Sed de justicia.
¿Qué hacer cuando sufrimos una injusticia? La caída de Amán en Ester 7 muestra que la justicia exigida por cuenta propia termina condenándonos, porque con la vara que medimos seremos medidos. Desde Romanos 8, el mensaje lleva del reclamo a la adopción: nuestra hambre y sed de justicia solo se sacia en Jesús.
Transcripción
Recuento de Ester 6
Buenas noches, hermanos. Como hemos estado revisando, estamos justo en… bueno, ya pasamos más de la mitad del libro de Ester. Y bueno, gracias a Dios, Danny pudo hacernos un recuento el miércoles pasado. Y justo estamos en un punto en el que, como hablamos el domingo, el 6 y el 7, en esta Biblia del lector que nos presentaron el domingo, podrían ser… no sé, podríamos leerlos un poco al mismo tiempo, porque justamente son un poco los procesos de la misma acción. Y bueno, lo vamos a leer. Nada más quiero hacer un recuento de lo pasado en el capítulo 6.
Lo que pasa es que el rey no puede dormir, y entonces lee el libro de las crónicas, y ahí descubre que Mardoqueo es quien le hizo bien. Entonces, al final, al haberse enterado de eso, pues pregunta qué tanto se le ha hecho a Mardoqueo, cómo se le honró a Mardoqueo. Y la verdad es que todos los servidores del rey dijeron: "No, pues no se hizo nada". Y entonces el rey pregunta que quién está en el patio. Y justamente Amán, que es esta contraparte que además, por lo que hemos visto, realmente odia a Mardoqueo porque no se inclina ante él, pues está ahí. Está ahí porque obviamente ya había ganado cierta notoriedad; el rey ya está como que, digamos, lo tiene muy presente.
Entonces nada más lo llama, y entonces, sin decir el nombre, vemos que Amán se tiene que comer sus propias palabras un poco. Porque cuando el rey le pregunta qué honor merece alguien que haya hecho esto, bueno, él dice un montón de cosas que, pues, pensaba que eran para él, ¿no? Entonces, cuando se da cuenta de que eso es lo que el mismo Amán tiene que hacer con Mardoqueo, bueno, pues seguramente, y lo vimos, hay un sentido en el que Amán debe estar terriblemente molesto, y bueno, ya no entiende.
Y se acuerdan que terminamos justamente el capítulo 6 con la esposa: llega derrotado Amán a su casa, y su esposa Zeres le dice: "Ah, bueno, pues si es así, en verdad él ya, digamos, tiene esa consideración, y ya te veo… bueno, prepárate para lo peor". Y ahí nos quedamos. Y justamente, como decía, ¿qué es lo siguiente que pasa? Pues este es el segundo banquete, en el capítulo 7, al que ya se había invitado específicamente. Ester ya tenía como un plan ahí en su cabeza que quería llevar a cabo, que obviamente Amán desconocía. Y si leemos el versículo 14 del 6, dice: "Aún estaban ellos hablando con él, cuando los eunucos del rey llegaron apresurados, para llevar a Amán al banquete que Ester había dispuesto". Nos quedamos ahí.
Una historia bien escrita
Y creo que lo que viene es… yo diría que esta historia tiene un poco de todo, ¿no? No hemos llegado hasta el 7, y ya vimos que tiene, por un momento, generar preocupación; ya hubo romance, ya hubo como muchas cosas que vemos como en una gran historia. Y antes de empezar con el capítulo 7, quiero que piensen en algo. No sé a cuántos de ustedes les gustan las series, o las series que podemos ver en Netflix o en internet, o una saga de una historia. Algo que valoramos generalmente en estas historias es que tienen varios ingredientes: están bien escritas, están bien articuladas.
Y una de las cosas que vemos en este tipo de historias, cuando nos gustan, es que hay algo de intriga, hay algo de suspenso; no acabamos de entender necesariamente hacia dónde va la historia. Porque lo que pasa cuando una historia no está tan bien escrita y es muy predecible es que en el primer o segundo capítulo ya sabemos qué va a pasar, y entonces seguramente no vamos a querer terminarla. Pero una historia, digamos, bien escrita…
Y quiero que vean este capítulo como un episodio dentro de Ester, pero al mismo tiempo quiero que vean el libro de Ester como un episodio en toda la narrativa de la Biblia. Porque eso es: no tenemos que pensar en los libros que vemos en la Biblia, incluso de la manera diferente en que pueden estar acomodados en diferentes versiones, si es cronológicamente, o tienen que ver por temas, o tiene que ver con la manera en que estaban originalmente. Fuera de eso, tenemos que ver este libro y esta historia como un episodio que muestra a una escala pequeña una historia mucho más grande.
Y eso es lo que quiero que podamos… es el enfoque que quiero que tomemos hoy en el capítulo 7: que veamos el capítulo 7, sí, como una parte de todo el libro de Ester, pero que veamos todo esto que está pasando, este punto de inflexión, como le llaman los guionistas, donde la historia gira. Y ya nos hablaba Danny de esto: el capítulo 6 y el capítulo 7 juntos son este punto, este pivote en el que vemos toda una historia desarrollándose de cierta manera, y lo que pasa en estos momentos da un giro total a la historia. Un giro que, pues, por la gracia de Dios, va a traer bondad y va a traer justicia a los personajes, a las personas que son parte de esta historia.
Lectura de Ester 7
Y quiero que leamos ahora sí; vamos a verlo de corrido y voy a hacer algunos puntos. Dice: "Fue, pues, el rey con Amán al banquete de la reina Ester. Y en el segundo día, mientras bebían vino", quiero que… fiesta; entonces ya lo están pasando seguramente bastante bien, "dijo el rey a Ester: ¿Cuál es tu petición, reina Ester, y te será concedida? ¿Cuál es tu demanda? Aunque sea la mitad del reino, te será otorgada". Es la segunda vez que el rey le dice esto. O sea, el poder que tenía Ester, lo recuerdo, era bastante importante para que el rey estuviera dispuesto a hacer eso.
"Entonces la reina Ester respondió y dijo: Oh rey, si he hallado gracia en tus ojos, y si al rey place, séame dada mi vida por mi petición, y mi pueblo por mi demanda. Porque hemos sido vendidos, yo y mi pueblo, para ser destruidos, para ser muertos y exterminados. Si para siervos y siervas fuéramos vendidos, me callaría; pero nuestra muerte sería para el rey un daño irreparable. Respondió el rey Asuero, y dijo a la reina Ester: ¿Quién es, y dónde está el que ha ensombrecido su corazón para hacer esto? Ester dijo: El enemigo y adversario es este malvado Amán. Entonces se turbó Amán delante del rey y de la reina".
Y quiero que imaginen toda esta escena: se están platicando, todos lo están pasando bien, el banquete parece solo una fiesta, y de repente Amán está parado ahí, y entonces, entre hablando el rey y la reina, le dice: "Él, a quien has tenido muchísimas consideraciones, esa persona es la que nos está haciendo esto".
"Luego el rey se levantó del banquete, encendido en ira, y se fue al huerto del palacio; y se quedó Amán para suplicarle a la reina Ester por su vida; porque vio que estaba resuelto para él el mal de parte del rey. Después el rey volvió del huerto del palacio al aposento del banquete, y Amán había caído sobre el lecho en que estaba Ester. Entonces dijo el rey: ¿Querrás también violar a la reina en mi propia casa? Al proferir el rey esta palabra, le cubrieron el rostro a Amán. Y dijo Harbona, uno de los eunucos que servían al rey: He aquí en casa de Amán la horca de cincuenta codos de altura que hizo Amán para Mardoqueo, el cual había hablado bien por el rey. Entonces el rey dijo: Colgadlo en ella. Así colgaron a Amán en la horca que él había hecho preparar para Mardoqueo; y se apaciguó la ira del rey".
Entonces, lo que había empezado como meramente una molestia, de tener que haber honrado Amán a Mardoqueo, se convirtió en que realmente se le devolvió todo lo que había puesto para eso. Y si recuerdan, son detalles importantes para que entendamos el contexto y la gravedad de toda esta escena. A mí, de verdad, mientras lo leía, imaginaba… no todo, pero imaginaba las cosas que están pasando, imaginaba los rostros, las emociones, el miedo que podía haber en Amán en su momento.
La ira que podía haber generado. Y quiero que piensen… uno, ¿se acuerdan cuánto eran los cincuenta codos de altura de la horca? 25 metros, y decíamos que eran cuatro veces esto. Entonces imaginen una horca así, y colgado. Y eso fue hace dos capítulos. Y quiero que piensen también en cómo empezó a salirle todo muy mal a Amán, después de que durante seis capítulos todo iba… durante cinco capítulos todo iba relativamente bien: la gente le rendía honores, le hacía todas estas reverencias, exceptuando a Mardoqueo, y él estaba tan seguro de que iba a ganar que se le ocurrió construir una horca de 25 metros.
Cuando el malo por fin recibe su merecido
De repente todo le sale mal. Ya no solo lo está acusando directamente la reina Ester, a la que el rey está dispuesto a dar la mitad del reino, sino, además de eso, pues quiero pensar que, por el susto, por el miedo de pensar que se iba a morir, o que estaba en un gran riesgo, se le bajó tanto la presión que se desmayó. Y pues, estaba platicando con la reina Ester y se cayó sobre ella. No era que tuviera ninguna intención, pero empezó a salirle todo muy mal, ¿no? Entonces quiero que piensen en esto.
Y este es justamente el tipo de cosas que pasan cuando vemos tal vez una película o una serie donde ya estamos empezando a molestarnos, porque el malo va ganando, y va ganando, y va ganando terreno. Y de repente llega el momento en la película en que decimos: "Es que ya no creo que todo pueda ir tan mal, y quiero que el bueno gane", ¿no? Eso es lo que quiero que suceda. Y creo que en esta historia es cuando cerramos el puño y decimos: "¡Sí! Por fin recibió su merecido". Y ahora yo estoy contento; puedo seguir viendo la serie, puedo seguir viendo la película sin seguir molesto con quien escribió esta historia.
Nuestra sed de justicia
Ahora, justamente en esta línea de pensamiento, sobre el deseo que hay en nosotros de obtener justicia, quiero que pasemos por diferentes puntos. Porque obviamente es normal, y no hay ninguna diferencia entre nosotros y las personas allá afuera cuando pensamos en obtener justicia. De hecho, vemos allá afuera personas posiblemente más activas que muchos de nosotros como cristianos, protestando por injusticias, ¿no? Tal vez nosotros… y es algo que me puse a pensar mientras estudiaba: estamos muy inmóviles. Y de repente decimos: "Bueno, o sea, hay causas que nos agobian, hay cosas que nos molestan", y, sin embargo, pues tal vez las dejamos pasar.
Y vemos por allá a otras personas hablando de justicia: desde la justicia para los animales, hasta una justicia mucho más profunda sobre un preso político, o ver la injusticia social, o ver por qué ciertas personas tienen mucho dinero y otras no tienen nada. Entonces empezamos a ver todas estas cosas, y creo que son aspectos mucho más grandes. Pero incluso vemos: "¿Por qué la persona que se sienta junto a mí, que no hace mucho en su trabajo, está ganando más dinero que yo, o tiene mayor favor con el jefe?". Entonces empezamos a tener como este tipo de cosas, y empezamos a tener no solo un diálogo; empezamos, creo, a tener como una lucha interna sobre qué es lo que debemos de estar esperando, ¿no? "¿Cómo es posible?". Incluso podríamos llegar a ese punto: "¿Qué tendría que hacer yo, no solo para exigir, sino para hacer justicia?".
La justicia propia se vuelve contra nosotros
Y justamente ese es el primer punto que quiero que toquemos: que la justicia que proviene de nosotros mismos es una justicia que va a volver para condenarnos. Y quiero que piensen en esta historia, cómo pasó esto. Cuando leemos las intenciones de Amán, vemos que lo catalogamos directamente como una persona maligna y perversa, y era como el tipo malo, ¿no? Es típico, o sea, la persona que va a hacer siempre las cosas mal, el que siempre está buscando ganar ventaja. Y la Biblia no lo dice, pero hay tanta profundidad en las intenciones del corazón de las personas que no lo sé: tal vez empezó con una buena intención y terminó así.
Y tal vez la manera en que exigía justicia era: "No, hay un tema racial, hay un tema de espacio. Es porque estas personas, que además son esclavas, de repente tienen tanta libertad". Y él dice: "No, quiero justicia; quiero justicia porque ellos se están llevando y están teniendo ciertos derechos que a lo mejor muchas personas en mi propio pueblo no tienen". Entonces, antes de aventarnos a juzgar a Amán, quiero que piensen en ustedes mismos; que pensemos en nosotros mismos, sobre si algunas veces hay intenciones a escondidas, y creemos de verdad que la exigencia de justicia que hay, clara, en nuestra mente y en nuestro corazón, aunque esté equivocada, es genuina.
O sea, hay algo, y hay una justicia que esperamos, que posiblemente no tenga malas intenciones. Sin embargo, como vemos en esta historia, y como vemos a lo largo de toda la Biblia, cuando las personas se empeñan en confiar en sí mismas, en su propio criterio, en su propio corazón, en sus propias intenciones, normalmente esa justicia regresa a ellos.
Con la vara que mides serás medido
Y quiero que veamos esto en un plano mucho más grande: qué pasa en nuestras vidas espiritualmente cuando exigimos justicia; lo que pasa cuando queremos exigir justicia de parte de Dios, y oramos y le decimos: "Señor, es que alguien está siendo injusto conmigo", o "Esto que está pasando es injusto". ¿Qué pasa cuando nos aventuramos a hacer eso? En realidad, tal vez lo hacemos un poco sin toda la conciencia que deberíamos tener, pero lo que le estamos diciendo al Señor es que sí queremos que haga justicia; y la justicia también va a aplicar a nosotros. Y la justicia inclemente que exigimos para los demás, o para las causas que nos interesan, va a regresar a nosotros.
Y lo dice claramente en la Palabra de Dios: "Con la vara que mides serás medido". Si tú exiges ese tipo de justicia, ten cuidado, porque es la justicia que seguramente Dios te va a aplicar a ti. Y ten cuidado, porque seguramente no vas a ser capaz de presentarte suficientemente justo delante de Dios para que Él te acepte y diga: "Ah, no, es que a ti no te va a tocar, porque tú eres justo, ya has demostrado buenas acciones". No funciona así la justicia de Dios.
Un espejo en Romanos 8
Y voy a estar haciendo justamente este paralelo entre lo que pasa en esta historia en el Antiguo Testamento, con estos personajes, y lo que nos dice Pablo, no, lo que nos dice el Señor a través de Pablo, en Romanos. Porque hay un espejo ahí: en cuál era la justicia que podía esperar el pueblo de Israel, siendo esclavo, obviamente, y siendo cautivo como consecuencia de sus propias desobediencias; y cómo nosotros, después de la venida del Señor Jesucristo, tenemos una esperanza diferente de obtener justicia verdadera. Entonces, solo, literal, voy a hacer los paralelos entre esto y Romanos 8.
Entonces, Romanos 8:7 y 8 dice, se los voy a leer: "Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios". Entonces, cuando hablamos de nuestra propia justicia, y cuando exigimos nuestra propia justicia sin considerar la justicia de Dios, lo que estamos haciendo es dejar que nuestra carne exija justicia. Y nos enojamos, nos levantamos, a tener como una consigna para exigir que se nos entregue algo que posiblemente no merecemos.
La condena de Amán habla del carácter de Dios
Y quiero que piensen que la justicia que se dio en este capítulo 7, en la condena y en la muerte de Amán, en realidad esa justicia no habla ni de Mardoqueo ni de Ester. Por supuesto que son personas que querían que se exigiera justicia, en el sentido de que habían sido acusados; había sido condenado todo el pueblo, y Ester misma y Mardoqueo habían sido condenados de manera injusta, de acuerdo a las leyes y de acuerdo a la evidencia, tal cual. Pero realmente la resolución, el hecho, la condena de Amán, habla mucho más del carácter de Dios. ¿Por qué? Porque ¿qué pudo haber pasado? Pudo haber pasado que el rey Asuero tuviera en tan alto concepto a Amán que dijera: "No, tú estás mintiendo". ¿Cuántas veces no vemos eso? Y que hubiera sido otra vez otra condena para Ester, y Ester hubiera perdido todo. Eso es lo que vemos todo el tiempo; vemos injusticias todo el tiempo, y esto podría haber sido otra más. Pero entonces no estaba en Ester, por más que tuviera muchísimos privilegios con el rey. No era el carácter de Mardoqueo, porque, pues, aunque estaba escrito ahí, el rey pudo haber pasado de largo y decir: "Bueno, pero pues, ¿para qué? No dijo nada, ¿no? Ya avanzamos y no te va a tocar nada". O sea, todo eso pudo haber pasado. No estaba en ninguno de ellos obtener justicia.
La justicia no es algo que Dios hace, sino algo que Dios es
Por eso vemos, y lo decía muy bien Danny el miércoles pasado, que en esta historia, aunque no se menciona a Dios, vemos la mano de Dios y las huellas de Dios trabajando; trabajando en todo, acomodando todo, poniendo todo en su lugar, trayendo justicia como debería de esperarse que se trajese esa justicia. Igual, hablando del carácter de Dios, y lo ponía así: no solo podemos amar la justicia, no exigir; podemos amar la justicia cuando amamos a Dios, porque la justicia no es algo que Dios hace, sino es algo que Dios es.
Y quiero nada más aclarar ese punto, porque por supuesto que Dios hace actos justos, pero está en Su naturaleza. No podemos apartar la justicia de Dios de Dios; no existe eso. Entonces solo podemos realmente exigir una justicia, y voy a ser redundante, una justicia realmente justa, digamos: vemos en Dios la causa, el origen, y el final y la determinación de esa justicia.
Mardoqueo le creyó a Dios
Y quiero que vean cómo esto también funcionaba para Mardoqueo. O sea, si se dan cuenta, era un personaje bien callado. Y si yo hubiera visto esta historia, o veo esta historia el próximo año en Netflix, sin saber todo lo que sucede, yo me enojaría con Mardoqueo: "¿Por qué no dices? ¿Por qué no vas y corres y le dices que tú hiciste esto? ¿Por qué tienes que aguantar todo esto? No, no es justo. No es justo, Mardoqueo, que estés pasando todas estas cosas cuando en realidad tú hiciste bien".
Pero si se acuerdan, ¿qué es lo que le pide Ester a Mardoqueo? ¿Qué es lo que hace Mardoqueo? ¿Qué es lo único que realmente le pide? En lugar de decirle: "Oye, exige tus derechos". Ester podía decirle: "Oye, mira, te voy a traer a Mardoqueo". Con todo ese privilegio que tenía, podía hacer eso y decirle: "Él es el que hizo todo esto, y es el que debería de ganar favor, en lugar de esta persona que en realidad nos culpó". No, llegó su momento, pero antes pudo hacerlo; pudo hacerlo en el mismo momento, antes de que el edicto fuera escrito o decretado. Pero no pasó eso.
¿Qué les pidió? Les dijo: "Ayunen y oren". ¿Y qué habla eso? O sea, ellos ayunaban, oraban, no como un mero sacrificio de "ah, bueno, pues tuve que… así voy a conseguir algo". Se estaban dirigiendo a Dios; estaban llorándole a Dios por justicia. Y lo que estaba pasando en el carácter de Mardoqueo, y es algo que deberíamos de aprender nosotros hoy, es que Mardoqueo le creía a Dios. Creía en la reputación de Dios como un Dios justo, como un Dios verdadero, como un Dios fiel a Sus promesas y a Sus pactos.
Estamos hablando de que antes de este capítulo en la Biblia —capítulo me refiero como a toda la historia de Ester—, el pueblo de Israel ya había visto la justicia. O sea, ya había visto cautividad tres veces, y ya había visto que la promesa de Dios, tres veces, se había hecho justicia, porque Dios había prometido ser fiel independientemente de la infidelidad del pueblo. Entonces, en ese sentido, cuando Ester le pide a Mardoqueo que ore, en realidad le está diciendo: "Clama a Dios por justicia, clama por la fidelidad, y dile a Dios: Tú eres fiel y Tú eres justo. Yo no puedo hacer nada aquí; no está desarrollando el poder, no tengo acceso". Y tampoco quiero perjudicar… Mardoqueo: "No quiero perjudicar a la reina Ester". No va a parar en medio, porque "si no me extiende el cetro, me muero", ¿no?
Entonces había una preocupación más grande por la justicia, por la justicia del pueblo. No están pensando solo en sí mismos. No está pensando Mardoqueo solamente en obtener un beneficio para él y el reconocimiento para él; está pensando en todo el pueblo, que finalmente, si ese edicto era cumplido, pues todo se iba a acabar para el pueblo. Pero sabían que Dios mismo había prometido algo, que los iba a rescatar.
La justicia ya fue ganada en la cruz
Entonces nosotros deberíamos de creer en Dios como Alguien que también ya cumplió Su promesa de traernos justicia, de la misma manera en que antes se veía la justicia a través de los pactos que Dios hacía con Su pueblo, a través de los patriarcas. Hoy, como les decía, después de la venida de nuestro Señor Jesucristo, de Su sacrificio, de Su resurrección, y de Su promesa de venir nuevamente por Su pueblo, lo que vemos ahí en el Evangelio es que Él ya cumplió en la cruz Su promesa de traernos justicia.
Entonces deberíamos de estar tranquilos, y debemos de estar confiados en que no tenemos que alzar la voz, no tenemos que exigir nuestros propios derechos, no tenemos que ir por todos lados diciendo: "Oye, esto es injusto, esto es injusto, esto es injusto", y tratando de obtener algo por eso. ¿Por qué? Porque la justicia ya fue ganada en la cruz. Entonces, así como Mardoqueo, por instrucciones de Ester, fue y oró a Dios, nosotros oramos a Dios y nos acercamos a Él como Alguien que sabemos que es justo, y que, a pesar de nuestra injusticia, ganó esta justicia en la cruz.
Y vayamos justamente a Romanos otra vez, del 1 al 6. Pásenlos rápidamente, no vamos a ver todo exactamente, pero dice: "Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era imposible para la ley", esta ley que vemos en Ester, "por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz".
Entonces, si acaso Amán hubiera sabido esto, que obviamente era imposible, y hubiera conocido al Dios que conocía Mardoqueo, hubiera sabido que en algún punto esa justicia iba a llegar. Pero nosotros, a diferencia de ellos, que conocemos esta historia, sabemos que la justicia de la ley es esa ley que no habla de nuestro propio carácter, que no habla del carácter de Ester, que no habla del carácter de Mardoqueo, que ni siquiera habla del carácter, en su momento, del rey, que podríamos pensar que el decreto… que eso estaba en el rey, decretar eso. O sea, sí, el rey creía que tenía todo el poder, y decir "sí quiero" o "no quiero". Eso estaba determinado, como nos comentó Danny justamente; no era casualidad. Era Dios obrando justicia a Su pueblo. Y en la cruz, Jesús estaba obrando justicia para Su pueblo, para nosotros, que antes no éramos pueblo.
De acusados a adoptados
Y eso me lleva al siguiente punto, que es: pasamos de ser acusados a ser adoptados. Pasamos de ser, digamos, culpados por todo ese pecado, por toda esta maldad; pasamos de tener una justicia que se manifestaba en Ester a través de mandamientos, a través de cosas que se tenían que hacer, de sacrificios, a una manera en que la adopción nos permite tener una perspectiva diferente de la justicia. Porque, ¿qué pasa? Y leía una historia en la que explicaban justamente este punto: cuando los que son papás, cuando sus hijos eran más chiquitos, porque más grandes ya, con toda comodidad, les dicen que no. Pero cuando son más chiquitos, pues se acercan y le dicen: "Oye, quiero esto". Y a lo mejor ustedes se dan cuenta y dicen: "No, es que eso no te conviene. No, no quiero darte eso. Simplemente no te voy a dar eso, porque ayer tuviste un regalo", o "tuviste un regalo nada más porque sí", ¿no? Y entonces, como padres olvidadizos, se nos va el hecho de que nosotros hicimos una promesa. Y entonces, hasta el punto en que nuestro hijo, nuestra hija, se acerca y nos dice: "Papá, tráeme esto". "No, ya dije que no te voy a hacer eso". "Es que tú lo prometiste", ¿no?
Entonces esas palabras… y decía el autor de lo que estaba leyendo: cuando nos dicen esto nuestros hijos, ya no podemos echarnos para atrás. Hicimos una promesa, y es una promesa que no queremos romper. ¿Y qué pasa? Si nos lo pidiera otra persona, posiblemente vemos que no, pero no le podemos decir que no a nuestros hijos, y más cuando nosotros hicimos una promesa.
El espíritu de adopción
Entonces quiero que veamos cómo esto se conecta igual a través del Evangelio en Romanos, y vamos a hablar del 14 al 18, que es uno de estos pasajes que conocemos mucho. Dice: "Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados". Y hasta el 17.
Entonces quiero que vean cómo el pueblo había sido acusado. Amán quería, obviamente, acusar al pueblo, porque estaban haciendo alboroto, y eran muchos, y todo, y por eso se generó este edicto por el cual iban a terminar muertos todos. Pero en el momento en que Ester entra a la familia del rey, empieza a tener como ciertos privilegios, ¿no es cierto? Empieza a tener como cierto acercamiento, y tiene tantos derechos como reina que le dice: "No te voy a negar nada; aunque me pidieras la mitad de mi reino, te lo doy". Yo quiero que piensen en las dimensiones, y ya lo han traído otros hermanos al punto, pero quiero que piensen en las dimensiones que implicaba el que Ester dijera: "Sí, claro, quiero la mitad de tu reino", y que el rey tuviera que decir: "Tengo que cumplir mi palabra". No lo hizo, porque no era lo que le interesaba.
Pero de la misma manera, nosotros, antes de conocer al Señor, antes realmente de aceptar Su sacrificio, de venir a la fe cristiana, antes de siquiera entender todo esto, éramos presos de la ley, y íbamos a tener esta consecuencia de justicia que hablaba de nuestro propio carácter. Es decir, nuestra justicia era la muerte. Y en lugar de recibir muerte, recibimos adopción, y en esa adopción podemos decirle a Dios: "Abba, Padre", que, como saben, es como "papito", ¿no? Hay algo ahí, hay una intimidad con el Señor que nos permite ver que Su justicia va a ser real. Porque si Jesús ganó esa justicia en la cruz, y esa justicia nos es imputada a nosotros por medio de Su sacrificio y por medio de la fe solo en Jesús, entonces, ¿qué pasa? Podemos acercarnos claramente y decirle a Dios: "Tú lo prometiste; Tú prometiste traer justicia".
No para cumplir nuestros caprichos
Y eso me va a llevar al siguiente punto, porque tenemos que pensar… regresen al punto 1: que la justicia que proviene de nosotros mismos va a regresar a condenarnos. Quiero que tengan eso muy claro. No nos acercamos a Dios para decirle: "Papito, Tú lo prometiste, Tú prometiste traer justicia", como: "Señor, quiero que cumplas mis caprichos. Quiero que hagas justicia en mi trabajo, quiero que hagas justicia en mi colonia, quiero que haya justicia en mi país". No es que no podamos pedir estas cosas, pero esas no son las cosas más importantes que deberíamos de pedir. Porque esa no es la manera en que pedimos la justicia de Dios; en realidad no estamos pidiendo la justicia de Dios. Estamos pidiendo que Dios obre de la manera que nosotros queremos, para obtener lo que nosotros creemos que es justo.
El faro y el ancla
Y, finalmente, en este punto, es que la gracia de la justicia de Dios es al mismo tiempo el faro que nos guía, pero también es el ancla que nos sostiene en tiempos turbulentos. Y quiero que piensen en esta historia de nuevo. Quiero que piensen: ¿qué fue realmente lo que mantuvo a Ester sin moverse hasta este momento? ¿Qué hizo que el pueblo de Israel estuviera hasta este momento tranquilo? ¿Qué hizo que Mardoqueo no fuera y exigiera sus derechos y su privilegio por haber salvado al rey y al reino, algo tan importante? ¿Qué era? Otra vez: él confiaba en las promesas de Dios. Confiaba en que, si había llevado sus peticiones de la manera en que Dios había establecido que se llevaran, Dios haría justicia.
Y eso le da mucha tranquilidad, y le decía: "Ahí es donde tengo que ver. No tengo que ver las circunstancias, no tengo que ver una forma inminente que parezca mi muerte y la muerte de mi pueblo. No quiero mover la vista; quiero ver a Dios, y querer Su justicia, porque lo prometió. Y me puedo acercar a Él de esta manera porque Él lo prometió, y he visto históricamente, todas las generaciones de mi pueblo han visto, que Dios es justo y que Dios es fiel en Su justicia".
El pastor Brunson en Turquía
Y llegamos a nosotros. ¿Qué pasa con nosotros, enfrentados posiblemente no a estas circunstancias? Creo que ninguno de nosotros ha estado en el punto en el que nos acusan de tal manera que nos merecemos la muerte, o que nos lleven a la cárcel por algo que no hacemos. Posiblemente conozcamos a alguien. Y esto me trae un poco a la mente un caso reciente, muy reciente, de un pastor, el pastor Brunson, que ministraba en Turquía, y estuvo durante 20 años. Y aunque, otra vez, igual que en Marruecos, tienen libertad para reunirse, los están vigilando y los están viendo. Y entonces, con un falso testimonio contra él, estuvo en la cárcel; está en la cárcel en total aislamiento.
Y él ahora… él dijo: "Jesús dijo que íbamos a padecer por Él, y esto es un privilegio". Y él decía: "A veces me siento muy cansado, y a veces siento que no voy a poder más, pero no me voy a rendir". No se va a rendir, porque esta es la justicia que trae el Señor, y esta es la manera en que Él va a mostrar Su justicia. "Y si no gano esa justicia ahorita, la voy a ganar después. No voy a sacrificar mi paz temporal, a pesar de las circunstancias, por algo que no me va a ganar. Y es más, ¿voy a menospreciar la justicia y el sacrificio que ya hizo Cristo por mí por no aguantar estas prisiones?".
A los que aman a Dios
Y llegamos a un pasaje, hermanos, en Romanos 8:28 —no lo voy a leer todo—, que creo que la mayoría sabemos de memoria, pero siempre es un buen recordatorio, hermanos; siempre es un recordatorio de a dónde tenemos que estar mirando cuando esperamos la justicia de Dios. Y dice: "Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó. ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?".
Y eso, hermanos, es justamente el faro y el ancla del Evangelio, que nos sustenta en esta vida. Es lo que debería haber; es el lugar al que deberíamos de recurrir, y donde deberíamos escondernos, cada vez que enfrentamos una injusticia. Y antes de abrir nuestra boca, antes de culpar a alguien, antes de postear algo en Facebook, antes de decir algo en lo que nosotros creemos que hay justicia, podemos decir que, si en verdad todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios, y si yo amo a Dios, como dijimos antes, amo Su justicia, entonces no hay más.
Ya nos glorificó
Y creo que la promesa, además de que todo ayuda a bien, es que podemos ver esta cadena de hechos: que si nos predestinó para Su justicia, entonces también nos va a llamar a Su justicia; y si nos llama a Su justicia, también va a darnos esa justicia; nos va a justificar delante del Padre, para que podamos ser adoptados y podamos decirle: "Papito, Tú lo prometiste". Y dice: "Y a los que justificó, a estos también glorificó". Una gloria que vemos muy pálida todavía en esta tierra, pero dice que nos va a glorificar, que nos glorificó.
Y perdón, quiero tomar los verbos como son: dice "también glorificó"; no dice "glorificará", dice "también glorificó". Eso quiere decir que en la cruz del Calvario, en el momento en que nosotros recibimos la fe de Jesús, entonces esa gloria ya es nuestra. Esta justicia que va a venir al final de los tiempos, cuando Él venga, es nuestra, hermanos. Y podemos descansar en que no importa quién nos acuse, porque los versículos que vienen, el 33, dice: "¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica". Y lo vemos: ¿quién acusa a los escogidos de Dios, al pueblo de Dios? Dios los justificó.
Entonces vemos estas mismas promesas en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento. Vemos, lo que les decía, que este es un pequeño capítulo dentro de toda la narrativa de toda la historia de la humanidad, de toda la historia de Dios, principalmente, antes que de la historia de la humanidad. Y cómo Él trajo justicia en el pasado, en este capítulo 7; cómo trajo justicia en la cruz del Calvario para todos aquellos que iban a ser adoptados como Sus hijos; y cómo nos va a traer justicia. Va a traer justicia un día, una justicia en la que toda lengua, toda nación, toda tribu va a confesarlo como el Señor, como el Señor justo, como el Dios justo, como quien ganó la justicia en la cruz.
Hambre y sed de justicia
La última conexión que quiero, y quiero que nos quedemos nada más con esto, en esta promesa donde nos podemos afianzar, es: somos bienaventurados cuando vemos en Jesús la satisfacción de nuestra hambre y sed de justicia. No sé si se acuerdan, en el Sermón del Monte, qué dice el Señor Jesucristo sobre la justicia. Dice: "Bienaventurados aquellos que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados". Hay una promesa ahí. Y luego vemos en Juan 6:35, y quiero que vean cómo responde a esa búsqueda de saciedad de justicia el Señor mismo. Porque, aparte, fue Él mismo, el mismo Jesús, quien hace una promesa, y luego nos explica y nos cuenta cómo esa promesa se va a cumplir. Dice: "Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás".
Entonces quiero que piensen: cuando ustedes dicen que tienen sed de justicia, como se tituló este mensaje, es como si ustedes dijeran: "Tengo sed de Dios". ¿Por qué? Porque, otra vez, Dios no puede ser separado de Su justicia; Dios es justicia. Y el punto es que solo vamos a estar realmente satisfechos con lo que nos pasa en esta vida, solo vamos a estar realmente satisfechos y vamos a pedirle a Dios las cosas realmente justas, cuando pidamos lo mismo que pide Dios.
Venga Tu reino
Quiero que piensen que cuando nosotros decimos, hermanos, en la oración modelo que el Señor Jesucristo nos dejó, cuando decimos "venga Tu reino, hágase Tu voluntad", es: trae justicia; tráete a Ti mismo, Señor, a este mundo, y manifiesta Tu justicia. No como la justicia que esperamos de una persona, o de un gobierno, o de la familia; no como la justicia que esperamos para callar nuestro enojo o nuestros propios deseos, sino la verdadera justicia. Cuando le decimos: "Señor, trae Tu justicia", es: ven, ven a esta tierra, y háblale al mundo, y convéncelos de lo injustos que son y de la única justicia que pueden recibir de parte Tuya.
Y esto es lo que deberíamos estarle diciendo, hermanos, a todas las personas. Cuesta, cuesta trabajo decirle a la gente: "Eres injusto. ¿Y qué crees? En tu justicia, mereces la muerte. Tú crees que mereces un montón de cosas, y te sientes con todas las capacidades y todos los derechos para pararte allá afuera y exigir justicia. ¿Qué crees? No". La única vida injusta es la vida sin Cristo. Si tenemos una vida justa, es porque tenemos a Cristo. Y eso es lo único que tendríamos que anhelar en esta vida: la sed y el hambre de justicia, que serán saciadas, solo van a encontrar satisfacción en Jesús.
Así que, cuando tengan intenciones o ganas de… ¿saben, hermanos?, cuando tengan muchas ganas de exigir los derechos… no les estoy diciendo que no lo hagamos; claro que tenemos una responsabilidad en este mundo de exigir lo que es justo. Pero cuando escape a nuestro… esté fuera de nuestro alcance, cuando exija demasiado esfuerzo o tiempo, o mente, que descuidemos otras cosas, digamos: "Señor, sacia esta sed de justicia; sáciame de Ti, y trae Tu justicia, trae Tu reino, y Tu reino de justicia, a este mundo". Porque en ese momento, en el que establecemos ese criterio de justicia, realmente podemos aguardar confiadamente que no importa si vivimos o morimos: del Señor somos. Y del Señor somos, en total y absoluta dependencia de Su amor, de Su gracia y de Su justicia.
Palabras de Spurgeon y oración final
Y quiero que nos unamos a Charles Spurgeon en esta frase, con la que voy a cerrar ahora sí: "Conforme veo cómo la iniquidad abunda en el mundo, estoy verdaderamente feliz de que no haya iniquidad en el Señor mismo. Al ver el error en la iglesia, descanso en el hecho de que ningún error encuentra sustento en Él. Hay un poder encaminado a la justicia, y ese poder es Dios. Estoy lleno de gozo al ver la justicia entronizada de Dios".
Señor nuestro, Padre celestial, te damos gracias, Señor, porque podemos ver en Tu Palabra, Señor, la esperanza, la fuerza, la manera en que Tú quieres que te veamos, Señor: como ese Dios justo que no nos dio la justicia que merecíamos, sino la gracia que no merecíamos. Gracias porque podemos hablarte como hijos Tuyos, como herederos con Cristo, Señor, de todas esas promesas. Y un día la justicia será total y completa, y en ese momento te veremos a Ti, Señor, y diremos: cuántas cosas no exigimos, o no pedimos, por las cuales no sufrimos en este mundo, cosas tan vanas, pequeñas, comparadas, Señor, con la justicia que necesita este mundo, la justicia que debe traer Tu cruz, Señor, el regalo precioso de Tu Evangelio. Te pido, Señor, que nos sigas bendiciendo y sigas alimentando a esta Tu iglesia, Señor, para que podamos aspirar, Señor, no a nuestros propios deseos, sino al deseo de Tu Hijo Jesús, consumado en la cruz. Esto te lo pedimos, Padre, en el nombre de Tu amado Jesús. Amén.
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