Salmo 34SalmosJosé María Cárdenas
¿Cómo responder ante el miedo?
¿Qué haces cuando tienes miedo? ¿A dónde corres cuando algo amenaza lo que más atesoras: una enfermedad, un temblor, una crisis económica, la muerte? En el Salmo 34, David escribe desde una cueva después de haber respondido al miedo de la peor manera —mintiendo, huyendo y confiando en sí mismo—, y aun así descubre que Dios lo trató con bondad. Este sermón nos muestra que la respuesta cristiana ante el temor no es hacernos los fuertes ni ser optimistas, sino probar y ver que el Señor es bueno en Cristo, el único justo.
Transcripción
Introducción: por qué estamos viendo los Salmos
Buenos días, hermanos. Vamos al Salmo 34, por favor.
Estamos en esta serie viendo salmos que nos permiten entender de una manera más profunda la experiencia de David en su relación con el Señor y su lugar en el plan, en el desarrollo del plan de redención de nuestro Dios. ¿Por qué estamos viendo esto? Porque el rey David es una sombra del verdadero rey, nuestro Señor Jesucristo, quien es el Hijo de Dios y el ungido perfecto de Dios, mediante el cual Dios no solo avanzó su plan de redención, sino que lo llevó a término.
¿Para qué nos sirve ver esto? Los creyentes, al creer en la vida perfecta de nuestro Señor Jesucristo, su muerte y resurrección, estamos unidos a Cristo y estamos seguros de que tenemos la relación que Cristo tiene con el Padre. Por tanto, meditar en la experiencia de David, en su relación con Dios y en su lugar en el plan de redención, nos permite conocer mejor todo lo que tenemos en Cristo, todo lo que tenemos de Dios a través de Cristo.
Hoy estaremos estudiando este salmo escrito por David cuando él experimentó la bondad de Dios en un momento difícil de su vida, en medio de un gran temor, bajo una amenaza latente. Por eso estoy convencido de que estudiar este salmo nos da una instrucción profunda sobre cómo responder cuando tenemos miedo. Y ese es el título de este sermón: cómo responder cuando tenemos miedo.
Hoy quiero convencerte de que en tus más grandes temores necesitas disfrutar la bondad de Dios que Él nos ha dado en Cristo.
Le tenemos miedo a aquello que amenaza lo que más atesoramos
Para pensar juntos, antes de entrar al salmo, quiero que pongas en tu mente algo a lo que le tienes miedo, aquello que es lo peor que te podría pasar. Piensa en algo. No sé, tal vez una enfermedad, crisis económica, un desastre natural. ¿Qué es aquello que no quieres ver antes de dormirte porque te quita el sueño? ¿Qué es eso a lo que le tienes un gran temor? Piensa por un momento, haz una lista en tu mente, y permíteme hacer una definición general que intenta abarcar todo esto que estamos pensando.
Le tenemos miedo a aquello que amenaza lo que más atesoramos. Tú y yo le tenemos gran temor a aquello que amenaza lo que más atesoramos.
El encabezado del salmo: la historia detrás
Con esto en mente, quiero que veas conmigo el encabezado de este salmo. Dice así: «Salmo de David cuando se fingió loco delante de Abimelec, quien lo echó y él se fue».
David está bajo amenaza en esta escena. La vimos juntos: 1 Samuel, capítulo 21 y parte del 22. Jonatán le dice a David que, en efecto, su padre Saúl, el rey de Israel, quiere matarlo. Saúl ahora es una amenaza para David y está poniendo en peligro algo que David atesora: respirar, su vida.
Entonces David huye y va con el sacerdote Ahimelec, y miente para conseguir sustento. No sé si recuerdas: lo engaña diciendo: «El rey me ha enviado, es secreto, no le digas a nadie». Y entonces el sacerdote le da de comer panes que estaban reservados solamente para el sacerdocio. Y es interesante pensar que luego nuestro Señor Jesús usa esa historia para mostrar el cuidado del Padre por su ungido perfecto, por Cristo. Dios está cuidando de David y Dios está sustentando a David. Sí, pero realmente David mintió. David engañó con sus labios.
En ese momento, un siervo de Saúl —Doeg, el edomita, que representa a los enemigos de Dios— escucha lo que dice David, y esto genera un caos total. Los sacerdotes de esta aldea de Nob terminan asesinados a manos de este hombre edomita.
Pero David sigue con el engaño. Él busca armas, y precisamente el sacerdote le dice: «Aquí no hay armas más que esta espada de Goliat —aquel gigante que David asesinó, ¿te acuerdas?—, aquella espada que David menospreció cuando confiaba en Dios. Esa es la espada que tengo». Y David dice: «No hay otra como esa espada. Dámela».
Curioso. David, confiando en Dios, menospreció esa espada y dijo: «Yo no vengo ni con espada, ni lanza, ni jabalina, sino vengo en el nombre de Jehová de los ejércitos». Y derrotó a ese gigante. Pero ahora David, atemorizado, dice: «No hay un arma como esa espada».
De ahí David huye a Gat y en su astucia se mete en más problemas aún. Él se va a Gat, que es una región filistea reinada por un hombre llamado Aquis. El puesto que tenía este hombre ahí se dice «Abimelec». Por eso en el encabezado vimos que frente a Abimelec David se fingió demente: Aquis, su cargo es Abimelec.
Y él recibe a David, y David se da cuenta de que los siervos filisteos lo reconocen. ¿Cómo no lo van a reconocer? Este hombre fue el que mató a su gigante, a su campeón. Y dicen: «¿No es este David, el que mató a sus diez miles?». Y entonces David se toma en serio esa declaración y tiene un gran temor. ¿Qué hace David? Sigue con el engaño. Ahora se finge loco, tira baba por su barba, y entonces Aquis lo ve y dice: «¿Para qué quiero otro loco? Tengo suficientes en el reino». Y lo echa.
Qué manera tan curiosa de librarse de este gran temor. Pero Dios fue el que lo libró. David, a pesar de estar poniendo su confianza fuera de Dios, está experimentando la bondad de Dios.
De ahí David huye y se refugia en la cueva de Adulam. No sé si recuerdas. En esa cueva es muy probable que escriba el salmo que estamos a punto de leer juntos. ¿Quién crees que era su audiencia original? ¿Quién crees que estaba enfrente, muy posiblemente, mientras él escribía este canto de adoración a Dios, al haber experimentado la bondad de Dios? ¿Te acuerdas? Son cuatrocientos hombres endeudados, amargados, tristes, necesitados de escuchar acerca de la bondad de Dios.
Y es muy hermoso pensar en eso. Pero este salmo que David escribe, lo escribe respondiendo de una manera incorrecta al miedo. En resumen: David puso su confianza en sí mismo cuando tuvo un gran temor.
Tres formas en que el mundo responde ante el miedo
Y quiero hacerte pensar un poco más en esto. ¿No se parece a cómo responde el mundo ante lo que le da gran temor, esto que hizo David?
Pensemos en tres formas en las que el mundo, los que no conocen a Cristo, responden ante el miedo.
Responden haciéndose los fuertes: «Este sismo, esto que me amenaza y amenaza lo que más atesoro, no me va a afectar, porque yo soy lo suficientemente fuerte; y si me llega a afectar, me va a hacer más fuerte».
Otra forma de afrontarlo es el optimismo: «Todo va a estar bien. Aunque pasen las cosas malas que temo, todo va a estar bien».
Y otra forma es una ingenuidad selectiva, en donde la persona dice: «Eso no me va a pasar a mí». No sé si has visto cuando alguien dice: «No, pues le dio cáncer a mi tía». Regularmente la persona que escucha dice: «Pero ¿por qué? ¿Fumaba? ¿No hacía ejercicio? ¿Comía lechuga gringa?». Ah, por eso. Es una forma de protegernos de lo que da miedo.
Es como reacciona el mundo constantemente, y es como reaccionó David. El mundo busca formas de sentirse cómodo con aquello que le aterroriza. El mundo busca confiar en sí mismo y encontrar en nosotros mismos la forma de afrontar el temor.
La autoconfianza cristianizada
Pero ahora quiero incomodarnos más. ¿No se parece a la forma en la que tú y yo reaccionamos muchas veces, aun siendo creyentes? ¿No se parece a una forma de cristianizar esta autoconfianza, cuando decimos: «Yo no tengo esos miedos que tú tienes, Chema, porque yo sí busco a Dios. Yo no soy como tú. Yo sí soy un verdadero cristiano. A mí no me da miedo lo que a ti»? O cuando decimos: «Yo camino con Dios, yo sirvo a Dios, a mí eso no me va a pasar. Todo va a estar bien. Yo soy un hijo de Dios, soy un hijo del rey. Eso no me va a pasar a mí».
¿No crees que esa es otra forma de confiar en nosotros mismos, aun rodeando esta autoconfianza con palabras cristianas?
Pero lo importante de este salmo no es cómo David respondió, confiando en sí mismo, sino cómo Dios respondió a esta autoconfianza de David, a este pecado de David. Dios respondió con bondad, y produjo en David una adoración intensa que funciona como una invitación a adorar a Dios, una instrucción del temor de Dios y una garantía del creyente.
La experiencia que David atravesó de la bondad de Dios en medio del pecado funciona como una invitación a la adoración, una instrucción del temor de Dios y una garantía para el creyente. Y eso es lo que vamos a ver juntos.
Tal vez nosotros somos como esos hombres de la cueva de Adulam y necesitamos escuchar la bondad de Dios en labios de alguien que la ha degustado, para convencernos de que en nuestros grandes temores necesitamos aprender a disfrutar de la bondad de Dios en Cristo.
Vamos a orar.
Padre, gracias te damos, Señor, porque nos concedes estar delante de ti como tus hijos en Cristo. Gracias porque sabemos que es tu Espíritu Santo quien nos guía a ti, nos permite experimentarte. Señor, te rogamos que derrames tu amor en nuestros corazones por tu Espíritu mientras estudiamos este texto. En Cristo Jesús, amén.
1) Una invitación a la adoración
Salmo 34.
Es imposible disfrutar de una buena comida sin querer compartirla con otros. Pero es insuficiente simplemente decirle a otros: «Ese café está delicioso, ese corte de carne es incomparable». Tú necesitas que esa persona lo pruebe. Y entonces tu impulso, al disfrutar algo demasiado, es llevarlo a que lo experimente contigo.
En este salmo David está haciendo precisamente eso. Ha disfrutado a Dios y no le basta con que tú sepas lo que él ha vivido. Por eso esto no es simplemente un testimonio de lo que él vivió —aunque sí lo hay, sí, sí hay un testimonio—. Esto es una adoración que nos invita a probar la bondad de Dios.
Vamos a ver del 1 al 3:
«Bendeciré al Señor en todo tiempo; continuamente estará su alabanza en mi boca. En el Señor se gloriará mi alma; lo oirán los humildes y se regocijarán. Engrandezcan al Señor conmigo, y exaltemos a una su nombre».
David, al probar la bondad de Dios, explota en adoración genuina. Mira los elementos de esta adoración: es continua, es bajo cualquier circunstancia, es una adoración que nos lleva a gloriarnos en Dios —lo que significa que nuestro mayor alarde en la vida es conocer a Dios y experimentar a Dios.
David aquí está mostrándonos algo muy evidente. Él fue libertado de su gran temor no por su astucia, sino por la obra de Dios. Así que aquello en lo que se va a gloriar, aquello de lo que va a alardear, no es su astucia para escapar de sus temores, sino el Dios que lo ha tratado con bondad. «En el Señor se gloriará mi alma».
La adoración siempre es comunitaria
Y esto lo motiva a anhelar que otros lo adoren, y nos muestra algo profundo acerca de la adoración: la adoración siempre es comunitaria. Es imposible experimentar la bondad de Dios realmente y adorarlo genuinamente sin querer que otros lo adoren contigo. Por eso Pablo, cuando habla de esta dinámica en la iglesia de Cristo, dice que hablamos entre nosotros con salmos, himnos y cánticos espirituales. Realmente experimentar la bondad de Dios nos lleva a adorar en comunidad.
Una adoración basada en el carácter de Dios
Y quiero que veas que esta adoración genuina está basada en el carácter de Dios y en cómo él experimentó a nuestro Dios. Fíjate en el versículo 4: «Busqué al Señor, y Él me respondió, y me libró de todos mis temores».
Aquí me pregunto: ¿en qué momento lo habrá buscado? Tal vez mientras estaba abriendo la boca y haciendo ruidos extraños y dejando caer baba por su barba, tal vez ahí se dio cuenta: «¿Qué estás haciendo, David?». Y dijo: «Señor, ayúdame». Como decía nuestro hermano Josué, no se esperó a tener una actitud muy espiritual que digamos. Estaba ahí, fingiéndose loco por miedo, pero él dice que buscó al Señor.
Eso nos muestra que realmente la bondad de Dios se experimenta por la gracia de Dios, no porque hagamos algo para ganarnos experimentar su bondad. David buscó al Señor, y el Señor le respondió y lo libró de todos sus temores.
Por eso afirma David: «Los que a Él miraron fueron iluminados; sus rostros jamás serán avergonzados. Este pobre clamó, y el Señor le oyó y lo salvó de todas sus angustias. El ángel del Señor acampa alrededor de los que le temen, y los rescata». Por eso nos invita: «Prueben y vean que el Señor es bueno; cuán bienaventurado es el hombre que en Él se refugia».
David está basando su adoración en el carácter de Dios. Y mira el testimonio. Dice: «Él me respondió, Él me libró. Este pobre clamó, el Señor oyó y lo salvó de todas sus angustias».
Rostros iluminados: la bendición del pacto
Y luego muestra que no es solamente la experiencia que él ha tenido de Dios lo que lo lleva a adoración, sino pensar en cómo Dios ha tratado a todos los que confían en Él. Dice: «Los que a Él miraron fueron iluminados; sus rostros jamás fueron avergonzados». Es decir, aquellos que confían en Dios han sido iluminados por Dios y no han sido defraudados por Dios.
Y esta es una imagen muy poética que simboliza algo que vemos en el Antiguo Testamento. ¿Te acuerdas de Moisés subiendo al monte, a la presencia de Dios, para luego bajar con la ley en unas tablas? ¿Qué tenía en el rostro? Luz. Resplandecía su rostro tanto que él tenía que ponerse un velo. Un rostro iluminado por la presencia de Dios. Está mostrando la elección de Dios, el pacto de Dios, el favor de Dios: una relación establecida por Dios con el hombre, por amor. Eso está representando esta luz en los rostros.
Por eso, cuando nuestro Señor instruye cómo tendría que bendecirse el pueblo de Israel, dice en Números 6: «El Señor te bendiga y te guarde; el Señor haga resplandecer su rostro sobre ti y tenga de ti misericordia; el Señor alce sobre ti su rostro y te dé paz. Así invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré». Qué preciosa imagen.
Entonces, David adora a Dios no solo por lo que él ha experimentado, sino porque sabe cómo Dios es fiel ante todos aquellos que lo miran. Dios les da de su presencia, de su favor, de su amor. En esta relación de pacto, Dios bendice a todo aquel que mira atentamente a nuestro Señor. Ninguno de los que lo miran es avergonzado.
Y nos muestra algo de la adoración: no solamente es cómo tú percibes a Dios, sino que es mirar atrás y ver realmente lo que Dios ha hecho con todos los que temen su nombre. Por eso las Escrituras son aliento a nuestros corazones y ponen palabras en nuestra boca para adorar a Dios. Es fruto de labios que confiesan su nombre. Porque podemos ver a nuestro fiel Dios tratando con bondad a todos aquellos que lo miran. No somos avergonzados.
El ángel del Señor
Pero ahora quiero que veas el versículo 7: «El ángel del Señor acampa alrededor de los que le temen, y los rescata». Y esto apunta a otra realidad hermosa y profunda en el Antiguo Testamento.
Esta presencia y favor de Dios con los hombres con los que Él ha establecido un pacto por amor se manifestó muchísimas veces en el Antiguo Testamento a través del ángel del Señor. Algunos comentaristas piensan que este ángel es simplemente un mensajero que Dios envía a sus hijos, y ministra los corazones de sus hijos, y les muestra la bondad de Dios y la fidelidad de Dios. Y eso es cierto: Hebreos 1:14 dice que los ángeles son ministradores de Dios para sus herederos. Así que esa es una buena hipótesis.
Pero hay otra buena hipótesis que me emociona pensar. Probablemente aquí David no está hablando simplemente de esta manifestación de la bondad de Dios enviada por un mensajero celestial, sino que está hablando de la perfecta manifestación de la presencia y el favor de Dios.
¿Cómo sé eso? En el Antiguo Testamento aparecen varias escenas en donde el ángel de Jehová se encuentra con alguien. Por ejemplo, en Éxodo 3: Moisés está viendo la zarza arder y se acerca porque esa zarza no se consume y el fuego sigue, y entonces ahí se le aparece el ángel de Jehová y habla con él. Y después dice «dijo el Señor»: lo denomina como el Señor, y más adelante lo denomina como Dios. En esta aparición del ángel de Jehová, o del Señor, en el Antiguo Testamento, en Éxodo 3, se está intercambiando el ángel de Jehová por Dios o Señor.
Otra cosa que hay que pensar es que hay momentos donde aparece el ángel de Jehová y la gente lo ve con sus ojos; no simplemente se aparece en fuego, sino que lo ve como una persona. Por ejemplo, está Agar en Génesis 16, o Gedeón en Jueces 6: se aparece el ángel de Jehová como una persona, y ellos lo pueden ver y hablan con él. Y también pasa esto mismo: se intercambia el nombre de «ángel de Jehová» por «el Señor» o «Dios».
Y quiero que veas cómo el Nuevo Testamento nos explica algo revelador de esto. Juan, en Juan 1:18, dice que nadie vio jamás a Dios; el unigénito Dios, que está en el seno del Padre, Él lo ha dado a conocer. Si este ángel de Jehová, que la gente podía ver en el texto, se intercambia por «Señor» o «Dios», Juan nos dice: no podían ver al Padre. Estaban viendo a la segunda persona de la Trinidad; el unigénito Hijo lo dio a conocer.
Así que probablemente David está hablando aquí de la manifestación perfecta de la presencia, el amor y el pacto de Dios con sus escogidos. Esa manifestación perfecta es nuestro Señor Jesucristo.
Y el texto dice que acampa alrededor de los que le temen, como un ejército que se pone alrededor de una ciudad para protegerla. Pero no solo protege, sino que nos rescata. Y esa es la experiencia que tenemos: «Nosotros vimos su gloria, gloria como la del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad». Él caminó entre nosotros, lo vimos, y sabemos que todo aquel que confía en Él está unido con Él y está protegido por el Padre, pues hemos sido rescatados.
Por eso la invitación en medio del temor es a venir a Dios y experimentar su bondad. Con estas palabras: «Prueben y vean». Usen sus sentidos para disfrutar, para experimentar la bondad de Dios, como cuando experimentas y degustas un delicioso bocado.
2) Una instrucción en el temor de Dios
Luego David nos muestra esto, versículo 8: «Cuán bienaventurado es el hombre que en Él se refugia». David quiere que pruebes y veas la bondad de Dios para experimentar la bienaventuranza que trae refugiarnos en Él.
Pero aquí la pregunta es: ¿qué significa exactamente refugiarnos? Y es donde este salmo pasa de ser una invitación a la adoración a una instrucción en el temor de Dios.
En nuestro país tenemos una figura para los migrantes que vienen de un país en situación compleja, que es la residencia por refugio. Y todo refugiado debe someterse al Estado mexicano y a sus leyes. Esto nos da una idea de lo que David quiere decirnos cuando dice que el hombre que se refugia en Dios es bienaventurado: refugiarse en Dios significa someterse a Dios. Como orábamos en la mañana, el temor de Dios significa seguir su camino. Refugiarnos en Dios significa temer a Dios, seguir su camino.
Por eso el salmo cambia el tono, y de pasar a invitarnos a adorar a Dios, ahora nos empieza a instruir en el temor de Dios, pues esto significa refugiarnos.
Los leoncillos
Mira el versículo 9 y 10. Dice: «Teman al Señor, ustedes sus santos, pues nada les falta a aquellos que le temen». Y usa esta hermosa y poética ilustración: «Los leoncillos pasan necesidad y tienen hambre, pero los que buscan al Señor no carecerán de bien alguno». Qué imagen tan hermosa.
Primero nos está enseñando que el temor de Dios viene de la provisión que David ha experimentado. Él fue sustentado en el camino, no por su desempeño ante el temor, sino por la bondad de Dios. Y esta provisión que Dios le dio es lo que infunde temor en él. No lo hace un cínico diciendo: «Puedo pecar y puedo no confiar en Dios. Total, Dios me va a extender bondad». No. Experimentar realmente la bondad de Dios infunde en nuestros corazones temor, pues queremos confiar toda nuestra vida a ese Dios que ha sido tan bueno y amoroso a pesar de nosotros.
Y usa esta imagen: los leoncillos, los cachorros, aquellas crías del animal más poderoso y hábil para cazar; aun ellos tienen hambre y pasan necesidad. Pero nuestro Dios es mucho más fuerte que el león en la selva. Nuestro Dios es suficiente. Nuestro Señor es el autoexistente, el que no necesita de nada ni de nadie. Aquel en quien te puedes refugiar, y saber que, como Él no necesita de nada ni de nadie, tú tampoco necesitas de nada si lo tienes a Él. Los leones tienen que cazar para darle a sus crías, pero nuestro Dios no tiene que cazar. Nuestro Dios no necesita nada, y refugiados en Él sabemos que tenemos todo.
La bondad de Dios conduce al arrepentimiento
Ve el versículo… del 12 al 14. Ve lo que produjo este amor y esta bondad de Dios, esta provisión de Dios. Dice el 11: «Vengan, hijos, escúchenme; les enseñaré el temor del Señor. ¿Quién es el hombre que desea vida y quiere muchos días para ver el bien?».
Interesante esto que vamos a ver. Quiero adelantarte: esta bondad de Dios que le ha infundido temor en el corazón a David produce arrepentimiento. Pablo dice en Romanos 2 que la bondad de Dios, su longanimidad y paciencia, nos conduce al arrepentimiento. Les pregunta eso a hombres religiosos que creen que por su religiosidad y su posición agradan a Dios y alejan el juicio de Dios de sí mismos. Pero Pablo los cuestiona y los confronta y les dice: «No es lo que tú eres o lo que tú haces lo que te ha hecho arrepentirte, sino la bondad de Dios, la longanimidad de Dios —es decir, que Dios permanece bueno— y su paciencia para contigo; eso es lo que realmente te conduce al arrepentimiento».
Y esto es lo que vamos a ver ahora en David. David está diciendo: «Vengan, hijos, les enseñaré el temor del Señor». Y pregunta: «¿Quién es el hombre que desea vida y quiere muchos días para ver el bien?». Conociendo la historia en la que se escribió este salmo, podríamos responder: David es alguien que quiere muchos días, porque está escapando de Saúl, que lo quiere matar. Así que, ¿quién es el hombre que quiere muchos días? David puede decir: «Pues yo». Y tú y yo también.
Cuando suena la alerta sísmica, estoy seguro de que en tu corazón sabes que eres un hombre que quiere ver muchos días. Y si no, pregúntale a la señora que empujaste la última vez que sonó.
¿Quién es el hombre que quiere ver muchos días? David quiere ver muchos días, pero no confió en Dios. Confió en sí mismo, y terminó engañando con sus labios, hablando mentira con su boca. Y esta bondad de Dios que él ha experimentado lo conduce al arrepentimiento y nos enseña del temor de Dios mostrándonos que debemos apartarnos de aquello que él hizo. Y eso es el arrepentimiento: precisamente es ser conducido por la bondad de Dios en la dirección opuesta a nuestro pecado.
Fíjate en el versículo 13: «Guarda tu lengua del mal y tus labios de hablar engaño. Apártate del mal y haz el bien; busca la paz y síguela». ¿No es esto lo opuesto a lo que David hizo, hablando engaño? ¿Sí recuerdas lo que provocó su engaño? Doeg el edomita escuchó, fue con el chisme a Saúl y causó un caos en Nob: murieron más de ochenta sacerdotes. Él no buscó paz; él provocó caos, confiando en sí mismo. Pero la bondad de Dios lo conduce al arrepentimiento, y ahora está mostrándonos que debemos ir en sentido contrario a lo que él hizo.
3) Una garantía para el creyente
Y realmente David, al experimentar esta bondad de Dios, ahora cambia el tono. De la adoración, la invitación a adorarlo, nos ha dado una instrucción del temor; pero ahora nos va a mostrar que esta bondad de Dios realmente es una garantía para los que creemos en Él.
Fíjate, vamos a leer del 15 al 21. Y desde ahora te digo: trata de poner atención en el contraste que va a haber entre el justo y el impío, entre el justo y el que hace las cosas malas. Fíjate, vamos a leer desde el 15 al 20. Dice:
«Los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a su clamor. El rostro del Señor está contra los que hacen mal, para cortar de la tierra su memoria. Claman los justos, y el Señor los oye y los libra de todas sus angustias. Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón, y salva a los abatidos de espíritu. Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas lo libra el Señor. Él guarda todos sus huesos; ni uno de ellos es quebrantado. La maldad dará muerte al impío, y los que aborrecen al justo serán condenados».
¿Viste el contraste? Para los justos: los ojos del Señor están sobre ellos, sus oídos atentos. Los justos claman, Dios los salva. Los justos pueden experimentar a Dios cercano y su salvación. Los justos, en medio de sus muchas aflicciones, pueden estar seguros de que Dios los librará de todas ellas. Los justos pueden saber que sus huesos serán guardados. Los justos pueden saber que aquel que los repudia tendrá consecuencias.
¿Qué podemos concluir con esto acerca de los justos? El justo tiene una relación con Dios. Dios derrama su bondad sobre el justo. El justo puede degustar de Dios. Y esta es una verdadera garantía en medio del temor. Esta relación entre Dios y el justo, por la gracia de Dios, es nuestra garantía.
Recuerda: la pregunta es ¿cómo respondemos ante el miedo? Ve cómo Dios trata al justo. Es nuestra garantía. Dios está cercano, Dios nos escucha, Dios nos defiende, Dios nos protege, Dios nos vindica. Dios hace eso con el justo.
Y el impío
Pero ¿qué es un justo? Antes de ir ahí, quiero que pensemos en el contraste: ¿cómo trata Dios al impío? Versículo 16. ¿El rostro del Señor alumbra el rostro del impío para que no sea avergonzado? No. El rostro del Señor está contra los que hacen el mal. ¿Para qué? Para cortar su memoria de la tierra. Dios, versículo 21, dará muerte y condena al impío.
¿Qué concluimos de esto? La relación entre el impío y Dios está rota por el pecado. Dios está en su contra. Él derramará su ira en contra de ellos, pues los va a exterminar. Ellos no tienen esperanza en medio del temor. Ellos tienen que buscar la esperanza en sí mismos, pues lo que realmente les espera es la muerte y la condenación eterna. El impío, por el pecado, en medio del temor no tiene otra cosa que hacer más que buscar refugios insuficientes, débiles, perecederos, engañosos, ingenuos. Ahí está el impío, ahí está el que hace el mal. Esa es su única esperanza: que es un justo.
¿Qué es un justo?
¿Y cómo podemos nosotros no vivir en esa desesperanza y en ese desánimo? Porque sé que muchos de nosotros hemos creído en el evangelio y sabemos que somos justificados por la fe, pero por algo no estamos experimentando esta relación con Dios. Como veíamos en la mañana: no tenemos ganas. O tal vez pareciera que el evangelio sí nos está defraudando a nosotros, porque en medio del temor yo no siento cercano a Dios. Pienso que mis oraciones no pasan del techo. Abro la Biblia y Dios no me dice nada. Vengo a las prédicas, los anuncios fueron muy largos, entonces ya me estoy durmiendo, y así.
Pero realmente quiero que pensemos: ¿qué es un justo? Un justo es aquel que ha pasado por un juicio y no se ha hallado culpa en él. Es aquel que ha pasado por un juicio y no se ha hallado culpa en él.
Te voy a decir por qué, a pesar de que tú crees en el evangelio y sabes que eres justificado, no estás experimentando a Dios. Déjame decirte qué te falta: te falta asombro. Te falta el asombro que, según este texto, en el versículo 2, solo los humildes pueden tener. Según este testimonio de David, solo los que se reconocen pobres ante Dios y claman ante Dios pueden experimentarlo.
Tal vez sabes perfectamente lo que significa que creer en Cristo te ha justificado, pero ya no te asombra. Ya no te asombra. Porque realmente, cuando piensas en ti como un pecador, siempre hablas en pasado: «Yo era eso. Ahora, no deberías de verme».
Si pudiera verte, si pudieras verme, si pudiéramos ver lo que pensamos ante el temor, nos daríamos cuenta de que nosotros, si pasáramos por una sala de juicio —como David; hace rato lo pusimos un poco en eso: meditamos en lo que él hizo y juzgamos lo que él hizo y dijimos: «No confió en Dios, pecó»—… Si yo pudiera ver tus pensamientos, si tú pudieras ver los míos, tú y yo sabríamos, sin lugar a dudas, que somos culpables ante Dios de no confiar en Él cuando tenemos miedo.
¿Por qué nos trata como justos? ¿Por qué? ¿Basta con arrodillarnos y decir «Señor, perdónanos»?
Quiero que pensemos juntos en cómo Dios trata al impío, para, por la gracia de Dios y por la obra de su Espíritu, ser asombrados otra vez de por qué nosotros podemos tener esperanza en el temor y reaccionar ante el miedo con esa esperanza.
Cristo, el único justo
Otra vez, ve el versículo 16. Dice: «El rostro del Señor está contra los que hacen mal, para cortar de la tierra su memoria».
Jesús en la cruz dijo palabras muy famosas, que aun no creyentes conocen: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». El rostro del Señor ya no estaba en su favor, sino que estaba en su contra. Dios lo abandonó ahí. Isaías 53 dice que Dios borró sus generaciones.
Realmente la herida que tú y yo merecíamos por nuestra culpa indudable e innegable la recibió Cristo. Pero Cristo realmente es el único justo. Es aquel que bajo amenaza no pecó ni respondió con amenazas, sino que encomendó la causa al que juzga justamente. Realmente Cristo es el único que fue tentado en todo, pero sin pecado, y no puso su confianza en sí mismo ni en lo que él podía hacer, sino que se abandonó a la voluntad de Dios y dijo: «Si es posible, que pase de mí esta copa; pero que se haga tu voluntad y no la mía». Él se refugió perfectamente en Dios, sometiéndose a la voluntad de Dios, temiendo a Dios. Él es el perfecto justo. Pero fue puesto en la cruz como si fuera uno de nosotros, como si él no hubiera confiado en Dios cuando se sintió amenazado.
¿No te asombra eso? Ruego a Dios que nos asombre eso. Ruego a Dios que los años en el cristianismo no nos cautericen la conciencia y pensemos que nosotros no merecíamos esa cruz. Ruego a Dios que realmente, cuando celebramos la Cena, veamos que el cuerpo de Cristo fue partido en nuestro lugar, y que eso nos asombre.
Porque Cristo, el único y verdadero justo, fue escuchado por el Padre, y el Padre intervino. El único y verdadero justo puede decirnos y mostrarnos en las Escrituras que no fueron rotos sus huesos. No fueron rotos sus huesos. Aunque lo dejaron sin hermosura en esa cruz, sus huesos no fueron rotos. Y el Padre lo vindicó, condenó a los injustos que lo odiaban, cuando lo resucitó. Jesús resucitó y fue declarado justo y fue declarado Hijo de Dios por esa obra del Espíritu Santo.
Y en esa resurrección está nuestra única esperanza en medio del temor. Porque estamos seguros de que, al ser Él tratado como el impío, al recibir Él la muerte y la condena, nosotros ya no la vamos a recibir.
Conclusión: ¿cómo respondemos ante el miedo?
¿Cómo respondemos ante el miedo? Mira el versículo 22: «El Señor redime el alma de sus siervos, y no será condenado ninguno de los que en Él se refugian».
Esta experiencia de David en medio del gran temor, y la liberación que él experimentó, nos está mostrando algo mucho más profundo acerca de cómo nosotros enfrentamos el miedo. David es una sombra. Cristo experimentó esto de manera perfecta. Él murió. David no murió; David escapó de todo esto que lo angustiaba. Pero Jesús no. Jesús nos muestra que muchas son sus aflicciones, y las aflicciones de nuestro Señor terminaron en un sepulcro. De manera perfecta Él cumplió estas muchas aflicciones, y de manera perfecta Él recibió la salvación de Dios, resucitándolo de los muertos.
Así que esto nos habla acerca de cómo nosotros estamos sufriendo muchas aflicciones y cómo nosotros somos salvados profundamente de esas aflicciones. Sí, muchas veces Dios en su gracia nos evita morir en un temblor. Muchas veces Dios en su gracia permite que esa enfermedad que nos habían dicho desaparezca, que ese ladrón que vino a nosotros se arrepienta y se vaya, que la crisis económica no nos pegue, que el desempleo no nos alcance. Sí, Dios muchas veces muestra su bondad a nuestras vidas así: que salga bien la operación, que la iglesia no quede vacía. Sí.
Pero al considerar a Cristo y el cumplimiento en Él, debemos entender que nuestras muchas aflicciones tienen una liberación y una salvación aún más profunda, que tiene que ver con esto que dice el versículo 22: ninguno de los que se refugian en Él será condenado. La salvación que experimentamos en medio de nuestra aflicción en este mundo caído tiene que ver con que no estamos condenados; y, experimentemos lo que experimentemos, podemos mirar al justo que fue por los injustos para llevarnos a Dios, y descansar, sabiendo que los sufrimientos presentes no se comparan con la gloria que ha de venir.
Sabiendo que sí: hoy nos aterroriza la enfermedad, los desastres naturales, el pecado, nuestro propio pecado; todo eso nos aterroriza, hermanos. Pero un día estaremos sin más pecado, sin más muerte, sin más dolor, sin más estorbos, disfrutando y gustando a nuestro Dios de manera perfecta.
¿Cómo respondo ante el miedo? Recuerda lo que Cristo ha ganado por ti en la cruz, y recibe toda la bondad de Dios a través de Él. El ángel de Jehová realmente acampa alrededor de los que le temen y nos defiende; pero no solo nos defiende, sino que nos ha rescatado. La realidad asombrosa de nuestro bendito Salvador Jesucristo es suficiente para responder ante todas aquellas cosas que nos aterrorizan.
Ven y prueba
Si tú estás aquí y no has experimentado esta bondad, no tienes que hacer muchas cosas. Incluso si llevas años viniendo a la iglesia —muchos años—, tienes un cargo en la iglesia o te encargan cosas, eso no es lo que te hace experimentar la bondad de Dios. La bondad de Dios se experimenta por la gracia que hemos recibido en Cristo.
Y si tú no lo has experimentado… Como David, adora a Dios reconociendo sus atributos, invitándote a que pruebes y veas que realmente Dios es bueno. Si tú en tu vida no estás viendo esta adoración que te lleva a invitar a otros a adorar a Dios, y que quieres que otros lo adoren contigo, sino más bien estás muy cómodo siendo ese cristiano que viene, escucha y se va —«no me importa adorar con otros»—, tal vez la bondad de Dios no ha pasado por tus sentidos.
¿Qué tienes que hacer? Solo ven. Solo ven, prueba, ve la bondad de Dios. Te lo ruego: ven y prueba la bondad de Dios. Degústala, experiméntala profundamente en medio de eso que te aterroriza.
Tal vez dices: «No, es que yo prefiero estar solo, porque en la iglesia me han lastimado». Okay, tienes miedo al dolor. Bueno, en medio de ese dolor, experimenta la bondad de Dios.
Tal vez ni siquiera habías escuchado esto y dices: «Sí, me identifico. Yo, cuando tengo miedo, prefiero ser ingenuo, prefiero ser optimista, prefiero hacerme el fuerte». Deja eso. Solo deja eso y ven. Ven, prueba a Cristo, prueba su bondad. Créeme: «El Señor redime el alma de sus siervos, y no será condenado ninguno de los que en Él se refugian».
Oración final
Padre, gracias por tu Hijo. Gracias por tu presencia entre nosotros, tu favor, tu bondad y tu amor inmerecido. Gracias por poner a tu Hijo en nuestro lugar en la cruz. Gracias porque la condena y muerte que merecíamos, Él la recibió.
Asómbranos, Señor, con esta realidad. Concédenos ver que Él es el único justo, que tú lo vindicaste en su resurrección, para que todos los que ponemos nuestra confianza en Él seamos iluminados, no seamos defraudados por ti, para que tú acampes a nuestro alrededor y nos defiendas.
Señor, rescátanos una vez más. Permítenos una vez más probar y ver tu bondad, a los que ya te conocemos, cada vez más, cada vez más profundamente. Ayúdanos a dar ese siguiente paso.
Y te ruego por los que no te conocen: que este tiempo estimule sus corazones a venir y probar y ver que realmente tú eres bueno, y que realmente somos bienaventurados los que en ti nos refugiamos. En Cristo Jesús, amén.
Escúchanos
Ven un domingo
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