La iglesia como reflejo de la unión con Cristo
Transcripción
Introducción
¿Se escucha? Sí, sí. Gracias, hermanos. Buenas tardes, y nuevamente, pues sí, efectivamente, con el privilegio que tenemos todos de escuchar la Palabra de Dios. Vivimos en una época en la que tenemos precisamente ese privilegio de tener todo el consejo de Dios expresado en un libro, un libro que es sagrado para nosotros porque es un libro que fue inspirado por el propio Espíritu Santo. Los autores que vemos de este libro son personajes escogidos precisamente por el Señor para que nosotros podamos escuchar Su Palabra.
Y el tema que a mí me toca es la unidad: cómo refleja la iglesia esa unidad en Cristo. Y el pasaje es el capítulo 17 del libro de Juan, versículos 20 al 23. Y es una serie que hemos venido estudiando: empezó nuestro hermano Jonathan con qué es la iglesia, nuestro hermano Arturo, que nos habló del gozo, y nuestro hermano Rodrigo, que nos habló de la santidad, ese proceso en el cual nos encontramos cada uno de nosotros hasta que el día, el último día de nuestras vidas en esta tierra culmine y podamos estar en la presencia de Dios.
¿De qué hablamos cuando hablamos de la unidad aquí, en este caso, en los versículos que voy a leer? Juan está plasmando cómo nuestro Señor Jesucristo oró por los discípulos que estaban ahí presentes, que estaban ya formando parte de Su grupo cercano, pero también por aquellos que iban a creer. El propio Señor Jesucristo oró por sí mismo, se encomendó al Padre; en este acto de humildad, Él mismo estaba dependiendo de Dios. Y asimismo Él está encomendando a todos nosotros para que dependamos de Él. Eso es lo que el apóstol Juan quería plasmar aquí: el modelo a seguir es Cristo, y nosotros debemos de seguir ese modelo. Y así como Él se sometió voluntariamente al Padre, nosotros debemos también someter nuestras voluntades a nuestro Dios, Jesucristo.
Lectura del pasaje y oración
Y bueno, pues vamos a empezar a leer el pasaje, Juan 17:20-23, y dice: "Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado". Amén.
Vamos a orar. Bendito Padre, Señor, te doy gracias, Señor, por esta oportunidad que tienes Tú, Señor, para que me ayudes a compartir este mensaje, Señor, con mis hermanos. Que sea Tu consejo, Señor, el que brille, Señor; que sean Tus palabras las que sean exaltadas, Señor. Tú sabes, Señor, que yo soy el menos digno, Señor, y el menos adecuado para compartir Tu Palabra, Señor. Úsame, Señor, y que sea Tu Santo Espíritu el que guíe esta predicación. Te doy gracias en el nombre de nuestro Señor Jesús. Amén.
Jesús prepara a Sus discípulos
Muy bien. Entonces, pues aquí el apóstol Juan está relatando en este momento que es una oración que está culminando, después de que Jesús llevaba un tiempo ya preparando a Sus discípulos para lo que venía. Jesús, omnisciente, eterno, Él sabía exactamente lo que iba a suceder y cuál era la persecución que venía sobre aquellos que hoy lo seguían. Ellos estaban viendo los milagros, estaban viendo que ya había conflictos de parte de los fariseos, de los saduceos, de los romanos, que no estaban completamente de acuerdo con lo que Él estaba predicando. Jesús se estaba llamando el Hijo de Dios, y lo era. Jesús estaba proclamando que Él era el Mesías y que Él es el Salvador, y que Él venía a destruir el reino de este mundo para establecer el Suyo.
Esto a los romanos no era una palabra agradable, porque finalmente debemos de entender y recordar que el emperador romano era considerado dios en la tierra. Los saduceos estaban esperando precisamente la venida de ese Mesías; igual que los fariseos, estaban esperando que alguien viniera a salvarlos de esa opresión, de esa esclavitud; que estaban sometidos a un Imperio romano. Ellos querían ser liberados en esta tierra del poder de la opresión del gobierno en ese momento. Sin embargo, Jesús estaba hablando diferente; estaba diciéndoles: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". Y eso es lo que Él les estaba enseñando que tenían que proclamar: que Él era necesario, que Él fuera entregado y que muriera por el perdón de nuestros pecados.
Los apóstoles en ese entonces apenas eran Sus discípulos; no entendían de lo que estaba hablando. Lo hemos visto en el libro de Marcos: no entendían completamente de qué estaban hablando. ¿Cómo es posible que ese Salvador se iba a ir, y va a ser entregado, y va a morir, cuando en realidad lo que tenía que hacer era vencer al reino en ese entonces? Pero a partir de los milagros que Él venía haciendo, Jesús sabía que tenía que preparar a cada uno de ellos, y parte de la preparación era orar por ellos, rogar al Padre por ellos. Porque a partir de ese momento en que Él fue entregado y que Él fuera a morir por esa cruz, todos Sus discípulos y todos aquellos que creyeran en Él iban a estar juntamente crucificados con Él, así como Jesús estaba unido al Padre.
El ruego de Jesús por los Suyos
Y vemos aquí, en el pasaje que estamos leyendo, que dice: "Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer". En principio, Él estaba enfocando Su ruego en aquellos discípulos que iban a salir a proclamar el evangelio en un lugar completamente hostil. Él sabía que necesitaban del poder sobrenatural de Dios para poder enfrentar con valentía lo que venía por delante. Seguramente los discípulos mismos, cuando vieron a Jesús muriendo en esa cruz —un castigo sumamente vergonzoso, un castigo que era dado a los peores criminales—… sin embargo, ellos habían visto a su Maestro. Ellos habían visto a este hombre que no pecó, a este hombre que hacía milagros, que hablaba con misericordia, que hablaba con autoridad. Estaban viendo cómo injustamente había sido condenado a morir en una cruz; cuando tuvo la oportunidad de defenderse, no lo hizo, calló.
Sin embargo, lo que ellos no sabían es que ese pacto de redención, que era para la salvación de nosotros, había sido hecho desde la eternidad. Nosotros, como cristianos, creemos en un Dios trino: un Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. No tres dioses, sino un solo Dios de tres personas. Eso es algo que es difícil de entender y que la mayoría de los teólogos siguen discutiendo sobre eso. ¿Cómo es, cómo pasa? Solo la infinidad de Dios y la eternidad de Dios lo pueden comprender. Nosotros, en una mente finita, creo que jamás lo podríamos entender, pero lo creemos, porque la fe del cristiano se trata de eso: de creer.
Muchas veces hay cosas que debemos de asumir y que debemos de seguir por fe, porque somos llamados precisamente a la fe. El mismo sacrificio de Cristo es algo que nosotros no podemos entender completamente, pero es algo que finalmente produce en nosotros un cambio, una transformación en nuestros corazones, para entregar nuestra vida y confianza a Jesucristo. Y eso es finalmente el ruego de Jesús: es decirle, "Así como Tú y yo estamos unidos, así te estoy pidiendo por ellos, para que ellos estén unidos a mí".
Y que puedan cumplir la misión que tienen ellos en la tierra. Jesús vino a cumplir una misión: vino a morir por nuestros pecados, se entregó en una cruz para el perdón de nuestros pecados, venció la muerte, venció a Satanás. Y el Espíritu Santo a nosotros nos ha hecho creer en esta verdad, asumirla y hacer que nuestra vida cambie, que nuestros más preciados anhelos sean considerados basura, para que creamos que solo Cristo es suficiente en nuestra vida. Y finalmente esta transformación se ve reflejada en cada uno de nosotros a través del Espíritu Santo.
La obra del Espíritu Santo en nosotros
Nosotros no podríamos comprender toda la implicación que tiene el evangelio si el Espíritu Santo no estuviera morando en nosotros. Nosotros no podríamos ni siquiera creer en Jesús y en Su sacrificio si el Espíritu Santo no estuviera morando en nosotros. Cada uno de nosotros, de los que somos miembros de esta iglesia y de los que hemos creído en Jesús y creemos que Su sacrificio es suficiente para el perdón de nuestros pecados, estamos siendo movidos por el Espíritu Santo. Nuestras obras no son obras nuestras, sino que son obras del Espíritu Santo. Vamos en un camino a la santidad a través del Espíritu Santo.
Cristo es la mira y es el objetivo: parecernos a Cristo. Este es nuestro estándar de vida. Y si conocemos a Cristo, podemos decir que conocemos al Padre; así es como funciona. Cuando Cristo habitó en la tierra, todos los que estaban ahí estaban viendo a Dios mismo, estaban viendo al Dios encarnado, este Dios que se hizo hombre. Porque nadie podía sustituirnos en la condena que nosotros merecíamos si no era otro hombre; la ley que en ese momento nos condenaba, porque no podíamos cumplirla, la ley de Dios que nosotros habíamos roto. Solo otro hombre que pudiera ser perfecto, sin pecado y sin mancha, podía ser entregado y sustituido por nosotros: un hombre completamente hombre, pero que nunca perdió Su divinidad.
La unión rota en la cruz
Esa es la unión que Cristo tenía con el Padre, y es una unión que permanece y que permanecerá eternamente. Esa unión nunca se rompió… Bueno, sí se rompió. Hubo un momento específico en el que esa unidad entre el Padre y Cristo se rompió: es cuando estaba siendo clavado en la cruz y dijo: "La obra está consumada; todo está hecho, Padre. ¿Por qué me has abandonado?". En ese momento Cristo estaba recibiendo todo el castigo de Dios, estaba recibiendo toda la ira de Dios, todo el dolor que representa una muerte espiritual, una separación completa de Dios. Y Jesús… eso, hermanos, jamás lo vamos a experimentar nosotros. Jamás lo vamos a experimentar, porque Cristo lo pagó por nosotros.
Ese es el castigo que nosotros merecíamos: la muerte eterna, la separación completa de Dios. Pero Cristo decidió venir al mundo en obediencia al Padre para cumplir la misión de que nosotros fuéramos perdonados por nuestros pecados: separación de Dios con Jesús por amor a nosotros. Ese castigo… a pesar de que podamos imaginar lo doloroso que podría ser estar clavado en una cruz, todo lo doloroso que podría ser ser clavado con una lanza y coronado con una corona de espinas, 39 latigazos; lo que podamos imaginar no se puede comparar con recibir todo el castigo de la ira de Dios en nosotros, castigo eterno. Pero Cristo, al ser el Cordero de Dios sin mancha, pudo satisfacer la ira de Dios.
Dios no fue indiferente al pecado: castigó a Su Hijo por nosotros. Pero Cristo nos amó de tal manera que sacrificó Su vida, que sacrificó Su divinidad en ese momento, para estar separado por un instante y que nosotros pudiéramos reconciliarnos con Dios eternamente. Si nosotros creemos que esto sucedió, que Cristo murió por nuestros pecados, nosotros somos hoy esa unión con Cristo, para estar unidos con el Padre y con el Santo Espíritu, que es el que guía nuestras vidas. Y podemos estar completamente seguros de que eso permanecerá hasta el último día de nuestras vidas y trascenderá hasta la eternidad. Cada uno de nosotros somos templo de ese Espíritu Santo; cada uno de nosotros somos beneficiados por esa muerte de cruz.
Pero no quedó ahí, sino que Cristo precisamente resucitó de los muertos, para subir en gloria: estar 40 días entre nosotros, estar 40 días entre Sus discípulos, continuar enseñándolos, para finalmente subir y estar hoy recobrando la gloria que desde la eternidad pasada tenía. Cristo hoy está juntamente con Dios, igual que Su Santo Espíritu; son uno solo: un solo Dios, tres personas, pero un solo Dios.
Salvados para un propósito
Al entender finalmente cuál fue el castigo que nosotros merecíamos y que no pagamos, pues podemos entender también esa gran responsabilidad que tenemos hoy en día. Y podemos entender que finalmente estamos llamados a algún propósito. No fuimos salvados únicamente para que nosotros pudiéramos continuar con nuestra vida y decir: "Bueno, pues sí, Señor, gracias por morir por mí en la cruz, gracias por pagar mis pecados", y nada ha pasado: "Sigo con mi vida tal cual como cuando aún era Tu enemigo; sí, hoy soy Tu hijo, pero eso no transforma nada". Tenemos una gran responsabilidad, porque ya somos hijos de Dios. Somos hijos adoptivos de Dios precisamente por ese sacrificio que Jesús hizo cuando nosotros aún éramos Sus enemigos.
Cuando nosotros realmente no estábamos interesados en Dios, Dios nos llamó al arrepentimiento. El Espíritu de Dios puso reflexión en nosotros y nos dimos cuenta de nuestra situación de pecadores, y de que el único mediador era Cristo, el único que podía pagar por nosotros en esa cruz era Cristo. Si nosotros no aceptábamos ese sacrificio como el único medio para el perdón de nuestros pecados, finalmente seguimos siendo enemigos de Dios. Pero si nosotros ya aceptamos ese mediador, ese sacrificio, como lo único que nos puede llevar a la salvación, ténganlo por seguro que son hijos de Dios. Pero como hijos, si bien es cierto que somos herederos de un reino, también somos herederos de muchas bendiciones, también somos herederos de una gran responsabilidad.
¿Cuál es nuestra misión en este mundo? ¿Cuál es nuestra misión en esta vida? Nuestra misión en esta vida no es otra que darle honra y gloria a Dios, proclamar Sus verdades y proclamar Su evangelio, no solo aquí, sino hoy en todas las naciones. Somos colaboradores de la verdad del evangelio, y para eso tenemos que entender muy bien qué es el evangelio. La iglesia es el reflejo del evangelio, es el resultado del evangelio. Nosotros hoy estamos reunidos aquí precisamente por eso: por el evangelio, por las buenas noticias de que hemos sido salvados por la gracia de Jesús.
Nosotros no merecíamos ser salvados, no merecíamos que Cristo muriera por nosotros; sin embargo, Dios, en Su infinita misericordia y en Su infinita justicia, perfecta y santa, decidió que nosotros fuéramos salvados por Su Hijo. Y a eso estamos llamados: a proclamar esta verdad, a defender esta verdad, así nos cueste la vida. Tenemos muchos afectos en este mundo, pero ningún afecto que tengamos puede ser mayor al de la persona de Jesucristo. Nosotros tenemos que amar a Cristo como Él mismo nos ha amado, de esa manera sacrificial. Cristo nos amó de tal manera y entregó Su vida, y eso tiene que quedar claro en nosotros, y lo mínimo que podemos hacer nosotros es entregar nuestra vida en respuesta a ese sacrificio que nosotros no merecíamos.
Tenemos que ser movidos a servir como Él nos sirvió, sacrificialmente. ¿Cómo refleja hoy la iglesia esas verdades del evangelio? Bueno, precisamente amándonos unos a otros como Cristo nos ha amado: amando, los que estamos casados, a nuestras esposas con ese amor sacrificial, como Cristo amó a la iglesia; amando a nuestros hermanos más que a nosotros y amando aun a nuestros enemigos. ¿Cómo amaremos a nuestros amigos, a nuestros enemigos? Proclamándoles esto, el evangelio: que hay esperanza en Cristo para el perdón de sus pecados. ¿Cómo amaremos a nuestros hermanos? Alegrándonos con ellos en sus alegrías, llorando con ellos en sus tristezas, luchando con ellos en sus pecados, discipulando a los menores, discipulándonos unos a otros, rindiendo cuentas unos a otros. Porque el único objetivo que tenemos es darle honra y gloria a Dios. No se trata de nosotros mismos; se trata de poner cada uno de nuestros dones al servicio de Dios y la expansión de Su reino.
No estamos en un lugar en el que nosotros podamos privilegiar lo que nosotros queremos sobre la voluntad del Padre. Y la voluntad de Dios es que cada día haya más, que sumemos a todos los que han de ser llamados para la proclamación de Su reino, que algún día todos podamos estar en el cielo gozándonos y viviendo la gloria de Dios en toda Su expresión.
¿Por qué todavía hay división?
Hoy podemos experimentar y podemos pensar: si esta oración la hizo Dios mismo, y si esta oración fue tan poderosa y ese ruego fue tan omnipotente, ¿por qué finalmente la iglesia experimenta división? ¿Por qué finalmente vemos hermanos siendo egoístas? ¿Por qué finalmente vemos tristeza en nuestros corazones? ¿Por qué vemos pecado en nuestros corazones? Hermanos, hoy en nuestras participaciones lo escuchamos: seguimos viviendo en este cuerpo corrupto, este cuerpo de carne. Pero a pesar de eso, y a pesar de que hay pecado todavía entre nosotros, estamos llamados a la santidad. Y ese llamado a la santidad no se trata de lo que nosotros podamos hacer, ni de nuestra buena voluntad, ni de nuestra fuerza, ni de nuestro talento, sino de la gracia de Jesús.
Si nosotros no dejamos que la gracia de Dios empiece a fluir en nuestras vidas, vamos a seguir luchando y golpeándonos contra la pared y dándonos latigazos en nuestras espaldas sin éxito alguno. El único que tiene el poder de transformar nuestras vidas es Jesucristo. Cuando finalmente estemos experimentando egoísmo en nuestra vida, tristeza, amargura y cualquier otra cosa que impida ese proceso de santidad, tenemos que recordar que nuestra esperanza está en Jesús, que el evangelio es esa buena noticia de que Jesús pagó por todos esos pecados, presentes, pasados y futuros. La gracia de Dios se extiende eternamente a todos aquellos que creen. Basta creer para que nosotros podamos experimentar la gracia de Dios. Es por gracia que somos salvos, y no por nuestras obras. ¡Gracias a Dios que no es por nuestras obras!
Venir a Dios tal como estamos
En la semana platicaba con un joven que me decía que él no venía a la iglesia porque no estaba a cuentas con Dios, que finalmente él necesitaba arreglar primero su vida para poder venir a Dios. Y mi comentario fue: "Pues no creo que tú solo te puedas poner a cuentas con Dios". Ninguno de nosotros nos podemos poner a cuentas con Dios por sí solos. Tenemos que venir a la presencia de Dios tal y como estamos: heridos, lastimados, cojos, muertos; como estemos, así tenemos que venir, en esa dependencia y humillación, y decirle: "Señor, estos son mis pecados, estas son mis necesidades. Señor, no puedo más; ayúdame a creer en Ti, ayúdame a seguirte. Y creo que Tú eres mi Salvador, creo que Tú eres mi Señor, y creo que Tu evangelio puede transformar mi vida y puede transformar las de los demás".
"Y creo, Señor, que Tú me puedes utilizar a mí para transformar más vidas. Creo, Señor, que Tú me puedes transformar a mí para predicar Tu evangelio en donde sea". Y eso es lo que debemos de anhelar, y ese debe ser nuestro ruego: "Señor, úsame. Muéstrame los dones que Tú me quieras dar para que yo pueda servirte y ser parte de Tu reino y ser un siervo útil, aunque hoy pueda decir que soy un siervo inútil".
Una iglesia local, una iglesia universal
Cada uno de nosotros estamos llamados a la proclamación del evangelio y a ser misioneros desde donde estemos, en el lugar en donde estemos. No necesitamos salir a lugares muy lejanos, pero sí tenemos que tener conciencia de que esta iglesia local forma parte de una iglesia mayor, de una iglesia universal; que una iglesia local que esté proclamando el evangelio aquí o en China o en Afganistán es la misma iglesia que está guiada por el Espíritu de Dios.
¿Qué es lo que nos define como iglesia? ¿Podemos decir que todas las iglesias que se denominan cristianas son cristianas? ¿O podemos decir que todos los que se dicen hermanos son hermanos? Desafortunadamente y tristemente, no. Lo que nos une es precisamente que creemos en el evangelio y que nuestra enseñanza es central en el evangelio: que proclamamos a Cristo crucificado, que proclamamos que Cristo es Dios, que se hizo hombre y que vino al mundo para morir por nuestros pecados, y que es el único medio para salvarnos, que resucitó al tercer día y que venció la muerte. Eso es lo que nos une: que creemos eso y que enseñamos eso.
Podemos, en aras de tener una mejor comunión, sacrificar algunas cosas, establecer algunos mecanismos de enseñanza, actividades; sí, podemos hacer algunas cosas que finalmente son diferentes a cómo se hacían en la iglesia primitiva. Sí lo podemos hacer, pero lo que no podemos sacrificar nunca son las verdades de Dios. Tenemos como autoridad doctrinal la Biblia; eso es algo que nos une. Cuando nosotros queremos saber del consejo de Dios, no recurrimos a un libro extraño, no recurrimos a los consejos ajenos de un predicador o de un sanador o de alguien que nos puede dar su buen consejo: recurrimos a la Palabra de Dios.
Evidentemente hay pastores y maestros que han sido escogidos por el Señor para enseñar a la iglesia, pero para enseñar Sus verdades, no sus buenos consejos. Tenemos que ser celosos de lo que dice la Biblia acerca de Dios. Y la Biblia habla de un solo tema, que es la historia de la redención, y Cristo está desde el libro de Génesis hasta el libro de Apocalipsis. Toda la enseñanza bíblica nos tiene que llevar a Cristo. Y así podemos identificar, cuando estamos en otra iglesia, si estamos hablando de Cristo o estamos hablando de algún consejo motivacional o de buenas esperanzas aquí en la tierra, de cómo ser feliz.
Una unidad superior
Dios no nos está invitando a ser felices en este mundo; nos está invitando a que vivamos con gozo, a que dejemos nuestras diferencias y vivamos en unidad. Sabemos que va a haber diferencias entre nosotros; no tenemos que estar de acuerdo en todo. De hecho, este pasaje, donde ruega por la unidad, ¿nos está rogando porque seamos exageradamente diplomáticos o políticamente correctos todos, y que nunca nos enojemos o que nunca tengamos un conflicto? Nos está invitando a que seamos uno con Cristo como Cristo es uno con el Padre. Es una unidad superior, una unidad indestructible. Solo el poder de Dios podría haber destruido eso, pero ahora, gracias precisamente al evangelio de Jesús, seguimos unidos eternamente todos nosotros, aun con nuestras diferencias.
Todos nosotros, por haber creído y confiado en Jesús como nuestro mediador y Salvador, podemos asegurar que la obra que Él empezó va a culminar por Él mismo en esta tierra, y va a trascender a la eternidad. El apóstol Pablo finalmente habló de esto en 1 Corintios, y decía, 1 Corintios 1:10, decía: "Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer". Y en esta carta a los corintios, donde finalmente el apóstol Pablo le está haciendo una aportación a los corintios, es porque precisamente había diferencias en lo que creían y lo que pensaban del evangelio.
El evangelio nos une
Cuando nosotros aquí en esta iglesia hacemos una entrevista de membresía, una de las preguntas que tenemos que hacer es qué piensan y qué es el evangelio, cuál es su concepto del evangelio. Y podríamos decir: "Bueno, si no lo contestan correctamente, pues no importa", ¿no? Pero en realidad esta es la pregunta más importante, algo que tenemos que tener todos bien definido: ¿qué es el evangelio? El evangelio es precisamente Cristo. Cristo es esa buena noticia: que Él voluntariamente vino al mundo para morir por nuestros pecados; que siendo Dios se hizo hombre para sustituirnos a nosotros en ese juicio; que a pesar de ser muerto en esta cruz, y que muchos lo vieron morir, también lo vieron resucitar en un cuerpo glorificado y estar entre ellos para ascender al cielo.
Eso lo tenemos que tener bien claro; eso es algo que nos debe de unir. Toda iglesia sana debe tener su enseñanza centrada en el evangelio, y eso nos tiene que llamar precisamente a que cada uno de nuestros dones siga siendo utilizado para la expansión del reino.
Santos por la obra de Jesús
La semana pasada hablábamos de la santidad. A veces confundimos la santidad con nuestro buen comportamiento. Y no estoy llamando a que la gente se porte como crea conveniente y que sean indiferentes al pecado. Claro que tenemos que ser celosos de lo que Dios nos ha enseñado en Su Palabra; claro que tenemos que aspirar a cumplir con la Palabra de Dios y obedecer Sus mandamientos. Jesús mismo lo dice: obedezcamos los mandamientos del Padre. Pero la diferencia está en nuestro desempeño: nosotros nunca vamos a poder lograr la santidad. Porque cuando se nos ha revelado Cristo como un Dios completamente santo, y vemos la santidad de Dios, tenemos que ver reflejado nuestro propio pecado y nuestra propia incapacidad para cumplir la ley perfectamente.
De hecho, la ley está dada para condenarnos, para que nosotros veamos lo imposible que es cumplirla por nuestras propias obras. La santidad a la cual somos llamados es precisamente esa santidad en Jesús. Cuando nosotros somos denominados santos, no somos denominados santos por nuestras obras; somos denominados santos por la obra de Jesús. Esa es la buena noticia, y eso es lo importante de cada uno de nosotros, y eso es lo que nosotros tenemos que reflejar al exterior: no que Chucho se está portando bien o se está portando mal, sino que Cristo pagó por sus pecados, que Cristo entregó Su vida por él, que no lo merecía.
Todos comprometidos con el reino
Juntos, hermanos, estamos formando el cuerpo de Cristo; no nos podemos separar. No hay una persona en la iglesia que pueda estar caminando, siendo iglesia, y que tenga un propósito distinto al de expandir el reino. Todos debemos estar comprometidos con la expansión del reino de Dios; todos tenemos que estar comprometidos con expandir Su evangelio. Ese debe de ser nuestro propósito final. Si nosotros estamos viniendo aquí a pensar en cómo resolver nuestros problemas, cómo sentirnos bien, cómo ayudarnos a nosotros mismos, no estamos entendiendo que esto se trata de morir a nosotros mismos.
Cuando nosotros creímos en Jesús, experimentamos un nuevo nacimiento; somos nuevas criaturas. Todo lo que finalmente nos interesaba y que nos motivaba y nos llevaba a un objetivo ha quedado atrás, y así debería de ser. Y deberíamos de pensar cada uno de nosotros cómo podemos servir dentro de nuestra iglesia local, cómo prepararnos dentro de nuestra iglesia local para salir al mundo y expresar y mostrar y dar testimonio de lo que Jesús ha hecho en nuestras vidas. No podemos quedarnos sentados únicamente y decir: "Yo estoy bien con mi Dios", y no comunicarlo al mundo.
Algunos tendrán la oportunidad de predicar públicamente, algunos tendrán la oportunidad de viajar y proclamar el evangelio, y algunos tendrán la oportunidad de, en una mesa de familia, poder hablar de Jesús. En todas las iglesias hay necesidad; en todas las iglesias hace falta gente que quiera servir. La cuestión no es dónde yo quiero servir, sino cómo, Dios, Tú quieres que te sirva. Tenemos que estar dispuestos y con un corazón abierto para servir al Señor en el momento en que se nos ha solicitado.
Este mensaje, hermanos, es primordialmente para la iglesia; es un mensaje primordialmente para los cristianos. Cuando nosotros predicamos la Palabra de Dios, la predicamos para todos, y esperamos que haya quien escuche el evangelio hoy y se convierta al Señor. Pero si tú ya lo escuchaste y lo creíste, el compromiso es para ti: para que tú salgas y reflejes esa unidad de Cristo y el Padre. La iglesia tiene esa misión.
¿Nos extrañaría nuestra comunidad?
Una pregunta que hacen en el ministerio de City to City sobre plantación de iglesias es esta: ponte a pensar, si hoy desapareciera tu iglesia, si ya no existiera más, pregúntate si esa comunidad en donde estás te extrañaría. Si tú desapareces y tu vecino no te extraña, no estás reflejando a Cristo. Si la iglesia desaparece y los vecinos no nos extrañan, no estamos reflejando a Cristo. Tenemos que impactar nuestras vidas y las vidas de los demás a través de lo que Cristo ha hecho en nuestra vida. Tenemos que creernos que somos hijos de Dios, porque lo somos. Tenemos que creernos que estamos juntamente crucificados con Cristo, que pagó por nuestros pecados, que somos nuevas criaturas y que estamos llamados precisamente a esa nueva vida para la gloria de Dios.
Escogidos en Él
Efesios 1:4-11 dice: "Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según la riqueza de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra. En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad".
La predestinación: una doctrina muy complicada y que produce hasta, digamos, cierto escozor. ¿Cómo saber que somos predestinados? ¿Cómo saber si somos hijos escogidos de Dios? Hermanos, si estás escuchando este mensaje, tenlo por seguro que eres escogido. El Espíritu Santo te va a dar esa plenitud de creer que Cristo murió por tus pecados. Si tú creíste en esto, no te cuestiones si eres predestinado: este mensaje es para ti.
Es importante que nos congreguemos y que nos animemos unos a otros, que nos ayudemos a madurar en la fe. No todos vamos a tener el mismo estado de maduración espiritual, pero todos vamos a madurar en Cristo conforme al propósito de Su voluntad; Él nos va llevando en este camino hasta el final de los tiempos. Debemos de confiar en Él, y no confiar en lo que está pasando con nosotros. Debemos de verlo a Él y no estar viendo a nuestro hermano. Si nosotros cometemos el error de compararnos con nuestros hermanos, vamos a poner un estándar muy bajo en nosotros, o muy alto. No podemos tener ni un alto concepto de nosotros ni un tan bajo concepto de nosotros. Tenemos que tener la mirada en Jesús y saber que Él es la meta, que Cristo es la meta, que finalmente esa meta solo la vamos a cumplir a través de Jesús.
Porque en Él se van a reunir todas las cosas. Todo lo que vemos y todo lo que ha sido creado ha sido creado para Él y por Él. Precisamente, la santificación va a llegar, pero hoy en día ya podemos ser llamados santos por la santidad de Dios, y somos una iglesia santa precisamente por la santidad de Dios.
Una sola salvación a pesar de nuestras diferencias
Cristo murió por cada uno de nosotros, pero también murió por todos en conjunto, y por eso es lo que nos une a pesar de nuestras diferencias. Todos venimos de contextos muy diferentes, todos hemos tenido luchas muy diferentes, pero tenemos una sola salvación, que es Cristo Jesús. Todos aquellos que hemos creído y confiado en la obra de Jesús para el perdón de nuestros pecados podemos confiar plenamente en que Dios nos escogió y nos amó, y nos sostendrá hasta la eternidad, como ese padre amoroso que da la vida por sus hijos. Ese es el Dios que tenemos: un Padre amoroso que está dispuesto a dar la vida por nosotros.
¿Y cómo finalmente podemos expresar como iglesia el reflejo de esa unión con Cristo? Bueno: orando juntos, adorando y alabando juntos, sirviendo juntos, enviando misioneros, compartiendo el evangelio, interesados en los hermanos, compartiendo sus luchas y gozándonos en sus alegrías, muriendo a nosotros mismos para ver por el de al lado. Juntos estamos en esto, hermanos. Juntos vamos a poder reflejar esa unión con Cristo; juntos vamos a poder impactar nuestra comunidad.
Si en algún momento nos sentimos tristes y desamparados, recordemos que Jesús nos amó de tal manera que murió por nosotros, y recordemos que Jesús nos dio a cada uno de nosotros, precisamente para nuestro consuelo aquí en la tierra… La iglesia es un pequeño reflejo y un refrigerio de lo que vamos a vivir en la eternidad. Pero tenemos que morir a nosotros mismos y disminuir nuestro orgullo, y entregarnos precisamente a la gracia completa de nuestro Señor Jesucristo. Todos tenemos un propósito común, y ese propósito en común es la gloria de Dios. Con Cristo, lo repito, estamos juntamente crucificados, y la iglesia es el reflejo de Su unión con Cristo.
La oración de Jesús se cumplió
Entendiendo que si Cristo oró por la unidad de Su iglesia, podemos asegurar que así es: la oración de Jesús se cumplió. Y hoy lo único que verdaderamente, verdaderamente nos une es la fe en nuestro Señor Jesucristo, el autor y consumador de nuestra fe. Colosenses 1:18-23 dice: "Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda la plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él; si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo; del cual yo Pablo fui hecho ministro".
Pablo nos está llamando a esto: que finalmente fijemos nuestra esperanza en ese evangelio, que seamos celosos de ese evangelio, y que eso sea el motor, el eje central. Lo que nos mantiene unidos es el evangelio, hermanos. Jesús rogó por Sus discípulos y por los que han de creer; eso nos incluye a nosotros y a los que nosotros les vamos a compartir. ¿Y cuál es el resultado? Para que todos seamos uno, así como Cristo y el Padre son uno; Jesús rogó. ¿Y cuál es el objetivo? Para que todo el mundo sepa que Dios envió a Jesús, Su Hijo, a morir por nuestros pecados y cumplir Su misión por amor a nosotros. Cada uno de nosotros estamos siendo transformados para parecernos más a la imagen de Jesús.
Hermanos, alabemos a nuestro Señor. Vamos a escuchar una última alabanza y terminaremos con una oración. Gracias, hermanos, que Dios les bendiga.
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