Iglesia Evangélicade Cuajimalpa

Juan 21:15-25Juan

¿A ti qué? I Jonathan Adams

Transcripción

Introducción: Jesús resucitado en Galilea

Buenos días, hermanos. La vista me está fallando, de los años, un poco. Vamos a leer en esta mañana Juan, el Evangelio según San Juan, capítulo 21. Y para recordar un poco lo que vimos la semana pasada, de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, y cómo esta resurrección nos demuestra que lo que les había comentado Jesús en esa última cena, en esa primera Santa Cena, y les había dicho: "Yo soy el camino, la verdad y la vida"... Y vimos cómo la resurrección demuestra: sí, es cierto, no son palabras de un charlatán; es cierto que Jesús es el camino, la verdad y la vida. Y cómo apareció a María Magdalena, cómo Pedro y Juan corrieron a la tumba, Juan creyó, los dos se devolvieron.

Y después vemos, a finales del capítulo 20, cómo Jesús aparece a los discípulos ahí reunidos; diez, en realidad, porque Judas ya no estaba, y Tomás, por algún motivo, no estaba en ese momento; tal vez fuera alguna diligencia o algo así. Y cómo después Jesús tuvo un encuentro además con todos reunidos, y con Tomás. Y después vemos esta escena: ya estaban nuevamente en Galilea, en el lago donde pescaban, donde habían pescado, y cómo Jesús otra vez se apareció a ellos. No habían pescado nada en toda la noche; Jesús les grita desde la orilla del lago, les pregunta si han pescado algo, y les da instrucciones. Ahí tienen otra pesca asombrosa, milagrosa; vuelven a la orilla, desayunan. Y después retomamos ahí, donde Jesús habla con Pedro, al parecer ya la primera vez a solas —aunque estaba siguiendo Juan de alguna forma—, que Jesús, después de Su resurrección, habla con Pedro.

Lectura de Juan 21:15-25

Comenzando con el versículo 15: "Cuando terminaron de desayunar, Jesús le preguntó a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos? Sí, Señor, tú sabes que te quiero, contestó Pedro. Apacienta mis corderos, le dijo Jesús. Y volvió a preguntarle: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Cuida de mis ovejas. Por tercera vez Jesús le preguntó: Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? A Pedro le dolió que por tercera vez Jesús le hubiera preguntado: ¿Me quieres? Así que le dijo: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero. Apacienta mis ovejas, le dijo Jesús. De veras te aseguro que cuando eras más joven te vestías tú mismo e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te vestirá y te llevará adonde no quieras ir. Esto dijo Jesús para dar a entender la clase de muerte con que Pedro glorificaría a Dios. Después de eso añadió: ¡Sígueme!".

"Al volverse, Pedro vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba" —ya sabemos que es Juan—, "el mismo que en la cena se había reclinado sobre Jesús y le había dicho: Señor, ¿quién es el que va a traicionarte? Al verlo, Pedro preguntó: Señor, ¿y este, qué? Si quiero que él permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú sígueme nomás. Por este motivo corrió entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no moriría. Pero Jesús no dijo que no moriría, sino solamente: Si quiero que él permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y las escribió. Y estamos convencidos de que su testimonio es verídico. Jesús hizo también muchas otras cosas, tantas que, si se escribiera cada una de ellas, pienso que los libros escritos no cabrían en el mundo entero".

Dos tipos de comparación

Esta mañana vamos a abrir este pasaje de la restauración o restitución de Pedro. No vamos a dejar de ver cómo Jesús trató con Pedro en cuanto a su restauración, pero nos vamos a enfocar en el mensaje que tiene para nosotros en cuanto a nuestras relaciones meramente humanas, los unos con los otros, siempre desde la perspectiva de nuestra identidad en Cristo. Y vamos a ver dos tipos de comparaciones que muchas veces hacemos con otras personas que nos rodean. El primer tipo de comparación es la comparación de "yo soy mejor": yo soy mejor que ellos, soy mejor que los demás, yo soy mejor. Y el segundo tipo de comparación que vamos a ver de este pasaje es el de "¿por qué yo?", o "¿por qué a mí me toca? ¿Por qué siempre yo?"; este otro tipo de comparación.

Y vamos a ver las comparaciones que salen de este pasaje ciertamente con nuestros hermanos, con otros cristianos; y vamos a tocar brevemente también cuándo estas comparaciones las hacemos con los no creyentes, con el mundo, porque sí son diferentes las respuestas, y es bueno tener el cuadro completo de cómo es nuestra vida. Creo que en estos días —no sé si es mayor en nuestra interacción en medios sociales por la pandemia, o si de todos modos hubiera crecido—, pero creo que lo que muchos han notado es que los medios sociales electrónicos invitan mucho a compararnos con los demás. Entonces es algo que debemos de tener muy presente.

"Yo soy mejor": la jactancia de Pedro

Entonces, primero: comparándonos con los demás en este sentido de "yo soy mejor, soy mejor que los demás". Es una de las tentaciones más grandes que tenemos como seres humanos, y sirve para excusar mucho pecado y para permitirnos mucho pecado, el pensar: "Yo soy mejor que los demás". Y nos comparamos muchas veces con otros cristianos. Ahora, para entender la comparación en nuestro pasaje hoy, tenemos que irnos atrás, a la noche en que fue entregado nuestro Señor. Pedro se había jactado, se acordarán, de que aunque todos los demás discípulos le fallaran a Jesús, él no iba a fallar. Y creo que el relato más claro en este sentido está en Marcos, Marcos 14, versículos 27 al 31. Dice: "Todos ustedes me abandonarán, les dijo Jesús, porque está escrito: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas. Pero después de que yo resucite, iré delante de ustedes a Galilea. Aunque todos te abandonen, yo no, declaró Pedro. Te aseguro, le contestó Jesús, que hoy, esta misma noche, antes de que el gallo cante por segunda vez, me negarás tres veces. Aunque tenga que morir contigo, insistió Pedro con vehemencia, jamás te negaré. Y los demás dijeron lo mismo".

Este es un pasaje muy poderoso en cuanto a lo que nos dice acerca de Jesús. Vemos que Jesús sabía que iba a morir, sabía que Pedro lo iba a negar, sabía que iba a resucitar —tenía certeza, como vimos la semana pasada—, y sabía que iba a restaurar a Pedro. Todos los que dicen que Jesús de alguna forma estaba descubriendo a cada paso quién era, y cómo lo estaba usando Dios, o algo así, están negando la Escritura. La Escritura es muy, muy clara en cuanto a la plena conciencia de Jesús de saber a qué iba y cómo Dios estaba obrando.

Pero volvamos a enfocarnos en lo que Pedro estaba haciendo aquí. Él invitó la comparación con los demás discípulos. Dijo: "Bueno, aunque todos estos" —que, por cierto, son bastante valientes—, "pero aunque ellos te nieguen, yo no; yo sí voy a serte fiel, aunque tenga que morir contigo". Pensó, al parecer, en esas consecuencias que podrían llevar a la muerte. Pensamos a veces: "Ah, bueno, es que hay algunos valientes, pero no se dan cuenta de las consecuencias". Al parecer, Pedro sí se dio cuenta de que podía morir. Invita a esta comparación con los demás discípulos, y Jesús le concede la última palabra; ya no le contesta, porque sabía que Pedro iba a tener que vivir en su propia carne esta debilidad, esta falta de fidelidad que Pedro tenía.

Nosotros también muchas veces debemos confesar que nos creemos mejores que otros cristianos. No voy a dar muchos ejemplos aquí; se vuelven polémicos, pareciera que alguien está, pues, llevando agua a su molino, o algo así. Pero pensamos así, ¿no es cierto? "Yo no cometería ese pecado; yo sí doy mi diezmo; yo sí leo la Biblia todos los días". Y todos nosotros podemos pensar, si pensamos más de un par de segundos, dónde tenemos esa tentación de pensar que somos mejores que otros cristianos. Todas estas cosas pueden ser cosas muy buenas, y eso es lo que nos entra a veces. Pero si por hacer estas cosas creemos que somos mejores que otros cristianos, estamos yendo por mal camino, ese camino que atravesó Pedro. Y sabemos la historia de cómo llegó Pedro a Jesús: le reconocieron el acento a Pedro allí, mientras se calentaba con la fogata de carbón, que va a figurar también en la historia después de la resurrección. Al parecer le reconocieron el acento; era un acento, diríamos, de provincia, o algo así, de campo; no era precisamente un acento de gente muy, muy culta el que tenían los galileos. Le reconocieron por el acento, lo negó; lo reconoció un pariente de la persona que había sufrido violencia a manos de Pedro ahí en el huerto. Pero Pedro negó que fuera seguidor de Jesús; dijo que ni siquiera lo conocía.

Y hay algo importante aquí. Creo que no debemos de crear demasiadas ideas así, quizás melodramáticas, o de este tipo; pero sí creo que podemos ver, por lo que pasó —así como lo vimos con María de Magdala la semana pasada—, que aquí Pedro sabía que había negado a su Señor. Y a diferencia de María, hasta donde sabemos, pues, no tenía ningún impedimento de este tipo. Estuvo ahí, en la cruz, al pie de la cruz, o por lo menos a una distancia corta, cuando murió Jesús; Juan, que vio el sepulcro vacío y creyó, nos dice. Pedro sabía que había negado a su Señor, y que una resurrección no iba a cambiar eso, no lo iba a quitar. Entonces tenía esta carga, ciertamente, Pedro. Y vemos en el pasaje cómo Jesús trata con él.

Un carpintero enseñando a pescar

Es muy interesante ver este escenario, que es un escenario que se repite. En realidad es muy parecido a otro escenario al inicio del tiempo en que conoció a Jesús en la tierra: un carpintero que no sabía nada de pesca le está diciendo a un pescador profesional, que acaba de fallar, de fracasar en su profesión, cómo hacer las cosas. Pedro y los discípulos habían estado pescando toda la noche, y ni un solo pescado. Y estos son muchas veces los momentos en que Dios nos enseña, en que nos quita ese orgullo, esa soberbia que solemos tener, esa confianza en nosotros mismos: es cuando sentimos que no valemos nada, que a pesar de nuestros mejores esfuerzos fallamos, fracasamos. ¿Se han sentido así? ¿Creen que Dios puede evitar estos fracasos, estas fallas? Claro que sí, claro que sí.

Pero si somos Sus hijos, debemos de estar atentos a estas oportunidades en que estamos muy, muy bajos, y pensar, recordar, como desde el fondo de un pozo: "Sí, recuerdo: Dios está obrando en mí. Quiere algo mejor para mí que sencillamente tener éxito en pescar esta noche, conseguir mi sustento para mañana. Tiene algo mucho más, mucho más glorioso en mente". Nos está formando, nos está atrayendo a Él. Nos hace ver muy claramente que nosotros, en nosotros mismos, no tenemos esa fortaleza, no tenemos esa capacidad dentro de nosotros. Y los triunfos que tenemos, nos tenemos que dar cuenta de que no son de nosotros, esos triunfos que tenemos en la vida —y ojalá todos los tengamos en la vida; como hermanos, deseamos lo mejor los unos para los otros—, pero debemos de reconocer en medio de todo eso que no son de nosotros. Tenemos que darle gloria a Dios, darle gracias a Él, porque solamente Él nos da esos triunfos; son de Su mano.

Pero Jesús estaba ahí retando a Pedro: "Sí, yo, un carpintero, te voy a enseñar a pescar". Y cuando conoció a Jesús, fue un escenario muy parecido. Veamos rápidamente Lucas 5, comenzando con el versículo 1. Lucas 5: "Un día estaba Jesús a orillas del lago de Genesaret, y la gente lo apretujaba para escuchar el mensaje de Dios. Entonces vio dos barcas que los pescadores habían dejado en la playa mientras lavaban las redes. Subió a una de las barcas, que pertenecía a Simón, y le pidió que la alejara un poco de la orilla. Luego se sentó, y enseñaba a la gente desde la barca. Cuando acabó de hablar, le dijo a Simón: Lleva la barca hacia aguas más profundas, y echen allí las redes para pescar". Un carpintero diciéndole esto al pescador Pedro.

"Pedro le contesta: Maestro, hemos estado trabajando duro toda la noche y no hemos pescado nada; pero, como tú me lo mandas, echaré las redes. Así lo hicieron, y recogieron una cantidad tan grande de peces que las redes se les rompían. Entonces llamaron por señas a sus compañeros de la otra barca para que los ayudaran. Ellos se acercaron y llenaron tanto las dos barcas" —llenaron tanto las dos barcas— "que comenzaron a hundirse. Al ver esto, Simón Pedro cayó de rodillas delante de Jesús y le dijo: ¡Apártate de mí, Señor; soy un pecador! Es que él y todos sus compañeros estaban asombrados ante la pesca que habían hecho, como también lo estaban Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran socios de Simón. No temas; desde ahora serás pescador de hombres, le dijo Jesús a Simón. Así que llevaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, siguieron a Jesús".

La fogata de brasas

Y ahora aquí, en Juan 21, vemos otra vez que no habían conseguido pescar nada toda la noche. He leído que pescaban mucho de noche porque los peces estaban, no sé, más cerca de la superficie, o algo así; por algún motivo era mejor la pesca en la noche. Y Jesús ya sabía que no habían pescado nada. Les estaba enseñando que tenían que confiar en Él, que no habían aprendido todavía esa lección de depender de Él para todas sus necesidades, físicas también. Y todo esto seguramente le recordaba a Pedro el día en que primero siguió a Jesús; pero también le recordó la noche en que lo había negado. Había una fogata de brasas de carbón, como aquella en el patio del sumo sacerdote; y ahora Jesús tenía una fogata, también de brasas de carbón, ahí en la playa.

Dice Juan 21:3 al 7: "Después de esto, Jesús se apareció de nuevo a sus discípulos, junto al lago de Tiberíades. Sucedió de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, al que apodaban el Gemelo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Me voy a pescar, dijo Simón Pedro. Nos vamos contigo, contestaron ellos. Salieron, pues, de allí y se embarcaron, pero esa noche no pescaron nada. Al despuntar el alba, Jesús se hizo presente en la orilla, pero los discípulos no se dieron cuenta de que era Él. Muchachos, ¿no tienen algo de comer?, les preguntó Jesús. No, respondieron ellos. Tiren la red a la derecha de la barca, y pescarán algo. Así lo hicieron, y era tal la cantidad de pescados que ya no podían sacar la red. ¡Es el Señor!, dijo a Pedro el discípulo a quien Jesús amaba".

¿Me amas más que estos?

Ahora, después de desayunar, que nos relata, se va Jesús caminando con Pedro y le pregunta: "¿Me amas más que estos?". Ahora, he visto algunos comentarios que dicen que se refiere con "estos" a los peces, y entonces a la pesca; y entonces, que si era más importante seguirlo a Jesús que la pesca. Yo creo que lo que Jesús estaba haciendo aquí era echarle en cara a Pedro que él había dicho que lo amaba más: que él lo amaba más a Jesús, que aunque los demás fallaran, aunque los demás se echaran para atrás, él, Pedro, lo iba a seguir a Jesús hasta la muerte. Y ahora Jesús lo está obligando, básicamente, a tragarse sus propias palabras. Y Pedro tiene esta convicción, obviamente, de que sí es cierto.

¿Cómo lo restaura Jesús? Ya hemos hablado de que le pregunta tres veces "¿me amas?" porque Pedro lo había negado también tres veces; todos estos paralelos muy, muy lindos en esta literatura inspirada. Pero ¿cómo lo restaura Jesús? Rápidamente: no lo manda a un programa de autoayuda o de autosuperación, o a un tiempo de reflexión o meditación, o algo así. Le dice: "Cuida mis ovejas". Y bueno, no vamos a entrar en mucho detalle de esto hasta ahora, pero he visto cómo muchos pastores que tienen mucha experiencia en conocer los corazones, cuando las personas vienen con mucha fricción y muchas dudas, mucha fricción en su espíritu, en su corazón, los mandan a ayudar a los demás, a cuidar ovejas. Y he escuchado cómo algunos de ellos dicen: "Bueno, pero yo vine contigo para que me ayudes a resolver este problema, y tú me mandas a ayudar a estos hermanos que necesitan que alguien les ayude a reparar el techo de su casa, que son ancianos, o algo así; o a esta otra familia, que tuvo otra necesidad médica. Y me mandas a hacer estas cosas, pero ¿cuándo te vas a encargar del problema que yo tengo?". Y no se dan cuenta —no nos damos cuenta— de que es en ayudar a los demás; que Jesús nos manda. Así lo restaura Jesús. Pensaríamos: "Bueno, ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?". Pero es este amor hacia nuestro Señor, que lo demostramos ayudando a Su pueblo, cuidando a Sus ovejas.

Compararnos con los no creyentes

Así que las comparaciones con otros cristianos nos llevan a fracasar muchas veces. Hablemos brevemente de las comparaciones con los no cristianos, en este sentido de "yo soy mejor". Obviamente, yo he escuchado a personas que no creen en la soberanía de Dios, en que es Dios quien cambia nuestro corazón, que no es nada bueno en nosotros. He escuchado a algunos hermanos decir: "Bueno, no es que seas mejor intelectualmente, pero eres, mi hijo, mejor espiritualmente, porque puedes reconocer el mensaje de Dios; es tu decisión, y tú tienes de alguna forma el mérito". Obviamente, esa puede ser una tentación, aunque la Biblia es muy clara en este sentido, y se ha predicado mucho desde ese púlpito: Dios no nos escoge para seguirlo por nuestros propios méritos. Nos escoge a pesar de lo indignos que somos, de lo no merecedores de Su gracia que somos; de eso se trata la gracia.

Leamos brevemente ahora que esto es cierto, ha sido cierto siempre, desde el pueblo de Israel. ¿Por qué lo escogió Dios? Nos dice Deuteronomio 7: "El Señor se encariñó contigo y te eligió, aunque no eras el pueblo más numeroso, sino el más insignificante de todos. Lo hizo porque te ama" —o sea, porque te ama, porque te ama— "y quería cumplir Su juramento a tus antepasados; por eso te rescató del poder del faraón, el rey de Egipto, y te sacó de la esclavitud con gran despliegue de fuerza". Es solamente porque Dios cumple Sus promesas. Y esas promesas son las promesas que tenemos en Cristo Jesús, en la obra de Cristo Jesús. 1 Juan 1:9, brevemente: "Si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad". Esas son las promesas. No es porque nosotros tengamos méritos; es porque confiamos en esa promesa de Dios, basada en la obra de nuestro Señor Jesucristo.

"¿Por qué yo?": la segunda comparación

Y ahora, más brevemente, vamos a ver el segundo tipo de comparación que a veces hacemos. Ya hemos visto la comparación de "yo soy mejor", y ahora vamos a ver esta otra comparación que también vemos en este pasaje: la de "¿por qué yo? ¿Por qué todo me pasa a mí? ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí?". Y lo vemos en comparaciones con otros cristianos. Cuando ha restaurado a Pedro, en este pasaje que acabamos de leer, le dice lo que va a sufrir por Él. Me recuerda muchísimo a una escena, la escena ahí en Damasco, cuando Saulo, luego Pablo... más bien, Ananías se acerca a él. ¿Y cuál es el mensaje que le da? El mensaje que le da es cuánto va a sufrir por el nombre de Jesús. Entonces, bueno, no sé qué hace el evangelio de la prosperidad con esos pasajes; me imagino que no mucho.

Le dice que va a sufrir, y la reacción que vemos de Pedro fue mirar alrededor: "¿Y este cuate que nos está siguiendo? A ver, ¿y este qué?". A Juan. Y Jesús le contesta... pues no sabemos el tono de voz, no conocemos su semblante en ese momento, pero creo que lo hizo con amor; eso sí lo sabemos: lo hizo con amor, diciéndole a Pedro: "¿A ti qué? ¿A ti qué?". Y hasta le dio un hipotético: "Si quiero que él permanezca con vida hasta que yo regrese...". La verdad es que a ti no te es relevante: "Tú sígueme".

Una lección de Narnia

Hay un pasaje... Me tocó en la universidad un curso sobre los escritos de C. S. Lewis, y únicamente llevé el curso por el maestro que lo estaba dando. Porque había leído Las crónicas de Narnia, y dije: "Bueno, pues está bien, son libros para niños". Y la verdad es que está bien, digo; los leí hace tantos años, y están interesantes. Pero este profesor en la universidad me gustaba mucho; había tomado con él Historia de la Iglesia, Apologética, algunos otros cursos. Me gustaba mucho este profesor; así que: "Bueno, voy a llevar el curso; es el curso de alto nivel que está dando este semestre, y bueno, pues vamos a llevar el curso".

Y me pareció interesante, porque estaba bastante lleno el aula el primer día, y dijo este profesor: "Bueno, en este curso no vamos a ver ninguno de los libros de Narnia, así que, si por eso están aquí, no los vamos a ver". Y bueno, se escucharon como que quejas de varias personas en el aula en ese momento. Pero la verdad es que los demás escritos de Lewis nos ayudan mucho a entender esas historias y apreciarlas. Que son, sí, podríamos decir, para niños; pero creo que son también de mucho provecho para nosotros, volverlos a leer ya grandes. Elisa y yo los hemos leído, creo que casi todos, en voz alta juntos.

Y quiero leer un pasaje de un libro que se llama —la versión que tengo es El caballo y el muchacho—, es El caballo y su muchacho. Y es una conversación entre Aslan y Shasta. Shasta y Aravis son los dos personajes principales de la historia: Shasta, un muchacho, el muchacho del título del libro, y Aravis, una joven. Y van pasando por aventuras. Y Aslan es el león que de alguna forma representa a Jesús en este libro. Y a partir del inicio del libro, Shasta, el joven, siempre dice: "Yo soy el más desafortunado; a mí siempre me pasa de todo; siempre soy el que tengo que pagar los platos rotos de lo que hacen los demás. Los demás hacen maldades y a mí me toca pagar, a mí me tocan las consecuencias; siempre me echan la culpa de todo". Es un refrán que vemos de este joven, Shasta, en todo el libro.

Y lo más seguro es que muchas veces, por lo menos algunos de nosotros, tenemos este tipo de pensamientos, o estamos tentados a tener este tipo de pensamientos. Y voy a leer brevemente. En este momento todavía Aslan no se le ha manifestado claramente al joven Shasta, y entonces el libro se refiere a Aslan como "la gran voz", porque todavía no se ha manifestado. Dice:

"Yo no diría que eres desafortunado, dijo la gran voz. ¿No te parece mala suerte que me haya encontrado con tantos leones?, inquirió él. Solo había un león, declaró la voz. Pero ¿qué dices? ¿No has oído que había al menos dos la primera noche? Solo había uno, pero era muy veloz. ¿Cómo lo sabes? Yo era el león. Y cuando Shasta se quedó boquiabierto e incapaz de decir nada, la voz: Y yo era el león que te obligó a unirte a Aravis en el viaje. Yo era el gato que te consoló entre las casas de los muertos. Yo era el león que alejó a los chacales de ti mientras dormías. Yo era el león que dio a los caballos las renovadas fuerzas del miedo durante los dos últimos kilómetros, para que pudieras llegar ante el rey Lune a tiempo. Y yo fui el león que no recuerdas, que empujó el bote en el que yacías, una criatura al borde de la muerte, de modo que llegaras a la orilla, donde estaba sentado un hombre desvelado a medianoche para recibirte. ¿Entonces fuiste tú quien hirió a Aravis? Fui yo. Pero ¿por qué? Niño, respondió la voz, te estoy contando tu historia, no la suya. A cada uno le cuento su propia historia y ninguna otra. ¿Quién eres? Yo mismo, contestó la voz, en un tono tan profundo y grave que la tierra tembló. Y repitió, en tono fuerte, claro y alegre: Yo mismo. Y luego una tercera vez: Yo mismo".

Y los ecos de estos pasajes, y de cómo se manifiesta el león Aslan, que representa muchas de las características de nuestro Señor... Y esto básicamente fue lo mismo que Jesús le dijo a Pedro: "No te compares con Juan. Yo no te voy a contar lo que voy a hacer en la vida de Juan; eso no es lo que te tiene que ocupar a ti. Tú te tienes que ocupar de lo que estoy haciendo en tu vida". Dios está trabajando en cada uno de nosotros de diferente forma, y no nos toca compararnos los unos a los otros, pensar: "Es que al hermano, a la hermana, le va muy bien; ¿por qué no me va así a mí?". Dios trabaja en cada uno de nosotros conforme al amor muy especial, muy personal, que tiene para cada uno de los miembros de Su pueblo.

Envidia de los impíos: el Salmo 73

Y brevemente vamos a comentar la forma en que a veces vemos a los no cristianos también, con envidia. A veces nos preguntamos a nosotros mismos, o a nuestros conocidos: "¿Por qué, si yo soy cristiano, si yo sigo al Señor, por qué me va tan mal? ¿Y a estos que se burlan de Dios, que hacen iniquidades, que están llenos de corrupción, sí les va bien?". Creo que no puede haber respuesta más clara que el Salmo 73, que voy a leer, y que nosotros deberíamos de tener a la mano en nuestra vida diaria, porque nos reprende cuando tenemos estos pensamientos. Salmo 73:

"En verdad, ¡cuán bueno es Dios con Israel, con los puros de corazón! Pero yo estuve a punto de caer, y poco me faltó para que resbalara. Sentía envidia de los arrogantes, al ver la prosperidad de esos malvados. Ellos no tienen ningún problema; su cuerpo está fuerte y saludable. Libres están de los afanes de todos; no les afectan los infortunios humanos. Por eso lucen su orgullo como un collar, y hacen gala de su violencia. ¡Están que revientan de malicia, y hasta se les ven sus malas intenciones! Son burlones, hablan con doblez, y arrogantes oprimen y amenazan. Con la boca increpan al cielo, con la lengua dominan la tierra. Por eso la gente acude a ellos y cree todo lo que afirman. Hasta dicen: ¿Cómo puede Dios saberlo? ¿Acaso el Altísimo tiene entendimiento? Así son los impíos; sin afanarse, aumentan sus riquezas. En verdad, ¿de qué me sirve mantener mi corazón limpio y mis manos lavadas en la inocencia, si todo el día me golpean y de mañana me castigan?".

Suena como Shasta. "Si hubiera dicho: Voy a hablar como ellos, habría traicionado a tu linaje. Cuando traté de comprender todo esto, me resultó una carga insoportable, hasta que entré en el santuario de Dios; allí comprendí cuál será el destino de los malvados. En verdad, los has puesto en terreno resbaladizo, y los empujas a su propia destrucción. ¡En un instante serán destruidos, totalmente consumidos por el terror! Como quien despierta de un sueño, así, Señor, cuando tú te levantes, desecharás su falsa apariencia. Se me afligía el corazón y se me amargaba el ánimo por mi necedad e ignorancia. ¡Me porté contigo como una bestia! Pero yo siempre estoy contigo, pues tú me sostienes de la mano derecha. Me guías con tu consejo, y más tarde me acogerás en gloria. ¿A quién tengo en el cielo sino a ti? Si estoy contigo, ya nada quiero en la tierra. Podrán desfallecer mi cuerpo y mi espíritu, pero Dios fortalece mi corazón; Él es mi herencia eterna. Perecerán los que se alejen de ti; tú destruyes a los que te son infieles. Para mí el bien es estar cerca de Dios. He hecho del Señor Soberano mi refugio, para contar todas sus obras".

Cuando nos vemos tentados a preguntarnos por qué a los impíos les va bien, es porque estamos enfocándonos en ídolos, y no en el Dios verdadero. Que Dios nos libre de esta necedad.

Tres maneras de relacionarnos con Dios

Y quiero cerrar con esto: por qué tenemos que confiar en Dios para superar este tipo de necedad. Con Dios podemos tener tres tipos de relación. Podemos ignorarlo, negar Su existencia, negar hechos que son innegables —la creación, la resurrección, como vimos la semana pasada—, tratar de vivir sin Él en un mundo que Él creó, en una realidad que se sostiene por el poder de Su palabra. En segundo lugar, que creo que es una tentación más grande para los cristianos, es verlo como un capataz o un jefe. Las religiones del mundo así lo ven. Hablamos la semana pasada de varios sabios según el mundo: Confucio, el Buda, Mahoma. Estas religiones tratan de ganarse la aprobación de Dios por medio de diferentes métodos, ya sea meditación, ya sea buenas obras, lo que fuera; siempre buscando méritos propios. Si estamos constantemente pensando si nos hemos ganado Su favor, o si hemos perdido Su favor por algo que hemos hecho, entonces tenemos esa mentalidad de inquilino, o de siervo, que no es parte de la familia de Dios.

Lo que nos enseña la Palabra es que, si estamos confiando en Jesús, en arrepentimiento, en fe, siguiendo Sus pasos, entonces Dios es nuestro Padre; pero solo si somos nacidos de nuevo, si somos nacidos de lo alto. El padre corrige al hijo porque lo ama; no es por una retribución, no es por una represalia, no es primordialmente un castigo. No es este pensamiento el que debemos de tener, de un inquilino: a ver si merecemos o no merecemos, si nos ganamos el favor. No nos ganamos el favor. Eso es lo que nos lleva a las comparaciones con los demás, porque siempre estamos pensando: "Bueno, yo soy mejor que el hermanito fulano; entonces Dios me debe, Dios me debe". Pero en Cristo somos hijos de Dios. Clama a Dios en esta mañana por ese corazón de hijo que es aceptado en la casa porque es parte de la familia.

A veces escuchamos que Dios nos libra de las consecuencias del pecado. Pues, en última instancia, sí, porque Cristo murió para que nosotros no tuviéramos que pagar ese precio eterno de la separación de Dios. Pero hay consecuencias naturales. Para no usar ejemplos polémicos, vemos al rey David, que ciertamente pecó; Dios lo perdonó, pero todavía había estas consecuencias negativas en su vida. Pero Dios estaba usando esas consecuencias negativas en la vida de David no para sumar, no para retribución, no para que David de alguna forma pagara sus pecados. No: los pecados de David los pagó su Hijo mayor, Jesucristo.

Conclusión: la promesa de Juan 6

Voy a terminar con esta promesa final de Juan 6, al 40; Juan 6:37: "Todos los que el Padre me da vendrán a mí; y al que a mí viene, no lo rechazo. Porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la del que me envió. Y esta es la voluntad del que me envió: que yo no pierda nada de lo que Él me ha dado, sino que lo resucite en el día final. Porque la voluntad de mi Padre es que todo el que reconozca al Hijo y crea en Él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final". Esta es la promesa, hermanos, que nos da nuestro Señor. Y es el único motivo por el que Dios nos ama: por la obra de Cristo, por Sus promesas de cómo nosotros podemos estar en Cristo con una nueva vida, una vida de resurrección, como vemos en el bautismo, y que algún día nos llevará a estar con Él para siempre.

Vamos a orar. Padre nuestro, te damos gracias por Tu Palabra, porque es viva y eficaz, Señor, y nos permite conocer el camino, que es Tu Hijo Jesucristo, el único camino a la salvación. Te pedimos, Señor, que nos amemos los unos a los otros, y en eso demostremos también nuestro amor por Cristo Jesús, en cuyo nombre te pedimos todo esto. Amén.

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