Iglesia Evangélicade Cuajimalpa

Hebreos 6:13-20HebreosNathan Díaz

El Ancla del Alma

¿Dónde encontrar una esperanza segura en tiempos de incertidumbre? Hebreos 6:13-20 responde que nuestra confianza no descansa en el optimismo ni en nuestra fe, sino en dos cosas inmutables: la promesa y el juramento de Dios. Por eso la esperanza es un ancla del alma que sube hasta la presencia de Dios, donde Jesús ya entró por nosotros.

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Transcripción

Introducción y lectura de Hebreos 6:13-20

Hola, hermanos, ¿cómo están? Buenos días otra vez. Hoy voy a estar predicando desde el auditorio de la iglesia. Hemos estado pensando en cuándo vamos a regresar como iglesia a estar reunidos aquí, y bueno, un poco en fe también de que ya nos estamos acercando a ese momento, voy a estar compartiendo con ustedes desde aquí, desde el auditorio donde normalmente estamos todos juntos. Hoy decidieron también tener una fiesta aquí a un lado; entonces van a estar escuchando unos corridos de fondo en nuestro estudio. Pero bueno, lo importante es que podamos pensar en estas verdades tan profundas que Dios nos ha revelado a nosotros en el libro de Hebreos, donde vamos a continuar el día de hoy. Y vamos a estar concluyendo el capítulo 6, capítulo 6, versículos 13 al 20, de Hebreos. Dice:

«Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo, diciendo: De cierto te bendeciré con abundancia y te multiplicaré grandemente. Y habiendo esperado con paciencia, alcanzó la promesa. Porque los hombres ciertamente juran por uno mayor que ellos, y para ellos el fin de toda controversia es el juramento para confirmación. Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de Su consejo, interpuso juramento por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec».

Señor, te pedimos que nos ayudes a entender Tu Palabra hoy, que podamos gozarnos en estas verdades que estamos leyendo, y tener una mayor seguridad, una mayor confianza y una mayor esperanza en las promesas que Tú has hecho reales y seguras a través de Cristo Jesús para nosotros. Que podamos gozarnos en la unidad que hay en el cuerpo, a través de la misma fe, el mismo Espíritu, que nos da la salvación en Cristo Jesús y que nos asegura nuestro futuro. En el nombre de Cristo Jesús, amén.

Un tiempo de mucha incertidumbre

Vivimos un tiempo de mucha incertidumbre. Y este pasaje que vamos a estar meditando hoy, que es una continuación otra vez de lo que vimos la semana pasada, hablando acerca de la perseverancia de los santos, de la seguridad de la salvación... Lo que vamos a ver hoy es algo que el autor de Hebreos ha escrito, inspirado por el Espíritu Santo, para darnos seguridad, para darnos confianza. Ese es un propósito en lo que está escribiendo; pueden verlo. Y vamos a estar meditando durante esta siguiente hora en todo lo que está diciendo: el énfasis está en darnos mayor confianza, fundamento, seguridad en la salvación y en el futuro que tenemos en Cristo Jesús.

Y vivimos en una época y en un tiempo de mucha incertidumbre. Estaba pensando sobre esto, sobre la confianza del pasaje. Hay muchos tipos de esperanza. Una de esas esperanzas, podríamos decir, es cuando escuchamos a nuestras autoridades decir que ya va a pasar esta pandemia, que ya va a pasar esta enfermedad que está contagiando a todo el mundo, y que vamos a poder regresar a la normalidad. Escuchamos esas palabras, decimos: «¡Ah!, nada, en un mes, o en dos semanas». Nos dan diferentes fechas y nos llena de esperanza. ¿Por qué? Porque pensamos que a lo mejor sí nos están diciendo la verdad.

Pero eso nos muestra que hay diferentes tipos de esperanza, porque claramente la esperanza que nosotros tenemos en ese tipo de promesas, o en ese tipo de afirmaciones que nos dan las autoridades, es una esperanza no muy confiable, no muy segura. Podemos dudar con justa razón de muchas cosas que nos dicen. Porque también todo el tiempo vivimos... en general hablando, no nada más de la pandemia, sino en general del mundo en el que vivimos: vivimos en una sociedad que está cada vez más propensa a tener una crisis de esperanza. Y eso se comprueba clínicamente por cada vez más altos niveles de depresión en la población; cada vez hay más casos de depresión crónica, de suicidio.

Una crisis de esperanza

Y a pesar de los avances tecnológicos que hemos vivido, a pesar de que el mundo en realidad está en la mejor posición, tanto económica como médica como de avances tecnológicos, que jamás ha tenido en toda su historia, a pesar de todo eso estamos llenos de desesperanza. No tenemos una esperanza segura. Hay cada vez más una falta de significado y una falta de propósito en la humanidad; cada vez menos sabemos de qué se trata la vida. Y estamos tratando de llenarnos y de ocuparnos en cosas que parecen darnos esperanza.

El sexo es una industria tan grande. ¿Por qué? Porque parece ser algo que nos da significado y propósito, algo que nos llena, que nos satisface. El dinero, y el apelar a tener más posesiones y más cosas, y cuentas bancarias más grandes, cuentas para la jubilación y el retiro, y todas estas cosas parecen ser lo que nuestra sociedad quiere presentarnos como una verdadera esperanza.

Pero hay una esperanza que es muy diferente a otro tipo de esperanzas. El tipo de esperanza de «quisiera que esto fuera cierto», «quisiera que ganara mi equipo de fútbol favorito», «quisiera que me sacara la lotería»: ese es un tipo de esperanza, pero no es una esperanza muy segura. Hay una esperanza que garantiza, que asegura éxito y victoria final, garantiza el premio, garantiza aquello que promete. Hay un tipo de esperanza que es así, y esa es la esperanza del pasaje de hoy.

No todo son advertencias

Por eso tengo tanto gozo de compartirlo. Porque, por supuesto, prefiero predicar algo así, especialmente en estos tiempos, a la luz de lo que prediqué hace dos semanas de la apostasía. Y claro, es algo necesario. Pero, pero, pero vemos que hay una manera de contrarrestar eso en la Biblia y en nuestro ministerio dentro de la iglesia: que no todo son malas noticias. No todo es una advertencia sobre los peligros de lo que el pecado puede hacer en nuestras vidas, sino que también está el otro lado, que es la soberanía y la mano de Dios actuando de tal manera que nos da seguridad, nos da consuelo, y nos hace ver que, si dependiera de nosotros, sí tendríamos algo que temer, sí tendríamos temor y miedo sobre el futuro. Pero no depende de nosotros; depende de Dios.

Esto que vamos a estar viendo hoy es sobre eso: sobre el consuelo, la esperanza que encontramos en Dios. El autor de Hebreos quiere darnos esperanza, quiere darnos seguridad; una esperanza tan, tan segura que no hay nada en el mundo que nos pueda sacudir, que no hay nada en el mundo que nos pueda hacer temer, porque tenemos un ancla del alma. Y ese es el tema del día de hoy. Y pueden verlo en el versículo 19: «la cual tenemos como segura y firme ancla del alma». ¿Qué es lo que tenemos como ancla del alma? Vamos a verlo. Ahí termina el pasaje; es la conclusión de este capítulo. Pero vamos a estar viendo cómo llegó ahí el autor. Y solo quiero decirles: ese es el tema. Vamos a estar hablando de la esperanza, y creo que es muy apropiado para la época en la cual estamos viviendo.

Imitadores de los que heredan las promesas

Así que, el primer punto que menciona el autor de Hebreos... Porque recuerden, aquí terminamos el domingo pasado hablando acerca de una certeza de la esperanza, «para plena certeza de la esperanza». Es nuestra perseverancia lo que nos da certeza. Y dice: «a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas». Ahí es donde habíamos terminado. Y veíamos que entonces el autor de Hebreos nos está apuntando hacia el pasado, para que veamos sus vidas.

Y de esa manera podamos perseverar, y al perseverar crezca nuestra certeza de la esperanza. Todas estas cosas están conectadas. Ahora vamos a ver hacia quién quiere el autor de Hebreos realmente, primero aquí, apuntarnos, viendo hacia atrás, en cuanto a personajes que debemos de imitar, que nos deben de motivar a perseverar, que nos deben de hacer tener mayor confianza y no ser perezosos. Aquí está, el versículo 13: «Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo, diciendo: De cierto te bendeciré con abundancia y te multiplicaré grandemente. Y habiendo esperado con paciencia, alcanzó la promesa».

La primera ancla: la promesa

Entonces vamos a regresarnos en este momento. Y claro, ya habíamos estudiado esto que vamos a ver ahorita, porque los miércoles, hace unos meses, estábamos viendo el libro de Génesis, pues ya habíamos meditado acerca de Abraham y acerca de las promesas hechas a él. Pero vamos a tener un breve repaso de eso. Vayan en sus Biblias a Génesis capítulo 12, que es realmente donde empieza todo. ¿Cuál es la promesa que Dios hizo?

Y este es mi primer punto: la primera ancla. El ancla... Cuando estaba escribiendo todo esto, estaba pensando si es «el» o «la» ancla; como que no estaba seguro. Pero busqué, y puede ser cualquiera de los dos; puede ser masculino o femenino. El ancla de la promesa es el primer punto. ¿Cuál es la promesa? Bueno, la promesa es la promesa hecha a Abraham, capítulo 12 de Génesis: «Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra».

Entonces esta es la promesa siendo establecida, cuando Abram tenía 75 años, lo que dice el versículo 4. Entonces la promesa fue hecha a Abraham; ese es el ancla de la promesa, la promesa hecha a Abraham en Génesis 12. Vayan un poquito más adelante —que ya lo habíamos visto—, a Génesis 15: «Después de estas cosas vino la palabra de Jehová a Abram en visión, diciendo: No temas, Abram». Me encanta este versículo 1: «Yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande». «Yo soy tu escudo, Yo seré tu galardón», básicamente; «Yo seré tu recompensa, Yo me aseguraré de que sea una realidad».

Y más adelante, en el versículo 5: «Y lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia. Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia». Ahora, este versículo es muy importante en la Biblia, porque esto sucedió 14 años antes de la circuncisión, cientos de años antes de la ley. Vean: la circuncisión sucede en el capítulo 17, otra vez, 14 años después. Dice, le recuerda otra vez Su promesa a Abraham, versículo 5: «Y no se llamará más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes». Entonces no nada más de una nación: de naciones serás padre. Ese es el significado de ese cambio de nombre, muy importante: «porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes. Y te multiplicaré en gran manera, y haré naciones de ti, y reyes saldrán de ti. Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti».

Por mí mismo he jurado

Entonces aquí vemos que está confirmando este pacto. Y claro, el capítulo 22 afirma esta verdad. Y esto es cuando ya llega el momento de Isaac, de sacrificar a Isaac; conocemos esta historia. Y lo que es significativo entonces aquí del capítulo 22 es que esto es lo que el autor de Hebreos está citando: el capítulo 22 de Génesis, después de que el ángel de Jehová detiene a Abraham para que no sacrifique a Isaac. Dice: «por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único». Entonces vean lo que dice el versículo 15: «Y llamó el ángel de Jehová a Abraham por segunda vez desde el cielo, y dijo: Por mí mismo he jurado». Aquí está la idea: «Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos. En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz».

Ese es el pasaje que está citando el autor de Hebreos. Ahora, ¿qué es lo que tenemos que entender que es tan significativo de lo que está diciendo el autor? ¿Qué está diciendo? «A ver, miren a Abraham. Vean lo que Dios hizo con Abraham: eso está conectado con ustedes». Eso es lo increíble de este pasaje; eso es lo que está diciendo: «Esto está diseñado para darles esperanza a ustedes». Vamos a llegar a eso en un momento.

Conectados a Abraham por la fe

Pero solo quiero adelantarles lo que el Nuevo Testamento dice sobre esto, sobre la fe de Abraham. Porque vean, vean cómo en el versículo 16: «por cuanto has hecho esto», le dice Dios a Abraham. «Por cuanto has hecho esto». Entonces está viendo la fe de Abraham, lo mismo que leímos en el capítulo 15: Abram le creyó a Dios, y le fue contado por justicia. Es en base a la fe de Abraham que las bendiciones y las promesas... o es el medio a través del cual las bendiciones y las promesas vienen a él. Es decir, no es Abraham por ser Abraham, por ser su etnicidad, su sangre, padre de los judíos; ese no es el punto. Es esta confianza en Dios lo que está conectando a Abraham con las promesas que Dios ha hecho con él. Por eso dice: «por cuanto has hecho esto».

Y eso es lo que regresa en el Nuevo Testamento, en pasajes como Romanos 4:16 —que están estudiando los jóvenes, hermanos—. Pero aquí está, muy importante, esta declaración con respecto a cómo estamos conectados a Abraham. Dice: «Por eso es por fe, para que esté de acuerdo con la gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda la posteridad, no solo a los que son de la ley, sino también a los que son de la fe de Abraham, quien es padre de todos nosotros». Eso es lo que nos conecta: es la fe. Ese es el centro del cumplimiento de la promesa.

Podemos ver aquí, les puse los pasajes que nos muestran que Abraham... por eso fue cambiado su nombre a Abraham: ahora es padre de naciones. ¿Cómo es que es padre de naciones? No por su sangre, sino por su fe. La fe que Abraham tuvo ahora nos muestra a nosotros cómo podemos estar conectados a las bendiciones y a las promesas que le fueron hechas a él. Vean lo que dice Gálatas 3:16: «Ahora bien, las promesas fueron hechas a Abraham y a su descendencia. No dice: "y a las descendencias", como refiriéndose a muchas, sino más bien a una: "y a tu descendencia", es decir, Cristo». El Mesías. Y vean más adelante, el versículo 26: «Pues todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús. Porque todos los que fueron bautizados en Cristo, de Cristo se han revestido. No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús. Y si ustedes son de Cristo, entonces son descendencia de Abraham, herederos según la promesa».

Hay más pasajes que hablan sobre esto, pero solo quiero que vean cómo está toda esta conexión, que el mismo autor de Hebreos en el capítulo 2 ya nos había mostrado, cuando dijo, en el capítulo 2, versículo 11: «Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos». Entonces, a través de Jesús nos convertimos en hermanos, parte de la familia de Dios, por la fe: «Anunciaré a mis hermanos Tu nombre, en medio de la congregación te alabaré». Un solo pueblo, un solo grupo de personas redimidas, escogidas por Dios a través de la fe.

¿A quién bendice Dios?

Quiero que vean en Génesis 12 otra vez. Vamos a regresar tantito a Génesis 12, nada más para hacer un paréntesis, porque estaba meditando sobre esto recientemente: «Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición». Vamos entendiendo hacia dónde va la promesa: el versículo 3, que dice: «y serán benditas en ti todas las familias de la tierra». Por lo que dice Pablo en Gálatas 3, entendemos que se cumple en nosotros: a través de la fe fueron benditas todas las naciones de la tierra, o todas las familias de la tierra, para ser una sola familia. Por eso Pablo hace énfasis: «descendencia», no «descendencias». Descendencia son todos los que reciben las promesas.

Pero si la bendición de la que está hablando —«serán benditas en ti todas las familias de la tierra»—, la bendición de Génesis 12, es a través de la fe —eso es lo que dice Gálatas, por lo menos lo está aclarando: es a través de la fe en Jesús que todas las familias de la tierra serán bendecidas—, lo cual hace muy extraño que, por lo menos yo, creciendo, escuchaba constantemente que cuando Dios le promete a Abram: «Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré», decían que eso se refería al pueblo de Israel: que una nación como Estados Unidos, que protege a Israel, que es aliada de Israel, ha prosperado económicamente porque bendice a la nación judía, porque la protege, porque es amiga de la nación judía.

Eso no es verdad. He venido a entender a lo largo de los años que esa interpretación, que creí por mucho tiempo, no es verdad. La bendición a los que te bendigan, y a los que te maldigan, también es por la fe en Jesús. Es decir, esa bendición también está conectada a la fe en Jesús. Es decir, la manera en que tú veas al pueblo de Dios, lo que tú creas del pueblo de Dios, la manera en que tú te relaciones con el pueblo de Dios, la iglesia, va a traer bendición o maldición. Porque lo que tú le haces a la iglesia, o cómo piensas de la iglesia, es lo que piensas de Dios.

Y eso lo vimos cuando estudiamos Hechos capítulo 9, la conversión de Pablo: «¿Por qué me persigues, Saulo?». A mí —dice Jesús—; aunque persigues a la iglesia, realmente estás persiguiéndome a mí. Porque la identificación entre Dios y Su pueblo está conectada; no hay manera de separarla. Y entonces la bendición de Génesis 12 tiene que ver con la iglesia de Cristo, no con la nación judía. Y eso es simplemente una conclusión exegética, hermenéutica, de lo que sabemos que es cierto. Cuando dice: «En ti serán benditas todas las naciones de la tierra», serán benditas por Cristo. Así que toda la bendición vendrá a través de Él, y toda la maldición será por lo que tú pienses, y digas, y hagas con respecto a Cristo. Esos son los dos lados de cómo recibimos bendición o maldición de parte de Dios: todo depende de lo que pensamos acerca de Cristo y acerca de Su iglesia.

La segunda ancla: el juramento

Entonces tenemos un ancla en la promesa, que es lo que hemos estado leyendo en estos pasajes, incluyendo el mismo Hebreos. Ahora quiero llevarlos a la segunda cosa interesante que encontramos aquí, que es el ancla del juramento. Hay promesa y hay juramento, y aquí está el énfasis. Dice: «Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo, diciendo: De cierto te bendeciré con abundancia y te multiplicaré grandemente». Eso viene de Génesis 22; ahí es donde Dios hace este juramento: juró por sí mismo. Y es lo que es interesante, cómo lo explica el autor de Hebreos, porque dice: «cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo».

O sea, está mostrándonos la razón por la cual nosotros, los seres humanos, juramos. Siempre vamos a jurar cuando queremos garantizar algo, cuando queremos que alguien nos crea. Y no es nada más jurar —ese es el uso que se le da a jurar—; no es nada más jurar, sino el jurar por algo sagrado, que es más grande que nosotros. Es la única manera de dar esa certeza. Me acuerdo: «No, te lo juro por mi madre». Pues sí, porque eso es algo en la cultura mexicana sagrado: no insultes a la mamá; la mamá es algo muy especial. Y entonces, por supuesto, el jurar por tu madre es una manera de decir: «No te estoy mintiendo; créeme».

Y claro, podemos seguir elevando ese nivel y decir, como muchos hacen: «Te lo juro por Dios, te lo juro por Dios». Claro, ahí estás apelando a la mayor autoridad posible, de mayor valor, de mayor superioridad. ¿Vamos a jurar: «Te lo juro por la mosca», o «Te lo juro por la pulga»? ¿Por qué? Porque esas cosas no nos importan, no valen. Pero cuando tú juras por algo... Y por eso juran poniendo las manos sobre la Biblia: es porque consideramos que con estas cosas no se juega. «Si yo te estoy mintiendo, entonces que Dios mismo —si te estoy jurando por Dios—, Dios mismo se encargue de castigarme, de hacerme ver que no debía haber jurado por Él si no lo iba a hacer». No se juega con eso.

Dios jura por sí mismo

Entonces el autor de Hebreos dice: Dios prometió; eso es suficiente. Dios no necesita prometer; Dios no necesita jurar. Nosotros sí, porque somos mentirosos naturales. Eso es lo que hacemos: mentimos todo el tiempo. Todo el mundo miente, y lo sabemos; por eso es que a nadie le creemos. Pero aquí Dios está diciendo: «Miren, mi propio carácter, mi propia dignidad, es lo que está en juego». Y es increíble: Dios no necesita prometer, Dios no necesita jurar, pero Dios condesciende a ese nivel para acomodarse a la debilidad de nuestra fe: jurar.

Y aquí está lo interesante: ¿por qué va a jurar Dios? Si cuando juramos, juramos por algo mayor que nosotros para dar la garantía, ¿qué hace Dios? Nosotros decimos: «Te lo juro por Dios». Pero Dios, ¿qué dice? «Te lo juro por mí mismo, porque no hay nada mayor que Yo, y no hay nada a qué apelar de mayor veracidad y confianza que Yo». Doble, doble seguridad: promesa y juramento.

Y esta es la parte superinteresante del versículo, y es lo que dice aquí: «Porque los hombres ciertamente juran por uno mayor que ellos, y para ellos el fin de toda controversia es el juramento para confirmación». Simplemente está aclarando este punto que les decía. Pero vean lo que dice el versículo 17 —me encanta—, porque nos muestra esta intención que Dios tiene en Génesis, que vimos en Génesis: Génesis 12, Génesis 15, Génesis 17, Génesis 22. «Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de Su consejo, interpuso juramento». «Por lo cual, queriendo Dios»; o sea, esta era Su voluntad. Está apelando a la elección soberana de Dios: es lo que Él quería hacer. No necesitaba hacerlo, jurar, pero lo hizo porque Él quería hacerlo: «mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de Su consejo». ¿A quién quería darle seguridad? A nosotros. Esto es increíble, porque la promesa fue hecha a los herederos; el juramento fue hecho a... Y eso es lo que dice Juan 8:56 —si recuerdan, ya había compartido con nosotros Arturo sobre este pasaje, cómo se conectaba con la vida de Abraham—. Dice: «Abraham, el padre de ustedes, se regocijó esperando ver mi día». Jesús, hablando acerca de sí mismo: «Abraham se regocijó esperando ver mi día; y lo vio y se alegró».

Abraham vio el día de Jesús

Abraham vio el día en que Jesús cumpliría la promesa. Eso es lo que veía, eso es lo que anticipaba, eso es lo que creía, y lo que lo mantenía seguro de que Dios sabía lo que estaba haciendo: «Mi descendencia... No sé cómo va a ser que en mi descendencia serán benditas todas las naciones de la tierra. No entiendo cómo esto va a funcionar, pero lo creo y me gozo en eso». Abraham nunca —vamos a ver eso en el capítulo 11 de Hebreos—, nunca recibió la promesa que se le prometió de la Tierra Prometida. Se le prometió la tierra; nunca la vio, nunca la poseyó. ¿Qué poseyó? La esperanza, la promesa. Dijo: «Yo conozco la clase de Dios que tengo. No sé cómo lo va a hacer, pero sé que lo va a hacer, y me gozo en eso. No lo veo hoy, ni lo voy a ver hasta el día de mi muerte, pero sé que será una realidad».

Y lo que quiero que los llene de gozo, hermanos, al leer este pasaje, es que lo que Dios le dijo a Abraham nos lo estaba diciendo a nosotros. O sea, Abraham era el recipiente de la promesa, pero nosotros éramos el objeto de la promesa. ¿No es increíble? ¿Por qué hizo el juramento Dios a Abraham? Para los herederos. Por eso juró: para darnos seguridad, para hacernos ver que Su consejo es inmutable. No tenía que hacerlo, pero Dios se complace en mostrarnos Su carácter y darnos la confianza que necesitamos para avanzar en la vida cristiana, para que, como vamos a ver en un momento, las tribulaciones y las tormentas de la vida no nos sacudan.

Es imposible que Dios mienta

Entonces el ancla del juramento fue ¿para qué? Dice el versículo 18: «para que por dos cosas inmutables». Estas dos cosas inmutables, ¿cuáles son? Promesa y juramento. Esas son las dos cosas de las que está hablando el autor de Hebreos: «por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta». O sea, es decir, la inmutabilidad de Dios, el hecho de que Dios no cambia, es justamente lo que nos da consuelo, porque nos da esperanza. Es imposible que Dios mienta.

Ya vimos «es imposible renovarlos al arrepentimiento» al principio del capítulo 6. Creo que son tres veces que se menciona algo imposible en el libro de Hebreos: «Es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial... sean renovados para el arrepentimiento». Aquí lo que es imposible es que Dios mienta. Juan 17:17: «Santifícalos en la verdad; Tu palabra es verdad». Tito 1:2: «Con la esperanza de vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde los tiempos eternos». La inmutabilidad de Dios es el ancla aquí. El ancla de Su juramento se convierte en la garantía que necesitamos para tener consuelo y para tener esperanza.

Lo que es interesante, lo que tienen que observar del pasaje, es que el enfoque no es la fe de Abraham aquí. ¿Cuál es el enfoque? ¿Qué es lo que nos da la garantía? ¿Nuestra fe? No, la garantía es Dios y Su carácter: Dios y Su palabra inmutable, Dios y Su promesa, Dios y Su juramento. ¿Le crees a Dios? Es la pregunta. Lo que necesitas es saber si le crees a Dios, si la Palabra de Dios es suficiente para ti, aunque no veas todavía el cumplimiento de la promesa en tu vida, como Abraham no vio el cumplimiento de la promesa en su vida. Entonces el enfoque no es la fe de Abraham aquí; no es el enfoque del autor de Hebreos. Es el carácter de Dios.

Estaba leyendo a un puritano, Samuel Rutherford, que decía: «Nuestra esperanza no se sostiene del "yo me imagino" o del "es probable", sino por el cable, la cuerda fuerte de nuestra ancla segura, que es el juramento y la promesa de Aquel que es veracidad eterna. Nuestra salvación está asegurada por la propia mano de Dios, la fuerza de Cristo, y a la estaca segura, la naturaleza inmutable de Dios». Buen resumen de Samuel Rutherford.

Un fortísimo consuelo

¿Qué significa todo esto, hermanos? Que tengamos un fortísimo consuelo. O sea, vean el énfasis de esa palabra, «fortísimo», porque eso es lo que el autor está comunicando en el original. Está diciendo: «Esto es... no ¿cómo puedes tener un mayor consuelo? ¿Cómo explicar qué tan seguro es el consuelo del Dios que está prometiendo?». Fortísimo. «Los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros»; es decir, los que hemos ido a un refugio. Esa es la idea: los que nos hemos refugiado en la esperanza. No es nada en nosotros. Refugiarse es porque estás buscando algo que te proteja a ti, porque tú no puedes protegerte; necesitas el refugio.

Y aquí el refugio puede ser una referencia a las ciudades de refugio que encontramos en el libro de Josué, que eran para los que estaban huyendo del castigo de la ley de Dios, y tenían que encontrar refugio en estas ciudades de refugio, que estaban diseñadas para darles esperanza, protección del castigo justo que merecían por romper la ley.

No es optimismo

Este tipo de seguridad, este tipo de esperanza, no es una esperanza subjetiva; no es un optimismo sentimentalista. No sé si todavía exista, pero creo que de niño, los comerciales que salían, creo que en la radio, eran del Club de los Optimistas, y tenían su canción: «Únete a los optimistas». No sé si algunos de ustedes se acuerdan de eso. Y estaba pensando en eso: que hay gente optimista en este mundo, en esta vida; gente que a todo le ve el lado positivo. Esto no es de lo que está hablando; este no es el tipo de esperanza, porque no proviene desde adentro de nosotros. Es una realidad externa. No sirve de nada ser una persona optimista y positiva si la realidad a la que te estás enfrentando no es una realidad positiva, aunque seas la persona más optimista del mundo.

Y a veces yo solo me considero dentro de esa categoría de los que tienen un carácter optimista y positivo. Y esa es una de las diferencias entre mi esposa y yo: que ella tiende a ver el lado negativo de las cosas, y yo tengo la tendencia a ver el lado positivo de las cosas. Y a veces tiene razón ella: no debería de ser optimista, porque las cosas no son buenas, y el ser optimista simplemente oculta la realidad que está ahí; no estoy reconociendo que sí hay un problema. Entonces a veces es necesario no ser optimista; a veces es necesario ser negativo, porque es la realidad que está delante de ti. Pero esta realidad, este optimismo, esta esperanza que surge, no es nuestra opinión la que la genera: es el carácter objetivo e inamovible de Dios.

La tercera ancla: la obra de Jesús

Eso es el ancla. Y viene a continuación el último punto que quiero comentar con ustedes: el ancla de la obra de Jesús. Dice: «para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. La cual tenemos como segura y firme ancla del alma». ¿Qué es lo que necesita nuestra alma? No nuestro cuerpo; no es algo físico aquí. Es una esperanza interna, una seguridad de las cosas que no vemos. ¿Cómo sabes qué sigue después de la muerte?

¿Y qué te espera después de la muerte? ¿Cómo sabes que al final lo que puedas perder en esta vida no importa, porque tendrás algo mejor? ¿Cómo sabes que ese anhelo por significado, y propósito, y satisfacción, que no es llenado por nada que hay en este mundo, cómo sabes que puede ser llenado, no nada más de una manera temporal, sino de una manera eterna y permanente? ¿Cómo sabes, cómo sabes que realmente puedes ser feliz con una felicidad que nadie te puede quitar? ¿Cómo? Ese es el anhelo de nuestra alma.

Un ancla que sube

Y quiero mostrarles qué es lo que el autor de Hebreos nos dice aquí sobre esta ancla. La imagen es muy clara: es una imagen del mar, de los barcos. Y la idea es: esta vida es como un mar en el que no podemos predecir qué va a pasar. No sabemos cuándo vendrán las tormentas, cuándo vendrán las olas que nos van a revolcar, y necesitamos algo que nos dé seguridad. ¿Qué es lo que nos va a dar la seguridad? Dice: ¿cuál es el ancla? El ancla es una «que penetra hasta dentro del velo». ¿De dónde viene esa imagen? Es el templo: la división entre el Lugar Santo y el Lugar Santísimo, «donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec». Ese tema de Melquisedec es lo que vamos a ver el próximo domingo.

Pero lo que aquí tenemos es esta imagen que ya hemos visto antes, que es Jesús, en Su obra, entró al Lugar Santísimo, y nosotros estamos del otro lado. Si recuerdan la imagen del templo, es un velo grueso que dividía estos dos lugares. Y entonces la imagen que nos está dando el autor de Hebreos no es un ancla que baja, sino un ancla que sube. La imagen normal, pensaríamos, es que un ancla baja hasta lo profundo del mar para sustentar el barco. Pero aquí la imagen es un ancla que va hasta el cielo, hasta la misma presencia de Dios. ¿Qué es lo que hizo Jesús? Cuando murió en la cruz por nosotros, entró al Lugar Santísimo, a la presencia de Dios. Y entonces es un ancla: Él es un ancla. Y el otro lado del ancla está en el Lugar Santo, y nos conecta al Lugar Santísimo, y nos asegura que vamos a entrar al Lugar Santísimo.

Y si piensan en esta imagen: el Lugar Santo, que es donde estaba este altar del incienso, y estaba el candelabro de oro, y estaban los panes, ese era el lugar de la adoración, que representaba la adoración del pueblo. Y el Lugar Santísimo era el lugar que representaba la presencia de Dios. Entonces, ¿cuál es la imagen? «Ustedes, lectores del libro de Hebreos, con sus tribulaciones y sus problemas, pero que están en una adoración a Dios, como los que están en el Lugar Santo, están conectados al Lugar Santísimo por un ancla segura y firme, porque Jesús ya entró antes que ustedes; pasó el velo y ya aseguró su entrada también al Lugar Santísimo. Ustedes están del otro lado; todavía no lo ven, todavía no lo experimentan completamente, pero ya tienen la seguridad de que van a ir en esa dirección».

El precursor

Y me encanta esta imagen; esto lo aprendí cuando estaba estudiando esto. ¿Por qué esta palabra, «precursor»? «Jesús entró por nosotros como precursor». Es una palabra en griego que es pródromos, y es el único lugar en toda la Biblia donde aparece pródromos, «precursor». Que, de hecho, en la cultura griega es una referencia al mar, a los barcos. Porque cuando llegaban los barcos a los muelles griegos, muchas veces había estos bancos de arena; cuando la marea había bajado, los barcos ya no podían pasar los bancos de arena para entrar al puerto. Entonces había un barco más pequeño, un pródromos, un precursor, que salía para darle el ancla al barco que ya había llegado pero que todavía no podía entrar al muelle.

Y entonces este pequeño barco tomaba el ancla y la ponía de tal manera que la marea no jalara al barco otra vez para afuera, y que pudiera esperar a que la marea subiera, para que pudiera pasar por arriba del banco de arena y ya pudiera llegar al muelle. Entonces esta palabra, de hecho, es esa palabra, «precursor». Así Jesús funcionó como ese barquito que sale, nos da el ancla, nos pone el ancla, la lleva hasta donde tiene que estar, para que, mientras sube la marea, mientras llegamos a nuestro destino final, tengamos la seguridad de que el mar no nos va a jalar para afuera; de que vamos a quedarnos ahí, y que tenemos la confianza de que llegaremos a donde tenemos que llegar, que es el lugar preparado por Dios.

Para no deslizarnos

Y esto es lo contrario, justamente; este punto es lo que contrasta con lo que ya habíamos leído en Hebreos 2:1: «Es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos». Y si recuerdan, esa imagen de deslizarse es simplemente ser llevados por la corriente. ¿Cómo es que no nos deslizamos? Con un ancla. Vean lo que decía el versículo 14 del capítulo 3: «Somos hechos participantes de Cristo, con tal de que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza desde el principio». ¿Cómo retenemos? ¿De qué nos agarramos? ¿Qué es lo que estamos reteniendo? Un ancla que está en el destino final, a donde vamos a llegar; que ya llegó a donde se supone que nosotros también vamos a llegar, y que, al estar ahí, nos da la seguridad, la confianza y el consuelo a nosotros.

Filipenses 3:12 resume esta idea bien: «No es que ya lo haya alcanzado o que ya haya llegado a ser perfecto, sino que sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús». «Quiero llegar a donde tengo que llegar, porque Cristo ya me alcanzó para llegar ahí», es lo que dice Pablo. Él es mi ancla, Él es mi Sumo Sacerdote. Él entró al Lugar Santísimo; Él ya está en la presencia de Dios, que vamos a estar leyendo más adelante a qué se refiere. Por eso decía que el ancla va hacia arriba. Porque van a ver en el capítulo 12, cuando dice en el versículo 22: «Sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos». Eso va a ser más adelante en nuestro estudio del libro de Hebreos.

Una esperanza que ya tenemos

Para nosotros, la esperanza no es simplemente un deseo: «A ver si... si tan solo...». Para nosotros no es un deseo, sino que es una realidad. No es nada más, no es nada más lo que quisiéramos que fuera cierto; es lo que ya tenemos hoy. Y solamente a través de la fe en Cristo Jesús podemos estar en esta confianza, porque nos hemos refugiado en Él a través de la fe, reconociendo nuestro pecado y nuestra necesidad, y acudiendo al único lugar que nos da seguridad, y nos da una esperanza eterna y un destino final seguro, y hace que nuestra vida, la realidad de nuestra existencia, tenga sentido y propósito.

Oración final

Padre, gracias por esta meditación hoy en Tu Palabra, y te pedimos que sigas guiándonos el próximo domingo en el capítulo 7, a ver más acerca de Tu sacerdocio, acerca de lo que has hecho por nosotros.

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