de este mundo.
Y el pasaje podría interpretarse entonces algo así: si consideras tus críticas como perlas de sabiduría y las arrojas a aquellos que son cerdos y perros, los cerdos pisotearán tu sabiduría, y los perros se volverán contra ti y te destrozarán. Los cerdos son aquellos que desprecian la sabiduría de Dios, como ya dije, porque está implícito en el hecho de pisotear las perlas. Y los cerdos son aquellos que incluso llegan a burlarse, atacar, e incluso blasfemar. Se necesita sabiduría en cómo obrar cuando vemos este tipo de oposición. No es lo mismo que alguien esté argumentando contigo para entender, para dialogar, a alguien que ataca y que desprecia.
Sacudan el polvo de sus pies
Hay situaciones donde ya no es correcta nuestra ayuda, donde no es buena la insistencia de nuestra parte. En los evangelios lo vemos: Jesús, en ciertas ocasiones, retenía su enseñanza para personas hostiles; no hablaba mucho con ellos. Y también vemos su enseñanza en Mateo 10:9-15, a la hora de compartir el Evangelio. Dice: "En cualquier aldea o ciudad donde entren, averigüen quién es digno en ella" —es Mateo 10, 9 al 15— "y quédense allí hasta que se marchen. Al entrar en la casa" —cómo llegan los discípulos— "denle un saludo de paz. Y si la casa es digna, que su saludo de paz venga sobre ella; pero si no es digna" —¿ves cómo está haciendo el Señor un juicio aquí?—, "si no es digna, que su saludo de paz se vuelva a ustedes. Cualquiera que no los reciba ni oiga sus palabras, al salir de esa casa y de esa ciudad, sacudan el polvo de sus pies" —en señal de la indignidad de esas personas, ¿entiendes?—. "En verdad les digo que en el día del juicio será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y Gomorra que para esa ciudad".
Una vez recuerdo escuchar a un vendedor que estaba vendiendo algún producto. Habíamos varias personas conectadas en el Zoom para escuchar lo que tenía que ofrecer, y después de dar una introducción elocuente de su producto, de repente dijo: "Ahora voy a dar unos minutos para que las personas que no estén interesadas, por favor, se vayan a jugar con sus hijos, o a hacer lo que tengan que hacer; no nos quiten nuestro valioso tiempo". El hombre sabía el valor de aquello que estaba vendiendo, ¿no es verdad? A lo mejor es una estrategia de mercadotecnia, pero mi punto es que él estaba presentando su producto como algo valioso. Eso le dio confianza de pedir que cualquiera que no estuviera interesado se fuera de la reunión. No estaba tratando de retener a nadie; su producto era valioso por sí mismo.
Ahora, nosotros sabemos que no somos vendedores, pero, similar a este vendedor, nosotros tenemos algo valioso: un tesoro, unas perlas preciosas. Y no hay que… perdón, no hay que pasar de vista que el contexto aquí es la remoción de motas a través de instrumentos espirituales. Y ante la pregunta de Jesús, después de ver que muchos lo abandonaban al oír sus palabras, Él mismo les pregunta a sus discípulos: "¿Quieren irse también ustedes?". Pedro le contesta: "¿A quién iremos, Señor? Tú tienes palabras de vida eterna". Se nos llama a hacer un juicio del tipo de personas a quienes compartimos; no solo del tipo de persona, sino también a reconocer el valor de la sabiduría de Dios, el valor de las perlas espirituales del Evangelio de salvación. Son perlas que el mundo muchas veces desprecia. Pero ¿le darías tus perlas de gran valor a cualquier persona que no las aprecia? Y hay algo que aclarar aquí: muchas veces nosotros no tenemos la capacidad, como Jesús, de saber quiénes son cerdos y perros, ¿no es verdad?, porque no vemos corazones. Y por esta razón debemos empezar a ofrecer la paz, las perlas de sabiduría, y, como dice el pasaje que leímos, dar el saludo de paz. Por ejemplo, al reprender a un hermano de acuerdo a Mateo 18, que es la regla: cuando un hermano peca contra ti, primeramente ve tú con él solo. Ahí está, puedes leerlo, Mateo 18.
No sabemos si ese hermano se va a arrepentir de sus pecados, o va a endurecer su corazón. De hecho, el pasaje siempre está hablando de "si tu hermano…", "hermano": tú tienes que ir con la actitud de que ese es un hermano, y tú vas con la actitud de restaurarlo, porque dice: "si te escucha, has ganado a tu hermano". Ese es el propósito: ganar a tu hermano; no desecharlo, no condenarlo, ganar al hermano. Pero cuando el hermano, o cuando esta persona, insiste en su rechazo de la sabiduría de Dios y el Evangelio, llega a un punto, en el proceso de disciplina bíblica de acuerdo a Mateo 18 —no de acuerdo a mis palabras—, en que debemos considerarlo como un gentil y un publicano, es decir, un no cristiano, un no creyente verdadero.
Hacemos un juicio aquí que es necesario, porque él no forma parte de la familia de Dios; no podemos mirarle ni tratarle como un hermano. Entonces ahí hay un juicio que se nos manda hacer a nosotros como iglesia. Entonces, el discernir a los que oyen, y darnos cuenta de que algunos se oponen; y al ver esa oposición clara, directa, debemos a veces guardar silencio, no ser imprudentes y abaratar lo que Dios nos ha dado, que es precioso. Me pregunto: ¿dejarías a tu esposa sola con alguien que ha hablado impíamente de ella? ¿Lo harías? Pues ciertamente no. La sabiduría de Dios es tan preciosa que no debemos lanzarla a los cerdos. ¿Se entiende el punto del Señor aquí?
Conclusión: ¿qué hay de mí?
A manera de conclusión, entonces, de toda la enseñanza: un juicio justo no condena sin medida; un juicio misericordioso edifica con gracia; y un juicio sabio preserva lo valioso para quienes lo aprecian. Pero si hay alguien que se pregunta aquí, a lo mejor: "¿Qué hay de mí, Arturo? Yo sé que he cometido este pecado, el juzgar a otros sin misericordia, sin verme a mí mismo, sin sabiduría. ¿Qué hay de mí? ¿Tengo una esperanza, o Dios me va a juzgar de acuerdo a como yo he emitido juicios?".
La historia de David Brainerd
Creo que debes conocer la historia de un misionero llamado David Brainerd. Él nació en 1718; enfrentó la pérdida de sus padres a temprana edad. A los 20 años decidió seguir el ministerio, y entró a estudiar a la Universidad de Yale, y ahí no tardó en mostrar su celo y temperamento desenfrenado. Llegó a manifestar lo que él llamaba un celo partidista, que lo llevó a tener una actitud divisiva y de juicio. En una ocasión, mientras estaba en una reunión privada con uno de sus compañeros, criticó sin cuidado a uno de sus profesores de la universidad, y dijo: "Ah, ese profesor no tiene más gracia que la silla en donde estoy sentado", posiblemente en referencia a lo que él consideraba una falta de piedad y devoción.
Un compañero que lo escuchó de casualidad lo acusó con las autoridades de la universidad, lo que resultó en el castigo de su expulsión. Ese golpe para David Brainerd fue devastador, porque en ese tiempo, sin un título de una universidad como Yale, o Cambridge, o alguna universidad europea, uno no podía ser ordenado como ministro. Al menos en dos ocasiones él intentó pedir perdón para poder regresar a sus estudios, pero las autoridades no se lo permitieron, por… ¿cómo se dice?, por… se me fue la palabra… la… por Dios, o sea, porque Dios de alguna manera… ¿no? Providencia. Providencia, gracias, gracias, hermano.
Este hecho, y la falta de humildad y gracia en David Brainerd, lo hizo reflexionar profundamente, y él expresa esas reflexiones en su diario. Apenas dos meses antes de pedir perdón, él escribe, un 8 de abril, lo siguiente. Dice: "Me sentí bajo mucha presión debido a que era consciente de mi orgullo, egoísmo, amargura y espíritu partidista en el pasado, mientras trataba de promocionar la causa de Dios. Mi naturaleza vil y sus terribles consecuencias me parecían tan odiosas que mi corazón me dolía, y cómo las pobres almas se tropezaban contra ello para acabar en la destrucción eterna. Y me sentí, por tanto, obligado a orar en la amargura de mi alma: Dios mío, líbrame de derramar sangre". Él veía sus críticas como asesinato.
"Me sentí en ese momento como en el desierto del infierno; mi alma estaba llena de angustia y de vergüenza ante Dios, por haber pasado tanto tiempo hablando solo para promover un espíritu partidista. Vi que no había valorado de manera adecuada la mortificación, el sacrificio y la entrega en todas las adversidades, la mansedumbre, el amor, la franqueza y la santidad de corazón. Pasé casi todo el día reflexionando con amargura y angustia sobre mis estados de ánimo y mi conducta anteriores". El 12 de abril de ese mismo año él escribe: "Me sentí oprimido por el dolor y la vergüenza cuando reflexioné acerca de mi conducta en el pasado, mi amargura y mi celo partidista. Me avergonzaba que un miserable como yo hubiese alguna vez predicado; anhelaba no tener más que realizar esta labor".
A pesar de su expulsión, algunos hombres piadosos, pastores como el pastor Ebenezer Pemberton y Jonathan Dickinson, vieron en Brainerd una fe sincera, y lo animaron a seguir adelante con el ministerio misionero. Por eso digo que es algo también providencial, de manera que pudo trabajar entre los indios americanos. Pero sus pecados pesaban en su corazón. Dice el primero de mayo, un mes después, en ese mismo año, dice: "Sería vergonzoso estar ante las personas más salvajes de la tierra" —en referencia a los indios americanos—, "ya que era más vil y terriblemente más ignorante que ellas. Tengo que pagar por los pecados de mi juventud".
Un mes antes de hacer uno de sus intentos de perdón, él escribe, el 10 de mayo del mismo año: "Con cuánto orgullo, egoísmo, hipocresía, ignorancia, amargura" —se le acabaron los adjetivos—, "celo partidista, he tratado de promover la religión y la virtud; y con cuánta necesidad tengo de hacerlo con amor, franqueza, mansedumbre y gentileza. He de recordar que tengo razones para esperar que Dios me ayude, en verdad, al estar comunicado con el cielo". Ahí vemos la esperanza de David Brainerd.
Y después de esta experiencia, y de seguir el llamado misionero, fue conocido por su extraordinaria y abnegada entrega, además de su profunda humildad. Fue un ejemplo de su pasión por Dios y de amor por los pecadores; amó profundamente a las personas a las que predicaba. De hecho, hay testimonios de indios que se convirtieron, que daban testimonio del amor de David Brainerd por ellos. Que en un punto Jonathan Edwards estaba en su casa, y David Brainerd murió ahí, en su lecho de muerte; fue en la casa de Jonathan Edwards. Y Jonathan invitó a su familia para hablar de lo que David Brainerd había hecho en el campo misionero, y él dio un relato muy emocional de su amor por los indios, que todos empezaron a llorar en la sala.
Una vida que trae perdón
Sus amigos, que le animaron y no se enfocaron en sus fallas sino en la gracia de Dios, serían sin duda instrumentos de Dios para que él siguiera el ministerio misionero, que impactaría el mundo profundamente, de las comunidades de indios americanos; inspiraría a otros misioneros a salir a las misiones quizá como nunca nadie lo ha hecho en la historia moderna de las misiones. Y este era un hombre que era un crítico, alguien que pensaba mal de los demás, y Dios lo transformó. La gracia de Dios se manifestó en él.
Y su vida es un recordatorio para ti y para mí de cómo podemos ser perdonados, restaurados, para tener una vida que no termina como la vida del doctor Liston, con un don extraordinario para sanar, pero famoso por causar el mayor daño; sino como una vida que trae perdón, redención, gracia a otros, para la gloria de Dios. También su vida es un recordatorio de la importancia de extender a otros esa misericordia, paciencia, gracia, en sus propias luchas con el pecado. ¿Por qué? Porque Dios ha extendido en nosotros su misericordia, su paciencia y su gracia para nosotros. Que Dios los bendiga.
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