Iglesia Evangélicade Cuajimalpa

Juan 20:1-18Juan

Màs a prisa que Pedro I Jonathan Adams

Transcripción

Introducción: celebramos la resurrección

Es un gran gozo estar aquí en esta mañana, celebrando la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Hemos hablado en esta mañana, recordando, como Él nos ha mandado que hagamos cada vez que nos reunimos, Su muerte. Junto con esa muerte, está implícito que recordamos también Su resurrección, porque nos dice: "hasta que Él venga". Entonces, si estuviera muerto, no podría venir de nuevo. Celebramos también Su resurrección; por eso nos reunimos el primer día de la semana, el domingo. En el Antiguo Testamento, pueden buscar ahí, dice que el día de reposo era el sábado. Entonces, ¿los Diez Mandamientos todavía son para hoy? Sí, todos los 10, los 10, son para hoy. Pero por eso celebramos el día de reposo el domingo: porque el Señor resucitó en un domingo, porque Jesús vive, y por lo tanto nosotros también vivimos, y tenemos victoria sobre la muerte, sobre el pecado y sobre el mundo.

Lectura de Juan 20:1-18

Vamos a leer de Juan, capítulo 20, comenzando con el versículo 1. Estoy leyendo de la Nueva Versión Internacional. Hay muchas traducciones muy buenas; a mí se me enreda la lengua con los "vosotros fuisteis", "hicisteis" y "lamentasteis". Entonces, esta traducción es un poquito más amena:

"El primer día de la semana, muy de mañana, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que habían quitado la piedra que cubría la entrada. Así que fue corriendo a ver a Simón Pedro y al otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: ¡Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto! Pedro y el otro discípulo se dirigieron entonces al sepulcro. Ambos fueron corriendo, pero como el otro discípulo corría más aprisa que Pedro, llegó primero al sepulcro. Inclinándose, se asomó y vio allí las vendas, pero no entró. Tras él llegó Simón Pedro, y entró en el sepulcro. Vio allí las vendas y el sudario que había cubierto la cabeza de Jesús, aunque el sudario no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. En ese momento entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; y vio y creyó. Hasta entonces no habían entendido la Escritura, que dice que Jesús tenía que resucitar. Los discípulos regresaron a su casa".

"Pero María se quedó afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro, y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. ¿Por qué lloras, mujer?, le preguntaron los ángeles. Es que se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto, les respondió. Apenas dijo esto, volvió la mirada y ahí vio a Jesús de pie, aunque no sabía que era Él. Jesús le dijo: ¿Por qué lloras, mujer? ¿A quién buscas? Ella, pensando que se trataba del que cuidaba el huerto, le dijo: Señor, si usted se lo ha llevado, dígame dónde lo ha puesto, y yo iré por Él. ¡María!, le dijo Jesús. Ella se volvió y exclamó: ¡Raboni! (que en arameo significa: Maestro). Suéltame, porque todavía no he vuelto al Padre. Ve más bien a mis hermanos y diles: Vuelvo a mi Padre, que es Padre de ustedes; a mi Dios, que es Dios de ustedes. María Magdalena fue a darles la noticia a los discípulos. ¡He visto al Señor!, exclamaba, y les contaba lo que Él le había dicho".

Este relato es tan, tan gráfico, tan vivo, que creo que ni necesitaríamos un mensaje de mi parte. Pero voy a dar algunas palabras aquí de exhortación y de ánimo para nosotros en esta mañana. Oremos antes de comenzar. Padre celestial, te damos gracias por Tu Palabra, Señor, que es viva y eficaz, más cortante que una espada de dos filos. Te pedimos, Señor, que esta Palabra cale profundamente en nuestros corazones y que nos transforme, Señor; no por nuestros propios méritos ni por nuestros propios esfuerzos, sino por el amor que Tú nos mostraste en Cristo Jesús. Amén.

Las últimas palabras de Jesús

Vamos a hablar un poco de las últimas palabras de Cristo antes de morir; no en la cruz, sino las palabras que dirigió a Sus discípulos mientras estaban reunidos. Porque las palabras que pronuncia una persona antes de morir pueden ser muy importantes. A veces son palabras de amor, o de perdón, de reconciliación, y es muy bonito cuando eso sucede. A veces son palabras necias, ¿no? También lo vemos a veces, más que todo, creo, en las películas: alguien dice: "Bueno, yo lo tengo todo resuelto", o "¿qué es lo peor que puede pasar?", y la persona fallece así, repentinamente, de forma espantosa; o hasta ridiculizan en las películas a veces estas situaciones. Pero en otros casos dan instrucciones o información que necesitan las personas a su alrededor.

Esas son las palabras que pronunció nuestro Señor Jesucristo en los capítulos entre el 13 y el 17 del Evangelio de Juan, y se ha llamado el discurso de despedida de Jesús. No vamos a repasar todo ese discurso —aunque hay excelentes libros, y después les puedo recomendar algunos acerca de este discurso y el ánimo que es para nosotros como cristianos—, pero quiero que nos concentremos en quizás una de las partes más conocidas de este discurso, donde Jesús dice: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". ¿Se acuerdan? Tomás había dicho: "Bueno, nosotros no sabemos, no sabemos el camino que Tú vas a seguir; ¿cómo te podemos seguir?". Y Jesús les contestó entonces a los discípulos: "Yo soy el camino, la verdad y la vida".

Y vamos a ver entonces la importancia de lo que dijo Jesús antes de Su muerte, para entender lo que significa Su resurrección; porque realmente la importancia de lo que dijo Jesús antes de Su muerte depende de la resurrección. Y vamos a ver por partes: el camino, la verdad y la vida, brevemente, en esta mañana. Siempre trato de ser breve, así que espero que sí sea cierto lo que digo.

El camino: los grandes maestros del mundo

Hay muchos líderes famosos en la historia del mundo que dan enseñanzas sobre cómo encontrar el camino, cómo encontrar el camino a la felicidad, a la plenitud, a la vida. Y la mayoría de ellos tienen un atractivo; sus enseñanzas son atractivas porque... por eso son famosos. Es más, si yo, Jonathan, en esta mañana, les dijera algunas de estas frases de sabiduría —y si fuera por primera vez, porque bueno, ya lo dijeron—, seguramente dirían: "No, pues es muy sabio Jonathan". Cualquiera de nosotros que dijéramos estas enseñanzas se nos consideraría como personas muy sabias. Y he tomado algunas citas de algunos de estos maestros para contrastarlos con Jesús. Y para tratar de ser muy justo con estos otros maestros, no he escogido intencionalmente sus enseñanzas, sino que he visto cuáles son en la red los dichos más famosos, las enseñanzas más famosas.

Comencé con Confucio. Este nombre quizás no sea muy conocido para algunos de ustedes, pero es otra pronunciación de Kung Fu, y de ahí viene Kung Fu Panda, para los chicos que han visto esa película. Tiene todavía mucha influencia este señor, que vivió hace miles y miles de años, todavía hoy. Es un tema de pronunciación, como Pekín es lo mismo que Beijing; es el oído. Como Cuauhnáhuac: los españoles escucharon... ¿qué escucharon los españoles de Cuauhnáhuac? Cuernavaca. Se llamaba Cuauhnáhuac. Pero bueno, dice Kung Fu: "Todo tiene belleza, pero no todos la pueden ver". Es enigmático, pero nos hace pensar, ¿no? O esto también: "Los que buscan ser siempre felices o sabios deberán cambiar con frecuencia". Nos habla de la adaptabilidad, de la importancia de la adaptabilidad en la vida para ser felices y sabios. O dice esto: "Lo que el hombre superior busca está en sí mismo; el hombre inferior lo busca en los demás".

Es algo que esperaríamos escuchar por radio, o algo así, digamos: "Mira, qué profundo, ¿no?". Podríamos explorar esa declaración, podríamos debatir si es cierto o no —creo que no es cierto—, pero sí tiene algo cierto, algo que nos hace pensar. Si yo dijera estas cosas, seguramente se me consideraría bastante sabio y bastante profundo. Ahora vamos con Mahoma, el padre de ¿qué religión? El islam, correcto. Dice: "Sé amable, porque cuando la amabilidad llega a ser parte de algo, o de uno mismo, lo embellece". Muy bonito, ¿no? Lo podría decir Jonathan también: "Estuvo bonito eso que digo; lo puedo escribir". O esto: "El mejor entre ustedes es el que no daña a los demás con su lengua o sus manos". Muy bonito, ¿no? Es buen consejo, buen consejo. O esto: "Un buen hombre trata a las mujeres con honor". Ahora, podemos debatir o explorar si esto fue cierto de la vida de Mahoma, pero creo que es un sentimiento muy bonito. Nuevamente, si yo dijera estas cosas, se me consideraría sabio, y no importa en realidad qué hizo Mahoma, o dónde está ahora: tiene sentido, mucho sentido, lo que dijo. Uno más: Siddhartha Gautama, también conocido como el Buda, que lo hemos escuchado también muy de moda ahora entre los fifís, ¿verdad? Se van a la India y hacen sus recorridos; hasta conozco a algunos de ellos que se han ido ahí a la India, y me hablan de lo profundamente que cambió sus vidas. Dice: "Irradiar amor sin fronteras en todo el mundo". Suena muy bonito, ¿no? O esto: "Una mente disciplinada trae felicidad". Es un buen consejo; no importa en realidad quién lo diga, qué pasó con esa persona. También dice: "Da, aun si tienes solo un poco". Muy, muy bello pensamiento, y lindo sentimiento, ¿no?

Y bueno, quería agregar uno más cercano, de don Benito Juárez, para los abogados aquí: "El respeto al derecho ajeno es la paz". ¿Correcto? No importa quién lo haya dicho, o qué haya pasado con su vida; los dichos de estos maestros en realidad valen por sí mismos.

Los dichos de Jesús

Pero ahora comparemos los dichos de Jesús. Y nuevamente les digo que no hice trampa; no encontré los que yo pienso que son más emblemáticos, más importantes de nuestro Señor —eso seguramente me hubiera llevado tres o cuatro días para llegar a una lista corta, ¿no?—, pero también estos son los que allá en el mundo se considera que son las más importantes enseñanzas. Y quiero que nuevamente nos hagamos estas dos preguntas: si yo, o alguno de ustedes, dijera esto, ¿se le consideraría sabio o muy profundo? Y la segunda pregunta, que en realidad es muy parecida, es la misma pregunta de alguna forma: si Jesús no hubiera resucitado, ¿tendría algún valor esa declaración, esa enseñanza?

Vamos a ver primero Juan 14:1 y 2. Es de este pasaje de la despedida de Jesús. Dice Jesús: "No se angustien. Confíen en Dios, y confíen también en mí. En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya se lo habría dicho a ustedes. Voy a prepararles un lugar". Esto no lo puede decir cualquiera; sonaría como una tontería. Y si Jesús no hubiera resucitado, también, ¿qué esperanza nos daría? ¿Por qué vamos a confiar en Él? Se enfoca en Él. Estos otros maestros, parece que muy sabiamente, pues, se enfocan en las personas que los están escuchando: "Esfuércense, no dejen de luchar, esfuércense". Pero ¿qué es lo que Jesús nos dice? "Confíen en mí".

Otro: Juan 13:34, también de este mismo discurso de despedida: "Este mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros". Hasta ahí, bien, ¿no? "Así como yo los he amado, también ustedes deben amarse los unos a los otros". Yo no me atrevería a ponerme a mí mismo como ejemplo del amor que ustedes deberían de seguir; no me atrevería. Solamente Jesús puede hablar de Su propio amor como un ejemplo que debemos de seguir. Y ese ejemplo lo dio en la cruz, y ese amor sigue hoy, porque Él ha resucitado.

Mateo 28:18 al 20: "Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo". Si yo dijera eso, me dirían loco. Y si Jesús no hubiera resucitado, también: ¿para qué quiero a alguien que me prometió que iba a estar conmigo hasta el fin del mundo, si está sepultado? No me sirve de nada.

Mateo 7:7: "Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre". Nos estaba enseñando acerca de Su Padre celestial, y son promesas; es una promesa que Él nos da. No es un principio para vivir; es una promesa.

Yo soy el camino

Y el último, Juan 14:6, que es nuestro pasaje: "Yo soy el camino, la verdad y la vida, le contestó Jesús. Nadie llega al Padre sino por mí". Es una declaración muy, muy angosta, muy limitante: "Nadie llega al Padre sino por mí". Tal vez alguna persona fuera de sí haya dicho alguna cosa así en el pasado, pero, de ser así, se ha olvidado a esa persona. Ha habido muchos locos, pero nadie se acuerda de lo que dicen. ¿Por qué? Porque no tiene sentido. Pero nosotros tenemos a un Salvador que sí resucitó de entre los muertos, y por eso tenemos la seguridad de lo que Él nos dijo; Sus palabras cobran sentido. Jesús no nos enseñó qué hacer para seguir el camino: "Bueno, sigan por ahí, es el camino". Nos dijo: "Yo soy el camino". Y eso es radicalmente diferente a cualquier otro maestro que ha vivido. Y sabemos que, si Él no hubiera resucitado, esta enseñanza no tendría sentido.

Jesús, si lo pensamos, estaba retando a la muerte cuando dio este discurso. Si Él dice: "Yo soy el camino, la verdad y la vida", estaba retando a la muerte, porque sabía, sabía que Él iba a triunfar sobre la muerte.

Yo soy la verdad: la creación y la resurrección

Nos dijo también que Él es la verdad. A nuestro mundo hoy le gustaría tener a un Jesús que fuera mucho más como estos otros maestros; que dijera cosas que no nos van a cambiar la vida, que nos aportan algo, nos dan algo, pues, un poco interesante para pensar, pero que no nos exigen nuestra vida misma en adoración a Él, no nos exigen un cambio radical, un cambio de ser, de muerte a vida. La Biblia es la historia de un Dios todopoderoso que tiene el corazón de los reyes en Su mano; Él dispone conforme a Sus designios. Y de esta historia que relata la Biblia, creo que hay dos eventos que es muy difícil para el mundo negar, y el mundo gasta mucha energía tratando de negar estos dos hechos, estos dos eventos.

El primer evento es la creación, la creación de todo lo que existe. Sabemos el pretexto que está ahora de moda. Sabemos que hay muchos en el pasado: desde dioses que se matan entre sí, y parte de su cuerpo lo convierten en la tierra, otra parte en el mar; mitos así, raros. Pero el mito que está ahora de moda es el darwinismo. Algunos pocos científicos valientes señalan: "Esto es ilógico, es imposible matemáticamente, no tiene sentido; no hay pruebas, no hay evidencia". Pero el mundo se encarga de tratar de callarlos, como si fuera la Santa Inquisición. Es una cosa tremenda ver cuando alguien levanta la voz, o algún científico, y dice: "A mí no me cuadra; me parece que esto tiene cosas imposibles e ilógicas, y ¿dónde están las pruebas?". Los señalan así, como si pensaran que es un brujo o una bruja.

El otro evento es la resurrección. Y en este caso, pues, prefieren ignorarla, o convertirla en una metáfora. Estaba escuchando esta mañana a una teóloga en un programa de radio, y decía: "Bueno, lo importante en realidad no es si hubo una tumba vacía, obviamente; lo que importa es cómo nos sentimos nosotros, y cómo nos hace pensar esta metáfora de una nueva vida". Tratan de ignorar, o de convertir la resurrección en un bonito pensamiento, algo que no tenemos que pensar que pasó literalmente.

Pero lo vemos en la realidad. Con la creación, pues, podríamos hablar mucho de la creación, pero vemos todo lo que existe, y sabemos que no hay una respuesta, no hay una explicación, aparte de esa palabra potente, todopoderosa, del Dios Creador y de Su Hijo Jesucristo, por quien todo se sustenta hasta el día de hoy: las moléculas en cada uno de nosotros. Cada respiro que tomamos es porque Dios nos tiene en Su mano, nos sostiene. Y la resurrección: vemos también esta transformación de muerte eterna, muerte permanente, a la vida eterna. Vemos como una constante en la historia de las culturas —como historiador, antes de ser abogado, me interesa mucho estudiar lo que otras culturas han enseñado, han escrito—, y el centro de cada una de estas culturas es cómo podemos vencer a la muerte, o cómo podemos de alguna forma evitar la muerte, ¿no? Los egipcios con sus pirámides, los faraones; los aztecas con sus sacrificios; los chinos con sus soldados de terracota, que los iban a acompañar en la vida venidera. Pero en la resurrección de Jesús vemos, por primera vez, a alguien —no en un cuadrito en una pared, no en sentido imaginario; en la vida real—, alguien, un cuerpo que podían tocar, que podían palpar, que hablaba, que comía con ellos, que venció a la muerte. No es algo figurativo o metafórico.

El efecto en María Magdalena

Veamos su efecto sobre María Magdalena, María del pueblo de Magdala. ¿Se acuerdan de que ella fue una mujer de la que, dice la Palabra, Jesús expulsó siete demonios? Muchas veces se le confunde con la mujer que llegó a la casa del fariseo mientras Jesús cenaba, y le lavaba los pies con sus lágrimas y sus cabellos. Pero ciertamente lo que le dijo Jesús al fariseo creo que nos da una luz para entender a María de Magdala. ¿Se acuerdan de lo que dijo Jesús? Dijo: "A quien mucho se le perdona, mucho ama". Hemos hablado del arrepentimiento, del perdón. Tenemos que saber: si nosotros estamos pensando: "Bueno, yo soy, pues, un poco mejor que fulana o fulano; yo por lo menos no hago esas cosas; ni siquiera las quiero mencionar", no vamos a amar mucho; vamos a amar poco, como ese fariseo.

Pero María de Magdala era una mujer a quien se le había perdonado mucho, y ella lo sabía. Amaba a Jesús profundamente. Llegó antes que los discípulos, que Pedro y Juan —Juan, que corrió más aprisa; no mencionó su propio nombre, pero era Juan—. Y después de que ellos se regresaron —aunque Juan aún había creído, se regresaron—, María seguía y seguía ahí, llorando. Muchos han señalado que, bueno, pues en ese entonces no se consideraba que una mujer podía ser testigo. Y entonces, pues, es ilógico: si te vas a inventar algo, un relato... Muchos dicen: "Bueno, pues esto lo inventaron los discípulos, o los discípulos de los discípulos, ya cientos de años después; ya se inventaron un relato bonito para convencer de que Jesús era alguien importante". Y bueno, pues muchos nos han dicho, y con mucha razón: si te vas a inventar algo así, pues, bueno, vamos a tener a un personaje importante, ¿no?, a un José de Arimatea, o por lo menos a uno de los…, a Pedro. Y bueno, en principio, pues hubieras borrado esa parte de donde negó a Jesús, ¿no? Esa parte no conviene mucho.

Pero no creo que ese haya sido el único propósito de Dios al aparecer Jesús primero a María. Cuando nos vamos de viaje, o cuando regresamos de viaje, sabemos a quiénes vamos a saludar, ¿no? A veces llegan los niños primero, pero hay un orden de las cosas, ¿verdad? Algunos dicen: "Bueno, pues María lo necesitaba más en ese momento". No; yo creo que Pedro lo necesitaba más que la vida misma; Juan también; imagínense a Su madre. No sabemos exactamente por qué Jesús primero se apareció a María, pero sabemos que un profundo cambio pasó en ella: de una muerte sin esperanzas a una vida cimentada, fundamentada en un Salvador vivo, en un Salvador que había derrotado a la muerte.

Lo que podemos saber sin duda es que esos discípulos no esperaban una resurrección. Lo que menos esperaban: "Bueno, pues alguien se lo llevó; bueno, la piedra la movieron, y había soldados; ¿qué pudo haber pasado?". Pero lo que menos esperaban era la resurrección. Pero cuando Jesús resucitó, pasaron de esa tiniebla, de no tener esperanzas, a tener una esperanza tan firme que nada de lo que sufrieron esos hombres en el resto de sus vidas pudo con esa esperanza, pudo quitarles esa esperanza. Hay muchas evidencias históricas, arqueológicas, textuales, que se han ido fortaleciendo con el tiempo. Hay muchos libros muy buenos, varios; uno que es bastante antiguo, de 1930 —todavía no lo he visto en español, pero seguramente por ahí anda; es de 1930, y ya tiene muchos años—, ¿Quién movió la piedra?, habla de todas estas evidencias, que han ido creciendo con el tiempo. Ha habido muchos ataques, pero estos ataques han servido para fortalecer aún más la certeza que tenemos de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. La verdad es que Jesús es la verdad; no metafóricamente o espiritualmente, sino realmente, sólidamente y literalmente.

Yo soy la vida

Y por último, veamos cómo Jesús es la vida. Hemos visto cómo es el camino: Él es el camino; no nos enseña cómo es el camino, o cómo mejorarnos para llegar a caminar por ese camino; Él dijo: "Yo soy el camino". Como nos dijo que Él es la verdad, nos transforma por esa verdad, porque ya entendemos el mundo de una forma totalmente distinta, con base en la verdad, no en la mentira de Satanás. Y Él es la vida. Creo que es quizás la más obvia, ¿no?, porque Él es la vida: resucitó, ya tiene vida, Él es la vida. Pero nos da vida. Nos da vida en esta vida: sabemos que tenemos un motivo para vivir en esta vida. No somos de los que somos sin esperanza; no, no somos de aquellos. Somos de los que tenemos esperanza en esta vida.

Sabemos que lo que hacemos ahora cuenta para siempre; no en el sentido de que nos vamos a ganar nuestra salvación, no. Dios nos da la oportunidad de hacer nuestro trabajo, nuestro trabajo diario —y esto es muy importante, nuestro trabajo diario—, no importa el trabajo que Dios les haya dado: desde limpiar baños hasta redactar contratos, diseñar edificios, manejar un coche transportando a otros o mercancía, lo que fuera, diseñando software. Dios nos da un sentido en la vida porque Jesús resucitó. Ya no tenemos que temer el avance de los años. Veo a muchos de mis colegas que ya, con el avance de los años, pues uno ve los cambios, y ellos tratan de contrarrestar los cambios y esconderlos. Y digo: no hay nada malo de cuidarse a uno mismo, en el cuerpo, no; no me malentiendan. Pero nosotros sabemos que eso no nos tiene que dar miedo.

Cada día que vivimos es un día más cercano a ver el rostro de Cristo Jesús, a estar en Su presencia. No importa si esta tarde Dios nos llama a Su presencia, o todavía vivimos más décadas —y algunos de los chiquitos, quién sabe, con la tecnología, con la medicina, puedan vivir a más de 100 años de edad; no sabemos—, pero cada día estamos más cerca de la presencia de nuestro Señor, si estamos confiando en Él. Y Él es nuestro sumo gozo; ya todo lo demás lo echamos a un lado, y tenemos esa vida eterna.

La resurrección de Jesús fue distinta a otras resurrecciones. Sabemos: desde Lázaro, el hijo de la viuda de Sarepta, la hija de Jairo, otras resurrecciones. Pero estas personas siguieron con vida, pero siguieron envejeciendo; en algún momento ellos también fallecieron. Pero Jesús no. Jesús es el primero que ya tiene ese nuevo cuerpo, ese cuerpo espiritual, que nos dice Pablo; que no sabemos exactamente cómo es. No sabemos, en el camino de Emaús, o la misma María Magdalena, por qué no lo reconocieron; tal vez hay algo un poquito diferente. Pero sí era suficientemente claro para ellos que era Jesús, era Jesús. No sabemos si cuando llegaba y decía... bueno, estaba cerrada la puerta con llave; no sabemos exactamente qué pasó ahí. Pero sí sabemos que Jesús tenía ese nuevo cuerpo, ese nuevo cuerpo que todos vamos a tener los que confiamos en Cristo Jesús, nos hemos arrepentido de nuestras vanas formas de vivir, y hemos creído en Él, y en Él solamente, para nuestra salvación.

Y ese es el efecto que tuvo esa resurrección en esos discípulos: esos discípulos transformaron el mundo con base en este hecho de la resurrección. Y pasamos a ser hijos de Dios. Por primera vez Jesús dice: "el Padre de ustedes y mi Padre". Jesús había ganado ese puesto para nosotros, de ser hijos de Dios. Esos hermanos en la carne que tenía Jesús no creyeron en Él mientras Él estaba en la tierra; después sí creyeron, y llegaron a ser verdaderos hermanos de Jesús, y verdaderos hermanos nuestros.

Invitación y oración

Si estás confiando en tu propia capacidad para mejorarte, para triunfar, en esta mañana; si piensas que Jesús es, pues, uno de varios maestros que dijeron cosas sabias, confía en Jesús en esta mañana, el único que ha vencido a la muerte. Confía en Él en esta mañana; entrégale tu vida, porque Él es vida, Él es el camino y es la verdad.

Oremos. Padre nuestro, te damos gracias por ese sacrificio que Tú hiciste; no sufriendo Tú mismo en la cruz, sino algo que no nos podemos imaginar como padres: dando a Tu propio Hijo para sufrir por pecadores inmundos, Señor, como nosotros. Te damos gracias porque Cristo nos limpia de todo pecado: si confesamos nuestros pecados, eres fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad. Gracias, Señor, porque Tú lo resucitaste para demostrar esa victoria sobre la muerte y el pecado, en Cristo Jesús.

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