El decreto de salvación.
¿Por qué Dios permitió tanta muerte en Ester 9? El capítulo muestra justicia y no venganza: el decreto de exterminio quedó anulado por un decreto nuevo que dio salvación al pueblo. Ese contraste apunta al evangelio, porque sobre nosotros pesaba un decreto de muerte y solo creyendo el nuevo decreto de Cristo somos librados.
Transcripción
Introducción y oración
Ah, buenas noches, y perdón, vamos todos enfermos de la garganta, creo. No soy yo, es mi idea. Vamos a abrirnos a la Palabra en el libro de Ester, capítulo 9. Y ahora, primero, antes de empezar la Palabra, vamos a ponernos en manos del Señor y que sea el Señor el que nos hable a través de Su Palabra.
Señor, te agradecemos, Padre, por este día. Agradecemos, Señor, porque Tú eres nuestro Padre, Tú eres nuestro Salvador. Te agradecemos porque Tú eres el Creador de todas las cosas, el Sustentador de todas las cosas. Padre, gracias porque podemos conocerte a través de Tu Palabra. Queremos pedirte, Señor, Tu dirección, y después Tu bendición para lo que tienes esta noche para nosotros. Que Tu Espíritu Santo sea sobre nosotros y que Él sea el que mueva los corazones. Jesús, amén.
Bueno, como ven, ya casi terminamos el libro. Se ha puesto interesante la historia, hay emoción, porque es una historia que parece que es como una serie de las que luego hay en televisión, ¿no? Hay mucha intriga, hay mucho misterio, hay mucho amor también, y todo esto va dirigido, se ha dirigido, por medio de Dios. Aunque pareciera, hemos dicho, que no menciona a Dios el libro como tal, pero siempre ha sido el Señor el que ha dirigido todo tras bambalinas. Y vamos a leer el capítulo 9, todo, para los que no han estado con nosotros. De hecho, es el capítulo más largo de todo el libro de Ester, y vamos a leerlo.
Lectura de Ester 9
Vamos a leer. Dice un encabezado que dice: "Victoria de los judíos". "En el mes décimo, que es el mes de Adar, a los trece días del mismo mes, cuando debía ser ejecutado el mandamiento del rey y su decreto, el mismo día en que los enemigos de los judíos esperaban enseñorearse de ellos, sucedió lo contrario; porque los judíos se enseñorearon de los que los aborrecían. Los judíos se reunieron en sus ciudades, en todas las provincias del rey Asuero, para descargar su mano sobre los que habían procurado su mal, y nadie los pudo resistir, porque el temor de ellos había caído sobre todos los pueblos. Y todos los príncipes de las provincias, los sátrapas, capitanes y oficiales del rey, apoyaban a los judíos; porque el temor de Mardoqueo había caído sobre ellos. Pues Mardoqueo era grande en la casa del rey, y su fama iba por todas las provincias; Mardoqueo iba engrandeciéndose más y más.
Y asolaron los judíos a todos los enemigos a filo de espada, y con mortandad y destrucción, e hicieron con sus enemigos como quisieron. En Susa, capital del reino, mataron y destruyeron los judíos a quinientos hombres. Mataron entonces a Parsandata, Dalfón, Aspata, Porata, Adalía, Aridata, Parmasta, Arisai, Aridai y Vaizata, diez hijos de Amán hijo de Hamedata, enemigo de los judíos; pero no tocaron sus bienes. El mismo día se le dio cuenta al rey acerca del número de los muertos en Susa, residencia real. Y dijo el rey a la reina Ester: En Susa, capital del reino, los judíos han matado a quinientos hombres, y a diez hijos de Amán. ¿Qué habrán hecho en las otras provincias del rey? ¿Cuál, pues, es tu petición? Y te será concedida. ¿O qué más es tu demanda? Y será hecha.
Y respondió Ester: Si place al rey, concédase también mañana a los judíos en Susa que hagan conforme a la ley de hoy, y que cuelguen en la horca a los diez hijos de Amán. Y mandó el rey que se hiciese así. Se dio la orden en Susa, y colgaron a los diez hijos de Amán. Y los judíos que estaban en Susa se juntaron también el catorce del mes de Adar, y mataron en Susa a trescientos hombres; pero no tocaron sus bienes. En cuanto a los otros judíos que estaban en las provincias del rey, también se juntaron y se pusieron en defensa de su vida, y descansaron de sus enemigos, y mataron de sus contrarios a setenta y cinco mil; pero no tocaron sus bienes.
Esto fue en el día trece del mes de Adar, y reposaron en el día catorce del mismo, y lo hicieron día de banquete y de alegría. Pero los judíos que estaban en Susa se juntaron el día trece y el catorce del mismo mes, y el quince del mismo reposaron y lo hicieron día de banquete y de regocijo. Por tanto, los judíos aldeanos que habitan en las villas sin muro hacen a los catorce del mes de Adar el día de alegría y de banquete, un día de regocijo, y para enviar porciones cada uno a su vecino.
Y escribió Mardoqueo estas cosas, y envió cartas a todos los judíos que estaban en todas las provincias del rey Asuero, cercanos y distantes, ordenándoles que celebrasen el día decimocuarto del mes de Adar, y el decimoquinto del mismo, cada año, como días en que los judíos tuvieron paz de sus enemigos, y como el mes que de tristeza se les cambió en alegría, y de luto en día bueno; que los hiciesen días de banquete y de gozo, y para enviar porciones cada uno a su vecino, y dádivas a los pobres. Y los judíos aceptaron hacer, según habían comenzado, lo que les escribió Mardoqueo.
Porque Amán hijo de Hamedata, agagueo, enemigo de todos los judíos, había ideado contra los judíos un plan para destruirlos, y había echado Pur, que quiere decir suerte, para consumirlos y acabar con ellos. Mas cuando Ester vino a la presencia del rey, él ordenó por carta que el perverso designio que aquel trazó contra los judíos, que cayera sobre su cabeza; y que colgaran a él y a sus hijos en la horca. Por esto llamaron a estos días Purim, por el nombre Pur. Y debido a las palabras de esta carta, y por lo que ellos vieron sobre esto, y lo que llegó a su conocimiento, los judíos establecieron y tomaron sobre sí, sobre su descendencia y sobre todos los allegados a ellos, que no dejarían de celebrar estos dos días según está escrito tocante a ellos conforme a su tiempo cada año; y que estos días serían recordados y celebrados por todas las generaciones, familias, provincias y ciudades; que estos días de Purim no dejarían de ser guardados por los judíos, y que su descendencia jamás dejaría de recordarlos.
Y la reina Ester, hija de Abihail, y Mardoqueo el judío, suscribieron con plena autoridad esta segunda carta referente a Purim. Y fueron enviadas cartas a todos los judíos, a las ciento veintisiete provincias del rey Asuero, con palabras de paz y de verdad, para confirmar estos días de Purim en sus tiempos señalados, según les había ordenado Mardoqueo el judío y la reina Ester, y según ellos habían tomado sobre sí y sobre su descendencia, para conmemorar el fin de los ayunos y de su clamor. Y el mandamiento de Ester confirmó estas celebraciones acerca de Purim, y esto fue registrado en un libro."
Dios cuida a los que le pertenecen
Interesante. Bueno, haciendo un pequeño resumen: desde el capítulo 1 vemos totalmente la mano de Dios, y vemos cómo Dios cuida a los que ya le pertenecen. Así trabaja Dios: Dios siempre cuida a los que ya le pertenecen. Había preparado a Ester, ¿verdad? Según leemos en otras historias, siempre hay un hombre, siempre hay un varón que Dios ya tiene preparado ahí, ¿no? Pero por lo que hemos visto a través de este libro, es que no había varón a la altura, no había quien estuviera en la brecha. Pero Dios había escogido a una mujer, Ester, porque no existía un varón que estuviera en la brecha para liberar a los judíos.
Al comienzo de este libro de Ester vemos cómo ella no lucía bien, ¿verdad? Y no porque hable el libro de que ella era fea; sabemos que ella era muy bonita. Tan es así que, digamos, ya fue la primera Miss Universo, porque ella fue la que ganó la belleza de uno de los dos más grandes reinos. Ella estaba en esta posición para el momento preciso, para el momento indicado. Y Mardoqueo tenía la razón al haber dicho que quizás ella estaba para esta hora. Ella estaba para esta hora que había llegado, y así fue hecho por la providencia de Dios.
Y lo que hemos visto a lo largo de estos capítulos: Dios puso a Ester para este tiempo, va a ser Su obra, para demostrar la providencia de Dios a través de lo que permitió, que Ester llegara hasta el trono con el rey. Bueno, a través de este capítulo, cuando yo lo estaba leyendo al principio, yo veía así como una venganza solamente. Veía la venganza de Ester, y eso me llamaba mucho la atención, porque ya… bueno, ¿y por qué no perdonaba Ester? Llegó solamente venganza. Y sí, realmente había como una especie de venganza, pero más bien le llamamos justicia. Nos habla aquí de cómo los judíos, cómo Dios permitió a los judíos, a través del decreto que había dado, el nuevo decreto que había dado el rey, cómo permitió a los judíos tomar la justicia. Porque Dios es un Dios de justicia. Aparentemente decimos: "¿Cómo es que Dios permitió todas estas muertes?". Sin embargo, solamente vemos esa parte, pero no vemos la parte de cómo actuaron, o cómo iban a actuar, estos pueblos en contra de los judíos. Ellos no iban a tener compasión. ¿Qué es lo que había decretado Amán? Los iban a matar; bueno, matar a niños, bebés, mujeres, ancianos, todo. Iban a exterminarlos. Sin embargo, Dios permitió la justicia, que se tomara la justicia; tuvieron que pagar conforme a sus maldades.
La justicia de Dios
Y podemos trasladarlo, digamos, a la época de la Segunda Guerra Mundial, cuando Hitler quiso exterminar a los judíos también. Y muchos de los que eran colaboradores de Hitler, pues también tuvieron su castigo; hubo justicia. Los metieron a campos de concentración, al igual que a los judíos, y países, y bueno, que no era necesario. ¿Y por qué? Porque permitieron… no los perdonaron. Dios es un Dios justo, y a Su tiempo, el de la justicia, y ellos tenían que pagar por los males que también hicieron, hablando de este otro exterminio grande de los judíos. Pero bueno, eso es algo de lo que quería también tocar acerca de la justicia de Dios.
Un nuevo decreto
Pero vamos a centrarnos en otra cosa ahorita, en lo que hablaba sobre el decreto descrito anteriormente, que habíamos leído, que dice que iban a exterminar a los judíos en el día 12. Después, cuando la reina Ester llegó al trono y tuvo el poder, y le dijo el rey que cuál era su petición, y ella dijo que se le concediera esto a su pueblo, poder defenderse. Este es un nuevo decreto de parte del rey que revocaba el otro, en el cual decía que ya no iban a ser exterminados, pero que iba a haber justicia para ellos. Este decreto es lo que les dio la salvación, para que este pueblo pudiera seguir adelante y cumplir con los planes y el propósito de Dios: que a través de ellos naciera el Salvador, de generación en generación, hasta llegar a Jesús.
La reina Ester fue la portadora del cetro de gracia; es lo que hemos ido aprendiendo a través de esta historia, cuando le fue extendido a ella. Ahora nosotros también tenemos un Salvador, que es Cristo Jesús. El día de hoy Dios ha dado un nuevo decreto también. Anteriormente el hombre, durante mucho tiempo y hasta ahora, ha cometido muchos pecados, ha cometido muchas cosas malas, y ya había un decreto para él, que era la muerte, también el exterminio para él. Para nosotros había un decreto, en contra mía, que era la muerte; la muerte no física, la muerte espiritual. Ese decreto también se había dado, pero a través de Jesucristo llegó otro decreto, que era el decreto de la salvación.
Y hay otra figura aquí que me llama la atención. Ahora, en el reino del rey Asuero, dice, Amán fue humillado, fue restablecido Mardoqueo, se le reconoció, y ahora junto al rey hay un hombre nuevo. Ahora Jesús es ese hombre nuevo que está junto a ese Rey que había establecido este decreto de muerte. Ahora, la figura de Mardoqueo podemos llevarla a Cristo: es el hombre que también ahora está junto al Rey, es el hombre que escribió este otro decreto. Este decreto decía que todo aquel que creyera, que el rey les daba el derecho a los judíos de tomar la justicia por su cuenta y que podían ser salvos, porque venía de parte del rey. Y tenían que creer este decreto el pueblo judío; también nosotros, este nuevo decreto que dice que si creemos seremos salvos.
Creer en el decreto
Los judíos creyeron en el decreto, ¿y qué pasó? Fueron salvos del exterminio. Ahora, pudiéramos pensar que en aquel entonces, en el pueblo judío, pudiera haber por ahí alguien que dijera: "Yo no creo en ese decreto y voy a defenderme por mis propios medios". Y pudiera decir: "Voy a hacer una trinchera, quizás; voy a hacer algo, una barda, un búnker; prepararme con muchas armas". Pero ¿cuál va a ser el destino para este judío que no quería este decreto? Evidentemente iba a ser la muerte, porque no iba a estar respaldado. Sin embargo, si todos los judíos creían en el decreto nuevo del rey, evidentemente van a ser salvos.
Así mismo nosotros debemos de creer en este nuevo decreto del Rey: Dios mandó a Su Hijo a morir por nosotros, y que no hay nadie más; a través de Él, en el que podemos ser salvos. Dios está con los brazos abiertos. Dios en realidad no quiere que muera nadie; tan es así que el Evangelio sigue avanzando. Dios está esperando con los brazos abiertos, y por eso mandó a Su Hijo, Cristo. Y en nuestros días este nuevo mensaje ha sido proclamado por Dios: es el Evangelio, el Evangelio de Cristo que murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras.
Dice ese Evangelio que Él murió, fue sepultado, fue resucitado al tercer día conforme a la Escritura. Y los hombres y mujeres que hemos creído en Él por medio de la fe hemos sido salvos, hemos sido rescatados, hemos sido liberados. Y no por las obras, no porque seamos buenos; no hay nada suficiente que podamos hacer para ser salvos, sino por medio de la fe, de creer en este Evangelio, en este mensaje que nos ha llegado, en este nuevo decreto de liberación.
Pero también pasa algo cuando aparentemente creemos, o decimos creer, en este decreto. A veces decimos que sí creemos, y podemos dejar las cosas malas, podemos dejar todos nuestros hábitos malos, podemos empezar a venir a la iglesia, y a veces hasta bautizarnos, y a veces hasta participar de la mesa del Señor. Pero muchas veces, cuando no ha sido sinceramente creído ese decreto, nos sentimos miserables, o nos podemos seguir sintiendo miserables, aun así, todas estas cosas. ¿Y saben por qué? Porque no hemos creído en este decreto, no hemos creído en Su Palabra.
Y cuando creemos realmente en Su Palabra y nos regimos por Su Palabra, entonces sí va a haber un cambio, porque estamos creyendo en este nuevo decreto, en el Evangelio de Cristo, en el verdadero Evangelio, el Evangelio que transforma vidas, que transforma corazones. No hay otra manera de ser liberados. Cuando realmente nos dejamos dirigir por la Palabra del Señor, ahí hay transformación de vidas, ahí está la transformación de corazones. Pueden ser muchas de las cosas que hacemos aquí, pero si no has creído de todo corazón en el Evangelio de Cristo que salva, y que solamente es a través de Él, tu vida no va a cambiar. Mi vida no va a cambiar si no me dejo dirigir por este nuevo decreto, si no creo en este nuevo decreto, que es el Evangelio de salvación, que es a través de Cristo Jesús.
La fiesta de Purim
Y más adelante nos habla de una fiesta, la fiesta de Purim. Realmente no hay mucho más en la Biblia que hable de esto, más que este pasaje. Yo no conozco mucho de este festejo, pero, sin embargo, lo que nos dice es que los judíos estaban gozosos, tal es así que hicieron fiesta. ¿Por qué? Porque pasaron del llanto al gozo, pasaron de la esclavitud a la liberación, y pasaron de la muerte a la vida. Nosotros también debemos de estar gozosos; debemos celebrar también que un día estuvimos casi a punto de morir por un decreto que ya estaba establecido para el hombre desde la caída, y ahora hemos sido… ahora hemos sido, a través del nuevo decreto… ¿Tú crees en este decreto?
El Evangelio no es solamente para aquellos que nunca han escuchado de Cristo, para aquellos que nunca han escuchado de Dios. El Evangelio es para nosotros; aun como salvos debemos regirnos por la voluntad de Dios, como lo hemos estado estudiando a través de este libro. Eso es lo hermoso de esta historia: Dios, tras bambalinas, va cuidando de Su pueblo. Vamos viendo la providencia, al igual que en nuestras vidas; vemos la providencia de Dios en nuestras vidas. Quizás no la vemos, pero ahí está, ahí está la providencia de Dios en nuestras vidas.
Pero ¿qué es lo que debemos de hacer? Debes de hacerlo a la manera de Dios; no a tu manera, ni cuando tú quieras: a la manera de Dios. Entonces podemos disfrutar de Su providencia, de Su voluntad buena, agradable y perfecta. Y debemos dar gracias a nuestro Dios, gracias a Jesucristo, porque hemos sido liberados por este nuevo decreto, el Evangelio de salvación. Que Dios les bendiga.
Oración final
Vamos a orar. Señor, cuántas gracias te damos, Padre. Alabado seas, porque aun, Señor, pecamos; aun, Señor, te fallamos. Sin embargo, tenemos Tu Palabra, Señor, tenemos este nuevo decreto de salvación. Queremos permitir, Señor, que Tú dirijas nuestras vidas. Si no lo hemos hecho, hoy es el día, hoy es el tiempo. Entrega tu vida, entrega tu corazón, entrega todo aquello que estorba. Hoy es el día; mañana no. Quizás al salir Dios te llame a Su presencia y ya no hay otra oportunidad. Hoy es el día.
Gracias, Padre, porque pudimos despertar hoy, pudimos hacer nuestras labores, y al mismo tiempo entender que es por Ti, que Tú moriste en la cruz por nosotros. Gracias porque es entender que esto no es un juego, Señor; esto es eterno. Es la muerte eterna o la vida eterna, donde aquí es pasajero. Gracias, Padre, porque ahora Tú estás al lado de ese grandioso Rey, de ese Creador, intercediendo por nosotros. Bendícenos, Padre, y ayúdanos a regirnos por Tu voluntad. Gracias por Tu providencia cada día, por Tu misericordia que es nueva cada mañana. En Cristo Jesús, amén.
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