Iglesia Evangélicade Cuajimalpa

Salmo 18SalmosAlfredo Carrillo

Cristo Rey Victorioso

¿Dónde buscas refugio cuando la vida no marcha como creías que debía marchar: en tu dinero, en tu salud, en tu reputación, en tus amigos? David pasó veinte años huyendo y escondiéndose, y aun así comenzó el Salmo 18 diciéndole a Dios "Te amo", con la misma palabra entrañable que una madre le dice a su hijo. En este mensaje sobre el Salmo 18, Alfredo Carrillo nos muestra cómo la vida de David apunta a Cristo, el Rey victorioso que descendió a rescatarnos, cuya justicia perfecta nos es imputada y cuyas manos limpias son las que Dios el Padre ve en lugar de las nuestras.

Transcripción

Introducción: un salmo que resume la vida de David

Buenos días. Me encanta un salmo que también dice: "Estad quietos y conoced que yo soy Dios". Estemos quietos y conozcamos quién es Dios a través de su palabra.

Este salmo es muy largo, y voy a tratar de ser lo más claro posible con todo este salmo. Como nuestro hermano Jonatán nos comentó, hemos estado estudiando sobre la vida de David en el libro de Samuel, y continuará: ya estamos casi al final del primer libro, y va a continuar en 2 Samuel también, todo lo que resta de la vida de David.

En este salmo vamos a encontrar como una especie de resumen de toda la vida de David. Este salmo también es prácticamente —si recuerdan algunos— idéntico a 2 Samuel 22. Tiene 55 versículos, creo, en Samuel, o 51, no me acuerdo; pero está idéntico. O sea, cambia una que otra palabra, pero está idéntico en el libro de 2 Samuel, capítulo 22.

Este salmo probablemente David lo compuso durante su juventud; y este canto, ahora en el Salmo 18, pareciera que ya está en su vejez. Regresándonos al capítulo 22 de 2 Samuel, David ya estaba avanzado en edad y estaba haciendo como una retrospectiva de su vida: de lo que Dios había hecho en su vida, de cómo lo había salvado de sus enemigos, cómo fue protegido, cómo fue consolado, cómo le fueron dadas las promesas a David.

Y en ese sentido de las promesas, también podemos recordar que en el segundo libro de Samuel, en el capítulo 7, viene la promesa del Mesías. Entonces, recordando también este capítulo 7 de 2 Samuel, tenemos que tomarlo en cuenta para poder entender también este Salmo 18, para no dejar fuera esta promesa, esta profecía de que del linaje de David iba a venir este Mesías Salvador.

Y este mensaje lo he intitulado "Cristo, el Rey victorioso". Al igual que David, Jesús es el Rey victorioso. Estamos en el "ya, pero todavía no", pero va a haber un momento en que definitivamente va a ser el Rey definitivo en victoria, hablando escatológicamente. Entonces, vamos a ver cómo, a través de este resumen de la vida de David en este salmo, podemos ver las promesas para preservar la línea mesiánica. Y no descansa en la fidelidad de David, sino que la promesa del Mesías descansa en la providencia de Dios y en su fidelidad al pacto.

¿Dónde buscamos refugio?

Ahora, la humanidad por naturaleza siempre está buscando refugio en cualquier otro lugar, menos en Dios. Aun como cristianos, aun como cristianos, buscamos otro refugio en ciertos momentos de nuestra vida por los cuales estamos pasando: momentos difíciles, y no solamente espirituales. Pasamos momentos difíciles en lo económico, en lo moral, y en muchos ámbitos de nuestra vida pasamos momentos difíciles, y a veces no recurrimos a quien es la roca de nuestra salvación.

Hace ocho días hablaba Nathan de la roca, y hemos estado escuchando sobre esta frase de la roca en la cual debemos estar cimentados, ¿verdad? Pero nuestra humanidad es pecaminosa, nos lleva a buscar este refugio en otras cosas, ¿no? Llámese finanzas, llámese nuestra salud. A veces damos por sentado que estamos saludables, que no nos vamos a enfermar; yo a veces no quiero ir al doctor a hacerme análisis, porque digo: "No, me van a decir que estoy enfermo de esto". Pero la vida no está comprada.

Y a veces descansamos en esas cosas. Descansamos también en la aprobación pública, en lo que piensan de mí. Y muchas veces en la iglesia nos conducimos así: me he visto de tal o cual manera para que vean que soy un gran cristiano; hablo con muchos términos teológicos para que vean cómo estudio la Biblia. Mi reputación. Puedo descansar también en las relaciones que tengo, en mi círculo de amigos: "Tengo muchos amigos, soy muy popular, y cuando tengo problemas quiero recurrir a ellos; ellos son los que me darán la solución a mis problemas". Está bien, para eso es la iglesia, para que podamos llevar las cargas los unos por los otros. Pero a quien debemos recurrir en primera instancia, sin dudarlo, es al Señor.

Pero esto solamente puede ser cuando tenemos una comunión muy estrecha con nuestro Dios. A veces no tenemos esa comunión, y por eso es que no recurrimos como David. Vamos a ver, más adelante, al empezar a leer este salmo, que David nos enseña aquí que están estos refugios: no los refugios terrenales, que son como la arena —como dice esa parábola, el hombre que construye sobre la arena y se derrumba—, sino la roca que permanece.

El título del salmo y las cinco partes

David comienza este salmo diciendo: "Te amo". Pero quiero leer el título de este salmo; es un título muy largo también. Dice: "Para el director del coro". ¿Quién es el director del coro? El director del coro es Dios. Dios es el que va a dirigir cada una de nuestras vidas; Dios es el que dirigió la vida de David. "Salmo de David, siervo del Señor". Se presenta David como su siervo. Luego dice: "El cual dirigió al Señor las palabras de este cántico el día que el Señor lo libró de la mano de todos sus enemigos y de la mano de Saúl".

Y dice así. Vamos a empezar a desglosar este salmo, y lo vamos a dividir en cinco partes. La primera parte, el primer punto, es el pacto: vamos a ver cómo David tiene un pacto con el Señor. El punto número dos: David expone en este salmo la condición humana. El punto número tres: el rescate. El punto número cuatro: la justicia. Y por último, el punto número cinco: la victoria que Dios le da a este rey.

1. El pacto (Salmo 18:1-3)

Y dice así, del versículo 1 al 3: "Yo te amo, Señor, fortaleza mía. El Señor es mi roca, mi baluarte y mi libertador; mi Dios, mi roca en quien me refugio; mi escudo y el poder de mi salvación, mi altura inexpugnable. Invoco al Señor, que es digno de ser alabado, y soy salvo de mis enemigos".

"Yo te amo, Señor". Dice así. La palabra que David usa —"te amo"— no es la palabra que típicamente se utilizaba para expresarle este afecto a alguien, ese afecto sentimental a alguien, ¿no?, como "amo a mi esposa", "amo a mis amigos", "a mi hija", "a mi hijo", "te amo". Esta palabra de amor que usa David es una palabra que se usaba cuando la mamá le decía a su bebé o a su hijo: "Te amo". Los papás tenemos una conexión con los hijos, pero la de las mamás es una conexión más profunda. Es una conexión entrañable, porque lo tuvieron ahí nueve meses. Y ese es el amor que siente David hacia Dios cuando lo exterioriza: él lo ama. Esta conexión entrañable, visceral, de tal cercanía, que David empieza alabando a Dios, que lo ama por lo que es.

David había vivido veinte años, más o menos, como fugitivo: todo el tiempo huyendo, escondiéndose. Era un hombre que en algún momento lo había perdido todo, como hemos estado estudiando. Estuvo desterrado, fue a vivir entre las peñas, perdió su seguridad, perdió su juventud: veinte años escondido. Es como si estuvieras encarcelado; como si el día de mañana llegaran a tu puerta y te tocaran con una orden judicial y te llevaran al reclusorio y te dijeran: "Sentenciado, veinte años"; y tú tienes treinta, y vas a salir de cincuenta, ya viejo.

Pero a pesar de todo, David se mantuvo firme en el Señor, y en su tiempo Él lo libró. Cuando tienes esta comunión íntima y estrecha con el Señor, puedes expresar esto: "Te amo, Señor". Cuando estamos pasando por estos problemas que Dios permite en nuestra vida, podemos decir: "Te amo, Señor. Perdí mi trabajo: te amo, Señor. Perdí mi casa: te amo, Señor. Perdí amigos: te amo, Señor. Perdí hermanos: te amo, Señor". ¿Cómo está tu comunión, como para decir "te amo, Señor" cuando la vida no marcha como crees que debería marchar, así como David?

Entonces comienza diciendo "te amo" al Dios que lo liberó; no solo por rescatarlo de su prueba, sino por todo lo que hizo en su vida a su favor: cómo lo liberó para convertirlo hasta ser ese rey que tenía que ser.

Y cuántas veces pasamos pruebas, o alguien nos traiciona, alguien nos difama, no tenemos salud, no tenemos dinero, no tenemos trabajo, y nos amargamos. Ya no queremos saber de nadie ni de nada. Nos amargamos. David no se amargó contra Dios. Y a veces peleamos con el Señor: "Señor, yo toco en la alabanza; Señor, yo predico; Señor, yo tengo este ministerio: ¿por qué permites esto en mi vida?". Sin embargo, David no lo hizo. Él no sabía cuándo iba a ser rescatado. Veinte años. Y a veces queremos las cosas ya, mañana. David no se amargó contra el Señor diciendo: "Bueno, ya era hora que me liberaras". No. Cuando se nos solucionan nuestros problemas, así decimos: "Señor, vaya, ya te habías tardado". En cambio, él estaba agradecido de que los años habían servido; de que toda esta etapa por la cual David pasó había hecho en él algo bueno y necesario en su vida para ser ese rey que Dios quería que fuera para su pueblo.

También vemos aquí cómo David resalta la inmutabilidad de Dios y su autosuficiencia, y nos da algunos atributos de Dios. Dice que Él es su roca, su baluarte —que es como un castillo—, su libertador, su fortaleza. Pero también es su fortaleza no solamente en fuerzas, porque también le dio fuerzas físicas a David; dice que también su fortaleza, como defensor o protector, es su escudo.

Esta palabra "escudo" me gusta mucho —cuando estaba estudiando—, porque normalmente tú ves las películas de los espartanos o de los romanos, esas películas de guerras épicas, y ¿de qué tamaño son los escudos que traen? Los tapan casi todos, ¿no? Yo quisiera saber si de veras, con ese tamaño de escudo y una espada que pesa, no sé, cincuenta kilos, puedes moverte. La palabra que usa aquí David, "escudo", se refiere a un escudo chiquito. Yo creo que más chiquito que el del Capitán América, porque se refiere a que Dios es un escudo activo, en movimiento, para que en nuestras batallas podamos nosotros esquivar fácilmente los dardos de los enemigos. Es su escudo, el poder de su salvación, el alto refugio.

Habíamos visto en el Salmo 121, dice: "Miro a los montes; ¿de dónde vendrá mi ayuda?". Él es el alto refugio, y Él es la altura, la longitud, la profundidad, la anchura. Eso está expresando David en estos primeros tres versículos. Y comienza este salmo con esta alabanza al Señor por todo lo que había hecho.

Cristo es la roca de nuestra salvación. ¿Tú lo crees? Amén. Si tú no has puesto tu fe en Cristo, hazlo. No te voy a decir que tus problemas se van a acabar, pero vas a tener a alguien a tu favor para poder ser librado de estos problemas, de estas situaciones. Cristo es la roca de nuestra salvación, pero también Cristo es la roca del pacto.

Dice que el Señor es su roca y su baluarte. David sabía que esto era cierto y lo creía por fe. Él no sabía que de él iba a nacer el Mesías; más sin embargo, él lo creía por fe. Y David cantaba este canto desde que le dieron, digamos, esta promesa, desde esa perspectiva sobre la cual la iglesia está edificada, que está en 1 Corintios 10:4: Cristo es la roca y el fundamento de la iglesia.

Y me encantan los Salmos, porque podemos hacer un tipo y un antitipo, o una tipología, entre David y Cristo. Contrastes. Jesús, como David, durante su vida terrenal no usó su poder a su favor. Él podía haber mandado llamar ángeles para que lo libraran de esa cruz, de esa muerte, de ese castigo, de ese juicio. Sin embargo, Jesús no usó su poder divino de forma egoísta, sino que vivió en la misma condición de dependencia que David. Jesús recurrió al Padre, confiaba en Él y era obediente a Él en su humanidad. Él confió en el Padre, Él dependió del Padre; confiaba ciegamente en el Padre, como David, y sabía que el Padre lo rescataría de la muerte, también a Jesús, su Hijo. Tal como Dios rescató a David —David fue rescatado y librado de la muerte—, Jesús fue rescatado y librado de la muerte. No quedó en esa cruz.

2. La condición humana (Salmo 18:4-6)

Punto número dos: la condición humana, nuestra condición humana, que expone David en los versículos 4 al 6. Dice: "Los lazos de la muerte me cercaron, y los torrentes de iniquidad me atemorizaron; los lazos del Seol me rodearon, las redes de la muerte surgieron ante mí. En mi angustia invoqué al Señor y clamé a mi Dios; desde su templo oyó mi voz, y mi clamor delante de Él llegó a sus oídos".

"Los lazos de la muerte me cercaron". David experimentó estos lazos de la muerte. Cuántas veces no fue perseguido por Saúl mismo, con todo su ejército, y no iban dispuestos solamente a aprehenderlo, a apresarlo y a llevarlo a un calabozo: iban dispuestos, donde lo encontraran, a quererlo matar. David experimentó estos lazos de la muerte. Estuvo al borde de la muerte, de una muerte física. Pero Dios lo salvó de ella.

Y estas imágenes de los lazos de la muerte, del Seol, tipifican también nuestra condición de muerte espiritual. Cuando no conocemos a Cristo, experimentamos estos lazos de la muerte. Estamos al borde de la muerte. El enemigo, que es Satanás, el pecado, en algún momento nos estuvo acechando a tal grado que estábamos al borde de la muerte, y experimentamos esa sensación de estar perdidos.

Y David describe estas dos amenazas, ¿verdad?: la amenaza de la muerte, y dice "y torrentes de iniquidad". Esa yo creo que es una prueba muy fuerte: el saber que eres perseguido para que te maten, ¿verdad? Y a veces nos atemorizamos cuando nos hablan por teléfono, en una de estas llamadas de que te van a secuestrar. Yo sé que no es fácil cuando alguien te llama y te dice: "Te voy a secuestrar", ¿verdad? Pero, como David, confiemos también.

Dice aquí este salmo... Aunque David era un verdadero guerrero, como cualquier hombre de esa época, también era como cualquier otro hombre que tenía temor. Él era muy diestro, y quizás con su honda otra vez podía matar a otro gigante; más sin embargo, él tenía temor, y tuvo temor de la muerte, y por eso es que recurrió al Señor y clamaba a Él. Estaba preocupado por los ataques del enemigo.

Jesús pasó lo mismo. Así como David, Jesús clamó ante el peligro de la muerte. Jesús clamó en el huerto de Getsemaní. Él sabía, cuando fue a este lugar a orar, él sabía que iba a morir. Y Jesús clamó al Padre para que lo librara de la muerte, pero decía que no se hiciera su voluntad. Me imagino la desesperación de Jesús, la presión. Él estaba ya experimentando la muerte física, pero también la muerte y el ataque del enemigo espiritual. No estoy diciendo que Jesús haya tenido muerte espiritual, pero había un ataque espiritual a causa de lo que iba a suceder, porque su muerte iba a ser real. Cristo entró físicamente al Seol y resucitó al tercer día.

Cristo experimentó estar bajo las aguas de este juicio divino, así como David. En la cruz, Cristo cargó con la ira divina y el castigo que nosotros merecíamos. Cristo experimentó la más profunda angustia antes de ir a la cruz y en la misma cruz, por nosotros, por los que habríamos de ser rescatados.

El hombre que no tiene al Señor está sumergido en las aguas profundas también del pecado, al borde de la muerte, completamente incapaz de librarse por sí mismo. Y esa es la razón por la que predicamos el evangelio: para que el Padre, que es la roca y el refugio de salvación, pueda rescatar a aquellos que no conocen al Señor.

Y en este mismo sentido en que David estaba buscando ser librado de la muerte, Jesús voluntariamente cargó con estos lazos de la muerte. David fue librado de la muerte porque él buscaba ser librado de la muerte; Jesús voluntariamente fue a la muerte, y a su vez fue rescatado por el Padre de la muerte, para poder resucitar al tercer día y para que su obra en la cruz tuviera validez y sentido.

Él sufrió la hostilidad de los pecadores. Así como David sufrió la hostilidad de los pecadores, Jesús sufrió la hostilidad de los pecadores también, por nosotros. Él sufrió el desamparo judicial de su Padre en la cruz. También a Él se le imputó nuestro pecado, y a nosotros nos imputó la justicia que no merecíamos. Esto es lo que se llama la doble imputación.

3. El rescate soberano de Dios (Salmo 18:7-19)

Punto número tres: el rescate soberano de Dios. Dice así: "Entonces la tierra se estremeció y tembló, los cimientos de los montes temblaron y fueron sacudidos, porque Él se indignó". No voy a leer todo. "Entonces la tierra se estremeció y tembló... También inclinó los cielos y descendió... Extendió la mano desde lo alto —dice David— y me tomó; me sacó de las muchas aguas".

Y aquí David describe cómo Dios fue soberano en su vida, cómo en su soberanía Dios actuó; describe cómo Dios alteró el cosmos, en un sentido. Y es esta metáfora, quizás refiriéndose al rescate del pueblo también, cuando lo sacó de Egipto: Dios alteró el orden cósmico, se abrió el mar, ¿verdad?, convirtió las aguas en sangre, y así varios sucesos: relámpagos, nubes oscuras... para rescatar a un solo hombre, dice David en este salmo. Y esta es la soberanía de Dios: Él actúa así, Él puede hacer a su voluntad estos movimientos, estos actos.

David también describe su estado indefenso ante un enemigo poderoso, y es Dios el que tiene que descender del cielo con esa soberanía absoluta, y lo salva. Y esta metáfora me gusta, porque Cristo también descendió del cielo, como el Padre, para rescatarnos. Cristo descendió con esta soberanía también absoluta, al ver nuestro estado indefenso ante el poderío del pecado. Él descendió de lo alto para extender sus brazos en la cruz y así salvarnos del enemigo poderoso.

Versículos 16 y 17. David nos habla de cómo fue la liberación y su rescate. Dice nuevamente: "Extendió la mano desde lo alto y me tomó; me sacó de las muchas aguas".

David reconoce sus destrezas militares, su astucia y su fuerza física; reconoce también que eran inútiles, que estas habilidades y esta fuerza física no lo podían librar de Saúl. Más sin embargo, él confió en el Señor. Sus enemigos superaban a David en número, y no solamente en número, también en fuerza. Pero fue rescatado. La victoria de David ante sus enemigos no dependía de su habilidad militar, no dependía de su fuerza, sino que dependía de la total dependencia del Señor —como al principio dice este salmo—, del Señor, que es más fuerte que cualquier opresor. En eso puso su dependencia David; así ponemos nuestra dependencia nosotros en el Señor. David fue un pecador rescatado por la gracia divina en medio de batallas terrenales.

Cristo sufrió la muerte en la cruz no para rescatar a un solo hombre; Cristo sufrió la muerte en la cruz para rescatar a muchos: a los que iban a ser elegidos, a los que pusieran su fe en Él. Y Él libró una gran batalla espiritual a favor de los que tenía que rescatar. El orden cósmico también fue alterado por el Padre cuando Jesús hizo este rescate. Dice en Mateo 28:2 que el cosmos fue alterado; también hubo un terremoto, las nubes se oscurecieron, hubo rayos. Cuando el Padre resucitó a Jesús, el cosmos fue alterado también. La muerte no pudo retener al Autor de la vida. Y es lo que celebramos cada mañana: Jesús muriendo voluntariamente para salvar a otros de la muerte, pero a su vez el Padre actuando para rescatar a su Hijo también de la muerte, y resucitarlo al tercer día, y declararlo victorioso a favor de nosotros.

También Dios rasgó los cielos, conmovió la tierra y levantó a Cristo, ¿verdad?, de las garras de la muerte, venciéndola para siempre. En eso tenemos que confiar; en eso está nuestra fe. Y esta resurrección es el acto único de Dios con el cual irrumpe en la historia. Jesús fue el único hombre santo que no necesitó ser rescatado del pecado. Fue rescatado de la muerte física, mas no rescatado del pecado, sino que Él rescató a la humanidad del pecado. Nadie puede aportar nada para su salvación; si no es a través de Cristo, solamente Él es el que lo puede hacer.

4. La justicia (Salmo 18:20-24)

Número cuatro: la justicia. ¿Qué dice David en este salmo acerca de la justicia? Dice: "El Señor me ha premiado conforme a mi justicia; conforme a la pureza de mis manos me ha recompensado".

Y yo, cuando leía este salmo, yo decía: "¿Qué orgulloso, David... o qué humilde?". Dice: "El Señor me ha premiado". No me imagino a algún hermano que diga: "Ah, me va bien porque el Señor me ha premiado, ¿verdad? Me ha premiado porque soy justo; conforme a la pureza de mis manos me ha premiado, y por eso me va bien. O fui rescatado, o ya no me permitió este problema, porque me encontró justo y puro". Pareciera que David no era muy humilde, ¿verdad?, al decir que Dios lo premió conforme a su justicia, como si fueran sus propios méritos.

Y por otro lado, también dice más adelante que él era íntegro. ¿Cómo podía David alegar esta integridad si fue un pecador, un adúltero? Bueno, David está hablando aquí en el sentido de que no habla de la perfección sin pecado ante Dios, sino de la rectitud de la causa de David frente a las acusaciones e injusticias de sus perseguidores. David no está diciendo que no tiene pecado ante Dios, sino que en el conflicto específico con sus agresores él mantuvo una actitud, ¿verdad?, correcta, sin devolver mal por mal. Y eso lo vimos cuando encuentra al rey Saúl en esta cueva, y le decían los demás: "Mátalo". Y él dijo: "No, Dios me libre de matar al ungido". Él actuó rectamente.

La justicia de Dios es de Dios. Él es el único juez imparcial que observa la conducta humana y actúa a favor del oprimido que camina en integridad. A veces la gente nos causa mal, y a veces no actuamos como David: no somos íntegros y queremos tomar la justicia por nuestra propia mano. Tienes enemigos: ¿cómo actúas contra ellos? ¿Esperas la justicia de Dios? Pero la justicia de Dios no es decir: "Señor, trata con su vida". Ahí Él sabe; Él sabe en su momento qué justicia aplicará. Para nosotros también, cuando tenemos situaciones, cuando se rompe la comunión con algún hermano, quizás la justicia que nosotros pedimos para aquel podría ser la justicia que nos va a dar también a nosotros el Señor. Él es el que hace la justicia. Él es imparcial. Él es el único juez. Él es el único que puede juzgar tu pecado y hacer justicia.

Pero ¿quién es el hombre perfectamente justo que puede reclamar que Dios lo libró por su limpieza de manos? Hoy en la mañana Martín nos compartía y hablaba un poco de esto: ¿qué te impide tomar la Cena del Señor? A veces nuestro propio pecado nos hace sentir que no somos justos —en el sentido de que la justicia viene de Jesús, no de nosotros—, y nos tomamos un tiempo para ponernos a cuentas con el Señor, si es que no lo hemos hecho, y poder participar de los símbolos de la Cena. Y por otro lado, nos creemos tan justos como para decir: "Ah, yo sí participo de la Cena; jamás he pecado. O yo no tengo pecado. Yo estoy bien, tú estás bien, todos estamos bien".

¿Quién es el hombre perfectamente justo que puede reclamar que Dios lo libró por su limpieza de manos? ¿Quién llega aquí cada día delante del Señor y dice: "Ve mis manos: hasta relucen y resplandecen de limpieza, libres de pecado"? Solo Jesús. Él es el que posee una justicia absoluta, perfecta y sin pecado. Él es el único hombre con la santidad de Dios. Y por esa gracia soberana de Dios, ¿verdad?, la justicia perfecta de Cristo nos es imputada.

Hermano, confía en la justicia de Cristo a favor de ti. Si tienes una situación, pide perdón al Señor y ven a Él; acércate a sus pies. No te victimices, pero tampoco te enaltezcas. No es por ti, no es por cómo te mueves, por lo que dices, por cómo vistes: es por la gracia soberana de Dios que tenemos esta justicia imputada. Romanos 5:19 dice: "Porque así como por la desobediencia de un solo hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos".

Cristo es el único hombre cuyas manos fueron perfectamente limpias. Y eso es lo que Dios el Padre ve en nosotros: la persona de Cristo. Dios el Padre no ve nuestras manos: ve las manos perforadas de Cristo en las nuestras. ¿Crees esto? Así es como David expresaba esta justicia que él tenía: no por sus méritos, sino que también apuntaba a los méritos de Cristo, en un sentido.

Dice Juan Calvino —voy a citar algo que dijo él—: "Dios mira las manos de los santos como limpias, porque la justicia perfecta de Cristo les es contada como suya, cubriendo y perdonando sus imperfecciones". Yo tengo manos imperfectas, pero Cristo las cubre.

5. La victoria del rey (Salmo 18:31-50)

Punto final, número cinco: la victoria del rey. Y este salmo me encanta porque empieza con unas alabanzas —empieza alabando a Dios Creador, a la roca— y termina alabando al Creador. Esto es una doxología al final. Y solamente voy a tomar algunos versículos. Dice: "Pues ¿quién es Dios fuera del Señor?... Por tanto, yo te daré gracias, oh Señor, entre las naciones".

Dice David, describe en el versículo 34, cómo el Señor lo preparó para las guerras, con las armas, militarmente, ¿verdad? Hablaba de un escudo de bronce, que Dios le dio las fuerzas para estirar el escudo de bronce. Y medio me metí a estudiar, y había escudos de madera y había escudos de bronce. El de madera obviamente era más fácil de jalar, pero un escudo de bronce necesita gran fuerza para hacerlo. Sin embargo, Dios lo adiestró.

David está reconociendo que sus victorias militares proceden del Dios del pacto, no de sus habilidades. Quizás era muy bueno estratégicamente hablando, militarmente hablando, en lo que hacía, en su destreza, en su fuerza; más sin embargo, las victorias de David proceden del Dios del pacto, no de lo que él hacía o de lo que él era.

Pero también David apunta hacia Cristo. David apunta hacia un rey definitivo que vence a los enemigos espirituales. Este rey definitivo es Cristo, quien recibe el poder perfecto del Padre para vencer las fuerzas del mal. David usó armas físicas, derramó sangre de sus enemigos y adiestró sus manos para la guerra militar —dice este salmo—; Jesús usó armas espirituales, derramó su propia sangre por sus enemigos y venció mediante la sumisión y el amor.

Bajo la soberanía de Dios, los enemigos se rinden, dice David en los versículos 44 al 45. Y esto también, en un sentido, está apuntando —en un sentido escatológico— a que va a llegar un momento en que los enemigos de Dios también van a ser sometidos y se van a rendir. Ahorita hay una lucha en el cosmos espiritual, en donde está siendo vencido el mal, pero no definitivamente. Pero va a llegar un momento en que Dios va a vencer a sus enemigos y los va a tener bajo sus pies, definitivamente.

Él sostiene a su iglesia en la lucha contra el pecado —nuestro Cristo—, contra la lucha del pecado y las tinieblas. Él adiestra a su iglesia para la conquista y el sometimiento de sus enemigos. ¿Cómo los adiestra? Con el evangelio. Jorge Vera y otros más: Dios los está adiestrando para esta batalla que van a librar en los hospitales, esta batalla espiritual para someter al enemigo del pecado. Así es como Dios adiestra a su iglesia para esta batalla. Nos adiestra, pero también nos adiestra para las propias batallas espirituales que tenemos con nuestro propio pecado. ¿Quién no tiene pecado? No levanten la mano. Si dices que no tienes pecado, también dice Juan que lo haces a Él mentiroso. Pero Dios nos capacita, como a David, para librar estas batallas contra las huestes espirituales.

En los versículos 49 al 50, por último, dice que hay un alcance del reino. Dice, en esta doxología entre los versículos 49 y 50, el rey alabado entre las naciones: "Por tanto, te daré gracias, oh Señor, entre las naciones, y cantaré alabanzas a tu nombre. Grandes victorias da Él a su rey, y muestra misericordia a su ungido, a David y a su descendencia para siempre".

El apóstol Pablo cita precisamente este versículo, el versículo 49, específicamente en Romanos 15:9, para demostrar que el plan de Dios siempre fue ¿qué cosa? Salvar tanto a judíos como a no judíos, a gentiles, a nosotros. Y textualmente Pablo cita esto; así dice: "Y para que los gentiles glorifiquen a Dios por su misericordia, como está escrito: Por tanto, te confesaré entre los gentiles, y a tu nombre cantaré". David ya estaba hablando de esto: que íbamos a ser incluidos para alabar al Señor, en un momento específico, determinado en su soberanía, en la historia redentiva.

Cristo no solo es rey de los judíos: es rey de todo aquel que pone su fe en Él. ¿Él es tu rey, o quién es tu rey? ¿A quién das alabanzas?

David gobernó un imperio territorial, un imperio terrenal, que era temporal, limitado, en una zona específica. Jesús gobierna un reino eterno, y lo hará por siempre, porque es eterno, obviamente: un reino eterno, espiritual y universal, que abarca todas las naciones. Como dice en Apocalipsis: todos juntos en un gran coro alabando, exaltando, glorificando al Rey: "Santo, santo, santo. A Él toda la gloria y toda la honra". Todas las naciones, tribus y lenguas; todo aquel que dobló su rodilla. Y a sus enemigos les dará su castigo. Él es el verdadero Rey que alaba a Dios, no solo en medio de Israel, sino por todas las naciones de la tierra.

Aplicación final: ¿quién es tu rey?

La victoria de Jesús en la cruz es lo que permite que nosotros podamos adorar al Dios verdadero. ¿Qué es lo que hacemos cada mañana al recordar estos símbolos? ¿Qué es lo que hacemos cuando nos reunimos como iglesia, como un solo cuerpo? Adoramos. Estamos todos en esa misma conexión cuando decimos que estamos en comunión, todos adorando y alabando al Señor. ¿Eso estás haciendo, o estás pensando: "Ay, ya llegó el que no me habla"? ¿Cómo estamos en nuestra adoración, como la de David, reconociendo quién es el Rey victorioso?

El que venció en la cruz, Cristo, no se quedó en la tumba, ni se quedó en el rescate inicial. Él reina hoy de una manera soberana. Cada rincón del cosmos le pertenece. Y esta iglesia es sostenida no por nuestras capacidades, no por nuestras habilidades, no por nuestras amistades. Esta iglesia de Dios es sostenida en Cuajimalpa porque Cristo es la roca en la cual vive segura. Es únicamente por eso. No es por mí, no es por Nathan, por ninguno: es Cristo quien la sostiene.

Deja de mirar tus manos sucias, deja de mirar tus fuerzas inútiles. Mejor mira las manos de Cristo, que son tu justicia y tu victoria. Dios rasgó los cielos e hizo temblar la tierra para levantar a Cristo de la muerte y rescatar a los que serían sus hijos. Tú estás entre ellos. Yo estoy entre ellos. Amén.

Tus castillos de arena se van a caer si no estás en la roca. Tus buenas obras no compran la limpieza de manos que exige Dios. Ven a la única roca inamovible hoy. Si tú no has puesto tu fe en Jesús, hoy es el día. Todo lo demás es basura, porque el fundamento no es Cristo.

Y termino con el versículo 46, que dice: "El Señor vive, bendita sea mi roca, y ensalzado sea el Dios de mi salvación". Amén. Quisiera que lo leyéramos juntos, como un coro. El que quiera, hermano, vamos a leerlo: "El Señor vive, bendita sea mi roca, y ensalzado sea el Dios de mi salvación".

Oración final

Gracias, Señor, por tu palabra. Gracias porque reconocemos que tú eres el único Rey victorioso; que tú eres el único que sostiene la iglesia; que eres la roca inamovible, y que esa es la base, Señor, de nuestra fe. Gracias porque tú amas a tu iglesia, Señor —a la universal, pero también amas a esta iglesia local en Cuajimalpa—, y que ha sido sostenida por muchos años, Señor, y ha sido a través de tu gracia, de tu misericordia, Señor, de tu justicia, de tu liberación, de tu rescate, porque tú diste tu sangre por cada uno de nosotros. Gracias, Señor, nuevamente por tu palabra. Alabado seas. Bendito sea tu nombre, en Cristo Jesús. Amén.

Volver al vídeo ↑

Escúchanos

Ven un domingo

Predicamos así cada semana, a las , en Av. México 319.

Qué esperar si vienes →